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El Duende
El lenguaje ayuda al ser humano a conectarse consigo mismo aun cuando haya palabras cuyo concepto no esté siempre claro. El hecho de que en todas las culturas existan expresiones imposibles de traducir a otros idiomas hace que algunos términos resulten todavía más confusos. Tal es el caso de la palabra duende, difícil de explicar incluso en español, lo que no quiere decir por ello que su esencia sea desconocida. Es ya sabido que las palabras alcanzan nuestro intelecto a través del sonido, nos llega antes su musicalidad que su significado, como la poesía, que tiene más de música que de explicación. La mejor manera de comprender, pues, el concepto duende sería quizás recurriendo a la fórmula de San Agustín para definir el tiempo: Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé.
Antes de que la tierra fuese tierra ya existía la materia que la formó. La palabra, igualmente, es anterior a sí misma porque existía antes de ser pronunciada. De ahí la dificultad en imaginar su recorrido y el poder que oculta. Las palabras se heredan a sí mismas antes de que las heredemos nosotros y las transmitamos a las generaciones siguientes con sus ideas, con su propio inconsciente, con todos los usos que se le han dado a través de los tiempos. De ahí su poder misterioso y el hecho de que no las podamos poseer. Son ellas las que nos poseen a nosotros y nos convierten en sus servidores, sus intérpretes, sus mensajeros.
En español duende, duendo, procede etimológicamente del celta, doñeet, degneet, que quiere decir doméstico, casero, dueño de la casa. Según los expertos de la lengua, los sonidos están cargados de colores y sugerencias y, en español, la vocal u aparece en infinidad de palabras que tienen que ver con la luz: azul, lumbre, fulgor, fulgurante, iluminar, así como también en las que expresan colores oscuros: luto, luctuoso, lúgubre, púrpura, crepúsculo, luna. De hecho, luna en vascuence (illargia) significa luz negra. Es inevitable, pues, que no se identifique duende con algo nocturno y luminoso o con cualquier ser relacionado con la luna, la cual encarna mejor que nada ambas cualidades.
La idea que encierra la tradición es que el “duende” es un espíritu travieso que habita en algunas casas inquietando a sus moradores y provocando por las noches ruidos y trastornos, un ser intermedio entre espíritu y hombre con poderes sobrenaturales como los hechiceros o las brujas y que surge en los parajes más inusitados. Tradicionalmente se dice que los “duendes” son aficionados a los metales, a la música, al canto y al baile, a los que se dedican durante la noche. En ocasiones engañan a los mortales llevándolos a sus danzas nocturnas o arrastrándolos a sus reinos, haciéndolos caminar o sirviéndoles de cabalgadura para recorrer largas distancias antes de abandonarlos y desaparecer al alba.
La palabra “duende” en su significado primigenio existe en todas las culturas, en Roma se le llamaba lar. Los griegos utilizaban el término theoi ephestioi. Los jinn o jan de los árabes, mencionados en Las mil y una noches, son invisibles, viajan en las nubes de arena y sólo se les puede dominar por el hierro o con la evocación de nombres divinos. El pueblo, para congraciarse con ellos, les llama mubarkin. También existen en Egipto, India, Sumatra, Formosa, en las culturas africanas, célticas, eslavas, teutónicas, polinesias. La superstición de los duendes tiene, en todo caso, íntimas analogías con el culto a los muertos, las leyendas de las hadas y las brujas y la meteorología mitológica. Pero esa descripción de ser fantástico, pequeño, travieso correspondería más bien a lo que en francés se denomina lutin, y que en español, para lo que aquí pretendemos explicar, nos parece más oportuno utilizar el diminutivo “duendecillo”. Luego, por el momento, tenemos tres palabras idénticas con diverso significado: duende, “duendecillo” y “duende”.
El primero de estos tres conceptos (duende) debió aplicarse al flamenco a partir del siglo XVIII porque tal es el momento en que apareció el cante como lo conocemos hoy en día, aunque siguiendo el mismo razonamiento que con las palabras, sin duda debió emplearse antes de la configuración de dicho cante. Para comprender el tercer concepto (“duende”), y su posible conexión, asimismo, con el mundo del flamenco, sería interesante recordar los cuentos que nuestras abuelas andaluzas nos contaban a la luz de la luna o a la cabecera de la cama para “ayudarnos” a dormir, relatos en que a menudo aparecía un personaje con este nombre deambulando por calles oscuras. Los barrios de Santiago y San Miguel de Jerez, donde se gestó parte de la historia del flamenco, están llenos de “duendes” y de duende (calle de la Sangre, calle de la Justicia, callejón de Asta, Calle Jardinillo, calles Nueva y Cantarería, calle del Sol, la Plazuela, calle Pañuelo, San Telmo…).
La abuela de Paulera, un amigo de infancia, nos contaba en cierta ocasión que en uno de estos barrios, después de un fuerte vendaval, llegada la madrugada empezó a oírse un rumor lejano de cadenas que arrastraban por la calle, y que pese a ser tan de noche el cielo estaba blancuzco, lo que daba a la ciudad un tinte de catástrofe inminente. El silencio se fue apoderando poco a poco de todas las esquinas y terminó siendo tan denso que hasta las estatuas de las iglesias sintieron miedo.
No hará falta decir que aquella abuela describía las situaciones con toda fantasía y lujo de detalles. Según la sorpresa que percibía en nuestros ojos ponía más o menos énfasis en tal o cual aspecto del relato. Después de dilatar al máximo el episodio de las cadenas y explicarnos cómo cada eslabón iba entrechocando con los adoquines de la calle, no pudimos más y tuvimos que interrumpirla:
—¿Y quién arrastraba las cadenas?
—Un “duende” —respondió ella con voz cavernosa—, un “duende” que vagaba por las calles como un alma en pena.
—¿Y cómo era el “duende”? —preguntamos asustados.
Ella prosiguió con sus rodeos para hacerlo todavía más misterioso. Cuando consideró que nos tenía suficientemente en vilo y que ya no cabían más preámbulos, por fin pasó a describir los rasgos del “duende”. Pretendía la anciana que el misterioso ser era de apariencia humana, muy alto, tirando a viejo, rasgos alargados, cara y manos de un blanco casi translúcido, párpados entornados que lo ven todo, y que iba envuelto en una inmensa capa blanca que lo hacía aún más pavoroso.
—¿Y adónde va ese “duende”? —volvimos a preguntar.
—En busca de un borracho que está cantando y no deja dormir a nadie.
—¿Y qué le va a hacer? —insistimos nosotros muy preocupados.
—Eso ya se verá, pero ahora hay que ir a dormir, si no, también vendrá por vosotros.
Conviene aclarar que hasta prácticamente la década de los 70 sobrevivían en Jerez, así como en innumerables ciudades andaluzas, una serie de lúgubres tabernas (tabancos), con paredes llenas de telarañas, en las que se apilaban toneles de vino. Estos lugares permanecían abiertos hasta horas tardías, lo que daba pie a que sus fieles consumidores, una vez bien alumbrados, terminaran cantando pese al letrero que indicaba “Prohibido el Cante”.
Recuerdo que tras el relato de la abuela de Paulera, una noche antes de acostarme pregunté a mi propia abuela si los “duendes existían”. Claro que sí, respondió ella con gesto de evidencia. Y para “ayudarme” a dormir empezó a relatar una historia de calles oscuras y cadenas que arrastraban por el suelo con lentitud, y de un ser viejo y alargado de cara y manos blancas, casi translúcidas, y de párpados entornados que lo veían todo. La única diferencia con el otro relato es que en esta ocasión el “duende” venía no ya en busca del cantaor sino de su alma.
Esto no justifica en absoluto el sentido de esta palabra en el flamenco, es sólo una anécdota para explicar hasta qué punto las historias populares permanecen en el subconsciente colectivo y pueden llegar a influir en infinidad de aspectos, y más tratándose del pueblo andaluz, tan seducido siempre por la fantasía y la tradición.
Demófilo, primer teórico del flamenco, definió en 1883 a ese pueblo como la nebulosa de la que se desprenden por diferencias inapreciables esos astros que se llaman individuos. Y llamó pueblo al conjunto de hombres y mujeres que por las condiciones especiales de su vida, se diferencian entre sí lo menos posible y tienen el mayor número de notas comunes. Son pobres —decía— y consumen su energía en trabajos principalmente físicos, y tienen, por la escasez de su cultura, horizontes menos amplios en que desenvolverse que los hombres ya más adelantados. En ellos predominan el sentimiento y la fantasía, siendo en este sentido más poetas que los hombres cultos y eruditos, por estar más cerca de la niñez que los hombres reflexivos.
Pero el pueblo de hoy, aun cuando siga aferrado a cierta fantasía y cierta tradición, no es el de 1883. Ni Andalucía ni el flamenco han escapado, entre otras cosas, a las consecuencias de la sociedad del bienestar. La vida se ha transformado y el cante se encuentra sumido en el desconcierto de todas esas culturas de tradición oral que dudan entre aferrarse a la tradición o asociarse a la incertidumbre de las nuevas corrientes. Los artistas de hoy no osan mirar demasiado atrás por miedo a perder lo que ellos consideran el tren del futuro, olvidando que para evolucionar, lejos de precipitarse hacia el horizonte, no hay más procedimiento que el de dar dos pasos adelante y, al menos, uno atrás, ya que lo contrario equivale a perder irremisiblemente la memoria.
El carácter melismático, que era una de las principales señas de identidad del cante, poco a poco se ha ido perdiendo para terminar en muchos casos eclipsado por melodías ramplonas próximas a la copla aflamencada. Las letras, en el mejor de los casos, son escritas por letristas profesionales. Antes eran el reflejo de lo que se vivía y las creaban los mismos que las cantaban. Eran torpes, rústicas, ingenuas, pero sonaban a verdad, sonaban a sentencias, de ahí su fuerza. Hoy en día en que todo se ha banalizado, en que hay más artistas que público y en que hasta el cante se ha convertido en producto de consumo (como un vulgar queso de supermercado), la palabra duende ha perdido su esencia. Raro es el cantaor al que no se le atribuye esa virtud, como si el hecho de poner determinada pose y abrir la boca más de la cuenta fuese garantía de calidad. De ser así, a cualquiera de los políticos furibundos que intervienen en el Congreso podría atribuírsele el label duende.
Mi amigo Paulera vivía en una de esas casas de vecinos que constaban de un alargado patio rodeado de habitaciones, donde vivían míseramente un elevado número de familias compartiendo una única cocina y un solo lavadero. Pues bien, en cierta ocasión los niños estábamos durmiendo y los mayores se acababan de acostar cuando, de repente, empezaron a aporrear la puerta. Nosotros nos despertamos alarmados y, por supuesto, lo primero que pensamos fue que se trataba de un “duende”. La abuela, que dormía en nuestra habitación, se levantó descalza y fue a abrir el postigo para ver quién era. Se trataba de su hijo (el Paulera mayor, tío de mi amigo) acompañado de una patulea de gitanos que venían de una juerga (entre ellos varios cantaores por entonces conocidos) y querían continuarla allí. Todos saltamos de la cama locos de contentos. Las mujeres empezaron a calentar café y a hacer arroz con leche. Un instante después, en plena madrugada, todos los vecinos se habían unido al jolgorio, que duró hasta el día siguiente por la tarde. En dichas reuniones la participación era general. Las ancianas tenían especial arte a la hora de marcarse un bailecito con los brazos levantados sin moverse de sitio. Los críos tocábamos las palmas y alguno que otro hasta se atrevía con el cante. Las niñas hacían sus molinetes con las manos y pataleaban a compás con caras de vieja.
Durante siglos el cante se fraguó en reuniones de este tipo y no en espectáculos, y ello pese a la aparición en la segunda mitad del XIX de los cafés cantantes. Conviene no olvidar que el flamenco nunca fue un folklore, es decir una forma musical creada y recreada por el pueblo, sino un arte transmitido oralmente a través de determinadas familias gitanas: las familias cantaoras. En estas reuniones, que siempre se celebraban a altas horas de la noche, había momentos de verdadera magia. Cuando el cante llegaba a emborrachar tanto o más que el propio vino podía ocurrir que alguien lograra ese punto de encantamiento al que se llama duende, y que los presentes sintieran el escalofrío de lo inexplicable, y les diera por llorar o por temblar, o por romperse la camisa de pura emoción (costumbre esta muy gitana). Dichas reuniones no solían estar previstas, surgían intempestivamente y por las causas mas inauditas, siempre bajo el efecto de la sorpresa. En el universo flamenco lo programado no tiene lugar porque carece de misterio y, el misterio, ya se sabe, no es solamente lo que mueve el mundo, sino lo que atrae al duende.
Con el tiempo esta mágica palabra ha terminado convirtiéndose en un concepto teórico más que en un fenómeno vivencial. Se ha abusado de ella a lo largo y ancho de la geografía y la historia del flamenco. Una cosa es asistir a un espectáculo y sorprenderse, sentir deleite o incluso emocionarse, y otra tener ganas de llorar, experimentar ese miedo, ese escalofrío, ese terrible vértigo que empuja hacia un abismo de éxtasis y de pavor en el que las incógnitas existenciales, las penas, los tormentos se resuelven con una sencillez inexplicable. El buen cante va en busca de ese instante andando por el filo de una navaja, entre equilibrio y locura, entre rebeldía y resignación. El buen cante está lleno de grito y de silencio, dos extremos en apariencia inconciliables pero que aquí van hermanados. El buen cante es un desasosiego en la noche que invita a quedarse callado, a escuchar el espacio, a buscar la cara de la muerte para intentar perderle el miedo. El buen cante no complace, sino que hace daño. No es una sucesión de armonías o cadencias melodiosas para endulzar los oídos. El buen cante está hecho de voces desolladas que desgarran y hasta llegan a ofender. En cuanto al duende, podríamos concluir diciendo, simplemente, que no es ni más ni menos que la más primitiva y jonda de las catarsis.
Paco de la Rosa
Jondo: deformación del vocablo hondo, profundo.
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