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Calle "La Silera" Imprimir E-Mail

Publicado en: MANUEL GONZÁLEZ PÉREZ: Calles de Lebrija y otros Relatos. Ayuntamiento de Lebrija. Lebrija. 1996

Mi vida de escolar en el Colegio “Los Frailes” era acariciada por el sol tibio y grato de las mañanas. Ajeno al entorno más inmediato, la calle “San Francisco” estaba allí como realidad arcana. El conocimiento de esta calle se limitaba a esporádicas miradas entre amargas e interrogantes.

Con la libertad secuestrada, perezosos pasaban los años sin pensar que el enigma de “La Silera” no era sino la luz ausente en mis ojos de un universo vetado.

Las entrañas de aquel presente estaban en su más inmediato pasado. Advertido de esto, esa desnudez puso en claro mi conciencia y me adentré sin miedo en esta arteria sangrante de la Lebrija jornalera.

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Silera llamaban –de silos, o especie de mimbre común en sus aledaños-, a una calle que cobijaba en sus populosos senos el cuerpo delgado y seco del jornalero ávido de hambrunas, pesando en él como una lápida la existencia que alguien colmó de olvido y miseria. Las siniestras alimañas de la noche quisieron acabaren 1936 con la flor y nata del campesinado que habitaba la Silera. Humildes hogares espantando el hambre a golpes de esquina y sol.

Cuando cesó el fuego quedó la realidad y surgió de entre muchas otras formas de ganarse la vida aquello que llamaron “extraperlo”, del cual extraían lo comido por lo servido: “la Bicha”, la “Santera, La “Randado”, mujeres todas ellas de genio templado y corazón rebelde.

Calle que al albprear el día iniciaba una lucha sin cuartel por la subsistencia: galgueros como “El Ratón”, “El Chico, “El Pilín”... hombres con la duda vencida por lo perentorio. Silencio espeso, expectante del “Boy de Cabrita” esperando el salto del cepo ágilmente amañado. Expertos en armar canillas como “Alillo”. Se cuenta de él que estando en el “punto” en la casilla del caminero, avistaba una bandada de pájaros y ufano les comentaba a sus compañeros que sabía adonde iban. Pasados unos minutos, “Alillo” se presentaba con dos sedales repletos de aves.

Si vivir para el bracero era moneda lanzada al aire, algunos casos había que, como decía Antonio Machado, “recordar no quiero”. En la memoria, como carga de conciencia, María Luisa “La Lechuza”, mujer encorvada por el yugo que ató sobre sus hombros la más cruel de las miserias. El nombre de una pequeña calle la recuerda.

Silera, por ser pueblo jornalero, tu sangre corrió por los tapiales. Alguien llamó “Guerra de Liberación” al exterminio. A la sórdida caída del hombre sobre la tierra... a la flor violentamente arrancada de los patios.

Con la ausencia instalada, orfandad pregonando los ojos de un niño en el largo silencio de la postguerra, parte de la burguesía reaccionaria de Lebrija corrió un velo sobre la inmensa realidad de esta calle. Sembraron miedo y para los que éramos pequeños, hablar de esta calle o tener un compañero en el colegio, algún “silereño”, nos hacía estar incómodo. Pero esas mentes retorcidas y brutales no consiguieron ocultar la terrible realidad.

Pese a todo, la cultura popular mantenía como columna vertebral la nacida en las simas del pueblo. La “Silera” en cruces era arte y espontaneidad, maná que subía del centro de la tierra y agitaba graciosamente brazos y corazones. Se dice por ahí que “Micaela, la de los patos” y “Canuto”, ya muerto, cantaban en la “Cruz del Ardilla”, aquel estribillo que decía: “corcho con caña y caña con corcho”. Por mar de la imaginación, y la natural sabiduría, se transformaba en “corcho con coño” y “caña con lo que fuera... La mano inquisitoria, ignorante supina de las autoridades de turno, sumidas en su propia represión, prohibieron tan natural y popular interpretación de la copla que en su origen se atribuía a “Canalejas de Puerto Real”.

Las aves del pasado se fueron para no retornar, y aunque en el sol de tus aceras algún podenco dormite, se nota los huecos que dejaron los que se fueron. Patios abandonados con el jaramago amarilleando, puertas cerradas, muros apuntalados... Con ser esto triste, sin embargo es producto de una realidad mejor, puesto que los que no están habitan hoy casas en mejores condiciones a la altura del mínimo de dignidad exigible para el ser humano.

Paseando por tu hermosa piel, y entre sombras de naranjos, me recreo en el hermosos color de las rosas. Calle hoy casi deshabitada, gente hubo que quiso pisar su honra con el argumento de las pistolas, ajenos a las lágrimas de tus mujeres que hicieron crecer un jardín en dónde la humildad es grandeza y el sufrimiento pasado hermosa simiente que hoy brota en libertad.

Aquí presencié por primera vez las obras de un teatro comprometido y militante en las filas de los desposeídos. Aquel entusiasmo generado por el Teatro Estudio Lebrijano, secundado por los vecinos de Lebrija, deseosos de romper la muralla que los separaba del mundo libre.

 
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