Tres de Enero de 2009. Tarde de lluvia. Los cielos siguen grises y anuncian que en cualquier momento puede llover. Yo, tan pesimista como siempre, me lo creo y me encierro en casa, al calor del brasero y aprovecho para ponerme al día de esas cosas que siempre voy dejando para luego. He intentado, sin conseguirlo, acabar un relato que tengo pendiente para la presentación de mi libro; luego, he visto un telefilme de esos de la tarde, con niñas traumatizadas, en el canal tres y finalmente he archivado unos papeles del curso que preparo para el mes de marzo. Son las siete y la noche se nos ha echado encima, así que no sé si saldremos de paseo, o seguiremos en esta actitud “comodona” de pareja madura, dejándonos llevar por la indolencia del fin de semana.
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| Café Petritxol de Barcelona. |
Pues sí Ángeles, ya hemos cambiado de año y tú ya no lo verás. Te aseguro que no es para echar cohetes. Estamos en crisis, o al menos es lo que dicen los periódicos, lo que pregonan los políticos en el telediario, lo que discuten los tertulianos esos de las emisoras que tú no escuchabas nunca, porque para ti sólo RADIO 3 merecía la pena; según tú era el no va más de la coherencia, de la cultura, del “savoir faire”. Quizás tuvieras razón. De hecho fue así como nos conocimos tú y yo, a través del programa al que nos conectábamos cada mañana y en el que participábamos tantas veces, llamando, o poniéndonos en contacto con otros oyentes. Uno de esos contactos fue el culpable de que nos escribiéramos la primera carta… ¡Qué tiempos!, con sólo 34 años… ¡quien los pillara! Bueno, en realidad sólo me gustaría volver a lucir el palmito que tenía, pero por lo demás, es ahora, en la madurez cuando me siento bien, serena, contenta, sin ese desasosiego que durante tantos años me ha hecho tan infeliz.
Bueno, bueno, que me voy del tema, que me estoy desviando de la tan traída y llevada crisis. Que sí, que otra vez, después de unos años de vivir en una gran mentira, en esa especie de burbuja (no sólo inmobiliaria) , nos hemos dado el tortazo. Las empresas aprovechan y cierran, aunque estén nadando en el dólar, los gobiernos cogen nuestros impuestos y se los ingresan a los bancos, porque dicen que de esa manera ellos los prestarán a los pobres desgraciados que necesitan comprar un piso, poner un puesto de pipas, o realizar el sueño de su vida: un viaje alrededor del mundo. La gente pide préstamos para cualquier cosa, ya sabes. Por aquí –dicen- que hasta para hacerse el traje de flamenca de la feria, se pide un crédito al banco.
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| Plaza del Rey de Barcelona. |
Total, que entre unos y otros, cada cual en una medida, hemos puesto nuestro granito de arena para que esto haya “petado” (no se si es catalán eso de “petar”) Pues como te decía, la retahíla cotidiana en la calle, en el mercado, o la tele es la crisis. Eso sí, mientras tanto, las calles están a rebosar de gente que corre loca, con las manos llenas de bolsas para reyes; no se puede entrar en las tiendas y las terrazas siguen, como siempre, animadas. Entonces, yo me pregunto: ¿dónde está la crisis?
Te aseguro que si estuvieras aquí tú no la notarías, porque siempre has sido tan austera y puritana como yo…, bueno…, quizás un poco más. De hecho yo últimamente me he pasado a la competencia. Me refiero a la radio. Estoy tan harta de intelectuales y de cultureta minoritaria, que me he dicho: Teresa, déjate de monsergas y diviértete un poco; y así, sin ningún tipo de vergüenza me he pasado a Canal Sur Radio, la radio nacional andaluza, esa en la que la gente se ríe un montón y en la que se fomenta la cultura más popular. Cada día escucho a la gente corriente; a esas mujeres que usan la ZETA, en lugar de la ESE; a las que no tienen reparo alguno en hablar de su intimidad y confesar lo que a ti o a mí nos daría tanta vergüenza. Pero ¡qué quieres que te diga! Me lo paso muy bien y hago honor a ese apodo que me pusieron mis hijos: “maruja ilustrada” En fin, que voy a dejar la guasa gaditana que me ha dado esta tarde, porque no me vas a reconocer. Paso a darte algunas pinceladas de mi viaje de Barcelona.
Como te anunciaba en mi carta anterior, he pasado unos días en mi otra casa, mi otra ciudad, esa en la que he pasado cuarenta años. Sólo cuando la visito me doy cuenta de cuanto la quiero, de la cantidad de vivencias que me unen a sus calles, a sus plazas, a su talante, aunque también me agobia su ritmo frenético.
Después de seis días allí, de pronto me di cuenta de que no habíamos tenido tiempo de disfrutar de sus lugares más emblemáticos, especialmente del casco antiguo, donde siempre he buscado ese ambiente tan particular, entre lo añejo y lo más vanguardista. En cualquier rincón te encuentras con un músico, un pintor; o un precioso local, como ése que tanto me gusta donde se toma café con todo tipo de dulces elaborados en los conventos de toda España, o las chocolaterías de la calle Petritxol, cerca de la Plaza del Pí, con su hermosa iglesia gótica y los puestos de artesanía, donde esta vez he comprado juguetes: unos cacharros de cocina para regalar a una sobrina. Sí, como esos que teníamos de pequeñas..., bueno más bien como nos hubiera gustado tener, de lata, pero muy bien hechos: una sartén, una lechera, una aceitera… encantadores.
No te cansaré con la Navidad, con las comidas familiares, los dulces, las felicitaciones… Lo de siempre, lo inevitable, y a pesar de todo entrañable. También en esto me he vuelto mas flexible, menos pureta y procuro disfrutar de la compañía de mis hijos y mis hermanos. Antes, de joven, eran los niños los que de alguna manera daban color a la fiesta y la animaban, mientras yo me quejaba y despotricaba contra las fiestas obligadas. Ahora no tenemos niños, pero a mis hijos les ilusiona encontrarse con sus primos y recordar los villancicos populares del pueblo. Tú no lo entenderías, no te han gustado nunca los festejos folclóricos, y menos con reminiscencias religiosas, pero para nosotros, es una celebración que forma parte de nuestra historia familiar. No te imaginas el jolgorio que montamos, al que se añaden los nuevos miembros: en este caso dos jóvenes catalanas, que se han integrado totalmente en la fiesta. Es la nueva cultura del mestizaje, una riqueza que hay que potenciar, sin olvidar los orígenes.
Ahora recuerdo que te anuncié en la carta anterior un relato sobre mi viaje migratorio, desde Andalucía a Barcelona, cuando tenía quince años. Pues nada, será otro día, porque hoy me he enrollado y ya se está haciendo tarde. Otro día será.
Un abrazo de tu amiga
TERESA