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Historia
Historia: La Gloriosa II. Su fracaso y sus consecuencias | Historia: La Gloriosa II. Su fracaso y sus consecuencias |
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| Escrito por Álvaro J. Navarro | |
| lunes, 15 de junio de 2009 | |
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La Gloriosa II: Su fracaso y sus consecuencias Si algo caracteriza a esta Revolución del 68 es que comienza siendo un levantamiento liberal más de los que se producen a lo largo de todo el siglo XIX, pero que cuenta con una novedad con respecto a resto de los anteriores, con la participación del campesinado. Esta revolución contará, en principio, con el apoyo de la burguesía, incluso terrateniente, con la idea de poder controlar mejor los resortes del poder político, pero, la participación del campesinado y la realización por parte de éste de diferentes desmanes violentos como la usurpación y quema de tierras, archivos municipales, de protocolos notariales, etc., provocará el miedo burgués y su deriva al conservadurismo, convirtiendo realmente a la Revolución del 68 en una revolución política y no en una revolución social. Esta idea la plasma perfectamente D. Miguel de Unamuno, con su habitual riqueza ligüistica, de la siguiente forma: No fue la Restauración de 1875 lo que reanudó la Historia de España; fueron los millones de hombres que siguieron haciendo lo mismo que antes, aquellos millones para los cuales fue el mismo sol después que el de antes de 29 de Septiembre de 1868 [fecha en la que Isabel II se exilia de España], las mismas sus labores, los mismos sus cantares con que siguieron el surco de la azada.1 Las promesas que los políticos hicieron se esfumaron con la victoria electoral, cuyo resultado, por otra parte, fue de una cómoda mayoría de diputados monárquicos; gracias, eso sí, a la habilidad gubernativa de Sagasta desde el Ministerio de la Gobernación (se comprenderá así como el fenómeno del pucherazo, que estudiamos normalmente en la Restauración, fue más echar mano de la tradición que una innovación). Los hombres de la nueva situación olvidaron sus juramentos y mantuvieron sin cambios la organización militar. En marzo del mismo año, Prim solicitaría a las Cortes una nueva quinta de 25.000 hombres que debía ser enviada a Cuba. El fracaso de la Revolución de 1868 empezaba a hacerse evidente a la opinión pública. Al votarse la Constitución de 1869 se produjo un sentimiento de frustración en todo el país. Dos sueños se habían desvanecido, la república y la abolición de las quintas. El 21 de septiembre fue asesinado en Tarragona el secretario del gobernador civil. Los periódicos republicanos deploraron e incluso condenaron el incidente. El gobernador desarmó la milicia de Tarragona y Tortosa para evitar futuros excesos. Sagasta publicó un decreto prohibiendo las manifestaciones republicanas de cualquier clase. El día 25, el gobernador de Barcelona ordenó el desarme de la milicia, lo que originó una sublevación espontánea que duró hasta el 28 del mismo mes. La provocación gubernamental fue la causante de la transformación de las organizaciones pactistas en comités revolucionarios. A principio de octubre, los federales, convencidos de la mala fe del gobierno, que no respetaba los derechos constitucionales, abandonaron el legalismo parlamentario y se insurreccionaron en Andalucía, Valencia y Aragón. La sublevación republicano-federal estalló sin haber sido previamente preparada. Existió desacuerdo entre las principales figuras del partido republicano al enjuiciar el alzamiento, predominando los partidarios de no apoyarlo. El desacuerdo, la incapacidad para tomar decisiones y la posterior condena, por parte de los propios líderes federales, de la insurrección armada, los desacreditaron a los ojos de la Internacional, siendo ésta una de las causas más notables que provocaron la abstención política del movimiento obrero. Tras el fracaso de la sublevación de septiembre-octubre de 1869, se produjo el definitivo afianzamiento del gobierno en el poder. Los fracasos del federalismo republicano en 1868-1870, la insinceridad de las promesas de la Gloriosa y la falta de éxito de los motines contra las quintas contribuyeron, en gran medida, al proceso de despolitización de la clase obrera. De la colaboración entusiasta en el derrocamiento de la monarquía borbónica y del apoyo al grupo republicano hasta el apoliticismo que se definirá en el Congreso de Barcelona de 1870, media un abismo. Los hechos relatados en nuestro anterior artículo contribuyeron a empujar al obrerismo hacia el odio contra el Estado, hacia el desprecio a los hombres públicos, a la desconfianza en la acción política, en definitiva. Así, los dirigentes bakuninistas encontraron el terreno abonado. Su teoría del abandono de la práctica política fue asimilada con facilidad por unos trabajadores urbanos y rurales desengañados de los políticos y de la idea de que el Estado pudiese solucionar sus exigencias más elementales. Esto, sumado a la frecuente intervención de las autoridades en cuestiones laborales a favor de los propietarios, contribuyó a afianzar el apoliticismo y el antiestatismo. Pero, pese al fracaso que va a suponer la Revolución del 68, en tanto en cuanto no va a pasar de ser una revolución política más, no llegando a erigirse como la revolución social anhelada por las clases más populares y necesitadas, sí podemos destacar como este fenómeno histórico de la Gloriosa va a iniciar un régimen de libertades que, creemos, permitirá durante el período del Sexenio Revolucionario una auténtica revolución del movimiento obrero en España. Y pensamos que una de las causas fundamentales, aunque, por supuesto, no la única, será ese régimen de libertades del que gozará la sociedad española durante este período y que nunca antes había tenido. Y eso se observa y se plasma en la Constitución de 1869, que aunque decepcionó a muchos por ser todavía una constitución monárquica, permitía y permitió un amplio marco de libertades individuales, plasmados en el sufragio universal y en la libertad de expresión, reunión y asociación que esta Carta Magna establece en su Titulo Primero, en sus artículos 16 y 17, fundamentalmente: Art. 16. Ningún español que se halle en el pleno goce de sus derechos civiles podrá ser privado del derecho de votar en las elecciones de senadores, diputados a Cortes, diputados provinciales y concejales. Art.17. Tampoco podrá ser privado ningún español: del derecho de emitir libremente sus ideas y opiniones, ya de palabra, ya por escrito, valiéndose de la imprenta o de otro procedimiento semejante. Del derecho a reunirse pacíficamente. Del derecho a asociarse para todos los fines de la vida humana que no sean contrarios a la moral pública; (...).2 Estas libertades individuales que observamos se establecen en los artículos mencionados, tendrán una gran importancia en el desarrollo, en el aumento organizativo, del movimiento obrero en general, que posibilitarán, en definitiva, la espectacular evolución que tuvo durante el Sexenio. Podemos afirmar, que ésta fue la gran herencia que la Gloriosa dejó al movimiento obrero, y creemos, al mismo tiempo, que tal herencia fue positiva. Pues, aunque la Revolución de Septiembre no trajo todo lo que las clases obreras pensaban que este movimiento iba a traer consigo y con ello se concluyó en una gran frustración y en un gran descreimiento hacía la misma y a hacia la clase política; no podemos olvidar que el despegue definitivo que realizó el movimiento obrero fue como consecuencia de ese régimen de libertades que se permitió tras la Gloriosa. Por ello, desde aquí, y, humildemente, queremos romper una lanza a favor de la Revolución de Septiembre de 1868, que aunque, realmente, no mejoró, en general, la situación vital de todos aquellos que sufrían unas condiciones deplorables de vida, sí es, en gran medida, culpable del fortalecimiento de un movimiento, el obrero, cuya acción posibilitará, eso sí, más tarde y conjuntamente con otros motivos y circunstancias, la mejora de las condiciones de vida generales de las clases más populares con su presión a las instituciones y su acción sobre la sociedad.3 1 Manuel Tuñón de Lara, LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX, Ed. Paris Librería Española, Colección Club del Libro Español, año 1971; pág. 87. 2 CONSTITUCIÓN DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA, del 1º de Junio de 1869. 3 Una opinión paralela presentan autores como Calero, que afirma que la Revolución de 1868 significó una coyuntura altamente favorable para la introducción en España de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), (Antonio Mª Calero, MOVIMIENTOS SOCIALES EN ANDALUCÍA (1820-1936),Ed. Siglo XXI Editores, año 1976; pág.18); o Pulido Matos, sobre el campesinado andaluz, que piensa que, a partir de las experiencias que abre 1868, alcaza la mayoría de edad, (Manuel Pulido Matos, HISTORIA DE UN PUEBLO ANDALUZ: LEBRIJA, DE LA REVOLUCIÓN GLORIOSA A LA DEMOCRACIA 1868-1979 LA CUESTIÓN SOCIAL: LOS CAMPESINOS SIN TIERRA, Ed.: José Pulido Matos, año 1998, pág. 67). |
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