Inicio arrow Más Secciones... arrow Historia arrow Historia: La magia en el renacimiento
Historia: La magia en el renacimiento Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Las Heras García   
martes, 09 de junio de 2009

La magia en el Renacimiento


  

    
     Desde el inicio de la Historia de la Humanidad ha existido un interés universal por lo oculto y lo mágico. Y el Renacimiento no iba a ser menos. La actividad mágica hay que entenderla en el contexto del deseo del hombre pre-científico de entender y someter el universo, por medio de los cuatro elementos, combinados con las estrellas y esferas celestes. Pero esta actividad mágica no podemos considerarla superstición, ni tratarla peyorativamente, desdeñando su pretendido carácter científico. El hombre del Renacimiento se preocupa por restituir esta disciplina del conocimiento, como vemos en la carta que Enrique Cornelio Agripa, hombre con reputación de sabio entre los hombres de su tiempo y autor de varios tratados sobre magia, envía a Juan Trithema, abad de Santiago en Herbípolis. En ella, el autor de la misiva se cuestiona “porqué la propia magia, tras ocupar según opinión unánime de todos los antiguos filósofos la cúspide de lo sublime, (...) resultó después, desde el nacimiento mismo de la Iglesia católica, odiosa siempre y sospechosa a los santos padres (...)” 1, para llegar a la conclusión de que la causa estaba en la corrupción de dicha ciencia por parte de muchos pseudofilósofos y demás falsos magos que la desprestigiaron y la llenaron de supersticiones, denigrándola. Así, el hombre renacentista se preocupa, para restituir la magia, de distinguir entre verdadera y falsa alquimia, entre verdadera y falsa magia.
    
     La magia Renacentista está íntimamente relacionada con el antropocentrismo de la época, por cuanto que el hombre aparece en el centro de un universo ordenado, del cual es reflejo, creado por Dios. Separar la magia culta, la verdadera, de la fe en Dios (del tipo de fe y del tipo de Dios que se dibuja en el Renacimiento, claro está), y más aun, oponerla, considerando la una enemiga de la otra, sería una equivocación. Más que de magia, deberíamos hablar, al referirnos al conjunto de saberes y ceremonias más o menos ocultas y misteriosas a las que hemos aludido, de arte hermenéutico, término más apropiado y utilizado en la época. Este arte hermenéutico se concretaba en diferentes disciplinas: la alquimia, que pretendía obtener la piedra filosofal y que supone el precedente de la química moderna; la astrología, entendida como ciencia que estudia los astros en su relación con el mundo terrestre, entre cuyas disciplinas destaca las matemáticas o la medicina; y la cábala, heredera de las prácticas cabalísticas judías y medievales, cuya máxima expresión encontramos en obras como el Picatrix o el Zohar.

     El universo que nos describen los magos renacentistas es un universo armónico, dividido en tres mundos: el terrestre o sublunar, el celeste o lunar y el intelectual. Cada uno de estos recibe influjos del mundo superior, de manera que las propiedades, beneficios y virtudes del Creador, va descendiendo progresivamente hasta llegar a los elementos, de los que están compuestos todas las cosas terrestres. Partiendo de los cuatro elementos, de los cuales el Creador participa, el mago se propone recorrer el camino inverso para atraer sobre los que consigan descifrar los lenguajes ocultos del universo, las virtudes del mundo superior. Esta es, muy sintetizada, la idea general de la que parte la actividad mágica en el Renacimiento.
 

    El universo se compone, todo él, de la transmutación y mezcla de los cuatro elementos: a cada elemento le corresponden dos cualidades, que se encadenan por oposición. Esta teoría de los elementos está tomada, claramente de los presocráticos. A cada elemento, la magia renacentista le una serie de cualidades; estas se han mantenido en el imaginario colectivo hasta nuestros días, lo que demuestra la influencia que la magia tuvo entre los hombres, cuyos signos aun se dejan ver. Así, el fuego se nos presenta como renovador y purificador, muy en relación con el mito del ave Fénix, emisor de luz, partícipe tanto de lo divino como de lo infernal; a los demás elementos también les atribuye una serie de características tales como la fertilidad a la tierra, en la línea de la tradición ancestral de la Madre tierra como generadora de vida, la capacidad fecundadora y vivificadora al agua o la capacidad del aire de comunicar los influjos de cuerpos celestes, lo que nos recuerda a ese soplo divino, imagen muy bíblica, por el cual Dios transmitía sus cualidades. En la teoría de los cuatro elementos encontramos claramente el pensamiento platónico que tanto influyó en la obra de los magos y alquimistas renacentistas: para ellos, todo lo que está en la tierra, en el mundo elemental, no es más que un reflejo de lo que también existe en el mundo superior. Nos encontramos de nuevo con la idea de tres mundos que están relacionados, formando un universo armónico y descifrable. En el mundo celeste, encontramos a los astros y los signos del zodiaco, siendo unos ígneos, otros acuosos, correspondiéndose con los cuatro elementos, que son la base de toda la materia.
    
     Como ya hemos comentado, la estrecha relación entre medicina y magia se hace patente en esta época, como podemos ver en el hecho de que, en ocasiones, un mismo hombre ejerciese ambos oficios. Así, se atribuyen propiedades naturales a ciertas materias, según su mayor o menor composición de uno u otro elemento: podemos entender de esta manera que existas remedidos utilizados por la medicina, a los que se atribuyen capacidades como digerir, astringir, endurecer, lubricar, etc. Respecto a las propiedades de las plantas, piedras y animales, la magia medieval las atribuye a cada uno de los planetas, mostrando cómo el carácter de la estrella se halla impreso en el objeto asociado a ella. Por tanto, las propiedades ocultas de los cuerpos no son causadas por la materia, sino por el cielo. Esto solamente es comprensible mediante la experiencia, la contemplación de la naturaleza y sus fenómenos, nunca por la razón, subordinándose ésta al empirismo. De esta realidad, extraemos que cada cosa, por tanto, se mueve y se orienta naturalmente hacia su semejante, por lo que podemos buscar las virtudes de las cosas a partir de esta similitud. Como se puede imaginar, las aplicaciones prácticas para la elaboración de pócimas o ungüentos medicinales, son de gran valor, si se selecciona, para el tratamiento de cada enfermedad, aquella planta o animal que contiene, según la disposición de los cuerpos celestes, las cualidades que son necesarias.
    
     Respecto al origen celeste de las propiedades de las cosas, la magia vincula con las estrellas y signos del zodiaco las partes del cuerpo humano, los lugares, oficios o el carácter de los países. Cada planeta o signo zodiacal gobierna sobre una parte del cuerpo humano, lo que se traduce en la posibilidad de utilizar, en medicina, remedios afines al planeta que influye sobre un determinado miembro, para sanarlo. Hasta este punto llega la conexión y armonía del universo que concibe la magia de la época. Incluso las actividades vitales y los oficios de los hombres están condicionadas por la posición de los planetas, de manera que Saturno influye sobre los ancianos y monjes, Júpiter sobre los prelados, reyes y duques, o Marte sobre los peluqueros, cirujanos y médicos. Así, cada profesional tiene unas características propias que le vienen dadas por la influencia de los planetas sobre la tierra; es decir, que el hombre está predestinado naturalmente, dadas las características que ha recibido de los cuerpos celestes, a ejercer uno u otro oficio. Esta teoría supone, en la práctica, la concepción de una sociedad estática y estamental, en la que el hombre se encuadra en uno u otro estamento por designio divino, que es al fin y al cabo quién otorga, según su voluntad, las propiedades a los astros, auténticos regidores de la vida terrestre.
    
     Pero aun es más sorprendente y determinante la clasificación que la magia renacentista establece con los reinos y provincias en relación a los planetas; se trata del mismo esquema pero aplicado ahora a los países; es decir, ahora la predestinación que marca la influencia de las estrellas se aplica a los países. Así encontramos que Saturno influye sobre los Balcanes, Júpiter sobre España o Marte sobre Alemania y Francia, de lo que se deduce que Júpiter otorga a España sus cualidades propias (fuerza, inteligencia, obediencia) y Marte hace lo propio con los países sobre los que influye, insuflándolos de belicosidad, rapacidad o valentía. Por tanto, la conclusión que extraemos es, de nuevo, que los estados están determinados a jugar cierto papel político por las cualidades que reciben de los planetas y estrellas.

     Sin duda alguna, una de las imágenes que más han calado en nuestro imaginario colectivo sobre la magia, es la del mago encerrado en su laboratorio mezclando diferentes objetos y ungüentos  en una pócima. Esta imagen se fundamenta en la idea de que la magia es una ciencia puramente experimental y empírica, como ya hemos comentado. Según la magia renacentista, en la materia no se encuentran juntas en una sola cosa todas las cualidades de los cuerpos celestes, sino dispersas en las diferentes especies. Por tanto, la perfección que un buen mago puede conseguir en una pócima se explica por el hecho de combinar las virtudes de diferentes objetos y cuerpos, reproduciendo la armonía del universo. La posibilidad de la magia se explica, según esta teoría, por la formación misma del universo, que se dispone en una cadena descendente de perfección, desde las ideas de concepción platónica hasta el mundo terrenal, sujeto a la corrupción y el desarrollo pero reflejo de la perfección celestial; por tanto, si conformamos los cuerpos inferiores con sus superiores, es posible atraer sus influjos celestes. La magia es, por tanto, posible, dada la armonía que reina en el universo creado por Dios.
    
     Este hecho, que sin duda nos parece sobrenatural y rechazable según nuestra mentalidad, es perfectamente posible en el universo armónico que los magos renacentistas conciben; de hecho, el mago intenta una explicación “científica” del fenómeno del hechizo. Pero no es solamente el hechizo la operación mágica que nos describe el mago, sino también otras como las artes adivinatorias. Entre ellas, destaca la metoposcopia, o arte de adivinación a través de la observación del rostro, la somatología, a través de la observación del cuerpo o la quiromancia, a través de la observación de las manos. La vigencia de este tema otorga a la magia renacentista, a nuestro juicio, un interés especial. Otros medios para la adivinación del futuro pueden ser la observación de animales, la interpretación de los sueños, o la observación de fenómenos naturales, como las tormentas o los eclipses, que se convierten en augurios y auspicios. De nuevo tenemos que incidir en la idea, ya repetida, de que estas operaciones no son fruto de la superstición, sino de una observación sistemática del universo armónico.
    
     Sobre los augurios debemos destacar la vigencia de muchos de los que se utilizaron en los siglos modernos, sobre todo de los que se refieren a los animales, entre los que sobresalen las aves, cuya tradición adivinatoria se remonta a la antigüedad, recuperándolo el hombre del Renacimiento, que sintió una especial fascinación por el cielo y sus componentes. Por citar algunos ejemplos de augurios que se han mantenido en nuestro imaginario colectivo, y que hunden sus raíces en la magia renacentista, citamos que las moscas, al picar, anuncian la lluvia o que los delfines comunican las tempestades dando frecuentes saltos en el agua. Nos llama especialmente la atención la creencia, mantenida en nuestros días, de que encontrarse a un cura, especialmente por la mañana, es signo de mal agüero, lo que ya se recogen en los tratados de magia de la época que nos ocupa.
    
     Por último, queremos dedicar algunas líneas al interés que la magia renacentista demuestra por el poder de las palabras, la escritura y los nombres, mencionando la fuerza mágica que existe en la relación entre los números y las palabras, ciencia conocida como gematría, que parte de la idea pitagórica de la existencia de un universo ordenado, y por tanto descifrable, a través de códigos y fórmulas numéricas. El poder que los magos otorgan a las palabras nos pone inmediatamente en contacto con las prácticas cabalísticas. Esto es utilizado en sus conjuros y hechizos, aprovechando ese poder llamémosle espiritual, por cuanto que la palabra, según Platón y sus seguidores, oculta una especie de fuerza particular que es la que le otorga la vida, como el espíritu otorga la vida al cuerpo. La utilización de la palabra y su poder es algo racional, para nada ligado a la superstición, sino a la razón. Esto tiene una imagen clara en la Biblia, pues Dios creo el mundo a través de la palabra. La conexión con la cábala, que pretende reconstruir el nombre secreto de Dios para así comprender su poder, se hace evidente. Para la mayoria de los magos del Renacimiento, la lengua y la escritura más perfecta, y por tanto la más apropiada para realizar conjuros, es la hebrea, escrita primero en el cielo siguiendo la posición de las estrellas: esto explica que en la tradición cabalística y mistérica, al alfabeto hebreo se le atribuyan misterios y poderes que un alto grado, que no se le atribuye a otras escrituras.
    
1 Agripa, Enrique Cornelio, Filosofía oculta. Magia natural, Madrid, Alianza, 1992, p. 32.

 
< Anterior   Siguiente >
Pásatelo bien en la feria 2009
Xprésate - Envía tus trabajos expresándote

     

mariquita torres pizarra.jpg
Frase del día

"La historia es un incesante volver a empezar". (Tucídides)

Editorial
Más Editoriales...
La Columna
Más Artículos...
Novedades en secciones
Sala de exposiciones
CLUB DE LECTURA BIBLIOTECA PÚBLICA
pizarraclublecturacasacultura.jpg
pizarra2.png