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Historia: Chile y EEUU antes de Allende Imprimir E-Mail
Escrito por Álvaro J. Navarro   
miércoles, 24 de junio de 2009

Chile y EEUU antes de Allende

 


El 11 de Septiembre de 1973 el gobierno socialista de Salvador Allende fue derrocado por la intervención de las Fuerzas Armadas. El golpe representó la culminación de una serie de presiones internas y externas anteriores. Y el gobierno de Estados Unidos y sus negocios privados juegan un papel importante, pues la caída de Allende beneficiará, entre otros, a los intereses económicos y políticos de EEUU. Para ello hay que tener en cuenta la dependencia económica de Chile del exterior y las multinacionales que operan en el país. Pues Chile está muy vinculado a EEUU, de tal forma que éste estaba obligado a aceptar los precios que le imponía el segundo en el cobre, el cual representaba el 80 % de la riqueza del país. Esto provoca que, entre otras cosas, Chile presente una deuda en 1960 de unos 3000 millones de dólares, teniéndole que sumar a esto inflación, desempleo, enormes contrastes socio-económicos, etc.


El objetivo de Salvador Allende y de la Unidad Popular será acabar con la dependencia económica del país, pero erró en los instrumentos y vías a seguir, pues chocó con los intereses de los más poderosos: ITT, multinacional de telecomunicaciones y con importantes inversiones en el sector hostelero; Anaconda y Kennecott.

El caso chileno no se puede separar  de un contexto al que en este caso pertenece plenamente, el del Sistema Interamericano, esto es, la relación fundamentalmente hegemónica (a veces de tendencias imperialistas) entre EEUU y el mundo latinoamericano. La particular relación entre ambos ha hecho que este sistema se haya perfilado como una unidad dentro del amplio contexto del sistema internacional. Naturalmente que la relación no ha sido nada fácil ni tampoco natural, entendiendo como tal una mera espontaneidad histórica. Existe un amplio marco reinterpretaciones q que a lugar esta relación, interpretaciones que van desde un versión liberal de comunidad de intereses hasta la aplicación leninistas de la teoría del imperialismo.

Para Gil, la política de Estados Unidos ha mantenido siempre dos objetivos: evitar la influencia de potencias extracontinentales en el hemisferio occidental y hacer de América Latina una esfera especial de influencia de Estados Unidos, esto último mediante muy diversos medios, entre ellos el comercio y la inversión, la diplomacia y las actividades militares. Los países latinoamericanos también han tenido dos metas constantes en su política respecto a Estado Unidos: asegurarse la ayuda de Estados Unidos con objeto de evitar toda injerencia por parte de potencias extracontinentales, y al mismo tiempo encontrar la manera de restringir la predominante influencia estadounidense.

A este nudo de situaciones no podía escapar Chile. Sus relaciones con los Estado Unidos comienzan en la década de 1820, pero sólo alcanza ese nivel potencialmente interamericano hacia fines de siglo, en los momentos en que Chile, como consecuencia de su triunfo en la Guerra del Pacífico entre a jugar dentro del espectro de la diplomacia norteamericana, a veces conflictivamente, Este encuentro coincide con la etapa naciente de máximo imperialismo de parte de Estado Unidos, y no es casualidad que entonces Chile sea víctima de una humillante irracionalidad, muy típica de las expansiones imperiales.

Desde 1947, se de un creciente integración en el horizonte de la guerra fría. Ello lleva a que Chile perciba que sus intereses fundamentales sean congruentes con los del Sistema Interamericano, aunque ocasionalmente se dieran disonancias más o menos pronunciadas, como frente a la cuestión cubana. Durante el sexenio democratacristiano, sin llegar a una ruptura forma ni esencial con este enfoque interamericano, el gobierno y la clase política chilena acentuaría los elementos antagónicos en las relaciones interamericanas, como la necesidad latinoamericana de diversificar sus vínculos.

A comienzos del siglo XX es cuando el capital privado de Estado Unidos comienza a asentarse en Chile. Chile pasaría a ser depositarios de grandes inversiones privadas norteamericanas, especialmente en la minería del cobre. Esto le dará el sesgo económico a las relaciones chileno-estadounidenses y dará pié a la interpretación imperial, en su versión de crítica al capitalismo, acerca de esas relaciones.

Desde los años 20, todos los gobiernos chilenos se volverían hacia Washington en busca de ayuda económica, así como, en líneas generales, aceptarían gustosamente las inversiones privadas de capital norteamericano. De ahí que en 1970 la parte de la deuda externa chilena con los Estado Unidos sería considerable, como la dimensión de la inversión privada en el país. Hacia la segunda mitad de la década de 1960, como producto de decenios de frustraciones en torno a una política mancomunada entre el Estado chileno y las compañías norteamericanas, el gobierno chileno propondría en dos oleadas sucesivas una legislación que culminaría en la virtual nacionalización de la llamada Gran Minería.

En cuanto a las relaciones económicas, otro informe aportado por Uribe recoge lo siguiente: Si se analiza con más detenimiento los vínculos con Estados Unidos, se constata que, a fines de la década pasada, es sistema económico chileno presentaba una escasa autonomía. Sus principales características eran un fuerte endeudamiento externo, una alta proporción de las exportaciones controladas desde el exterior, una rápida desnacionalización industrial y una capacidad tecnológica muy insuficiente.

La influencia norteamericana también se muestra fuertemente en las Fuerzas Armadas, sobre todo a partir de la posguerra, y en la identificación de Chile con el TIAR, al que se consideró pieza maestra de la defensa de la seguridad nacional chilena. La dotación de las Fuerzas Armadas Chilenas se hizo posible gracias al pacto de Ayuda Militar (1952), y ello permitió una modernización de aquéllas en la década de 1950. Asimismo las tensiones políticas que implicaba el esquema de guerra fría, hicieron que la doctrina tradicional de las Fuerzas Armadas, que de suyo lógicamente implicaba ya un anticomunismo latente, adoptara gradualmente una ideología anticomunista, compartida en sus rasgos fundamentales con el Sistema Interamericano. Es indudable que la influencia norteamericana jugó algún papel en la intensidad de este momento, aunque a menudo se exagere su importancia para algunos.

La liquidación de la Segunda Guerra Mundial constituyó formalmente a Estados Unidos en el centro imperial único de todo el hemisferio. El momento en el que tal relación se formalizó fue en el establecimiento de relaciones militares especiales y exclusivas entre las fuerzas armadas de Estados Unidos y las de los países latinoamericanos. En Chile ocurrió entre 1945 y 1946.

En un memorándum del gobierno de Allende se puede leer lo siguiente: En 1945 se iniciaron en Chile las conversaciones a cargo por parte de EE.UU. de misiones especiales para regular las relaciones militares entre ambos países. El objetivo norteamericano en esta materia estaba claro para sus diplomáticos y personeros militares ya desde el inicio de esta acción. Hay testimonio de ello en comunicaciones confidenciales de la época publicadas hace poco por el Departamento de Estado. Los principales objetivos habrían sido los siguientes: 1º Uniformar, para los efectos de salvaguardar la seguridad de EE.UU. en toda la región latinoamericana, y bajo el control determinante de ese país, la logística, los abastecimientos militares y la doctrina militar en cada uno de los países latinoamericanos. 2º Hacer de EE.UU. el único abastecedor de armamentos y de otros implementos de significados militar para cada una de las ramas de las Fuerzas Armadas y de Seguridad en todas las naciones latinoamericanas, confirmando el correspondiente control militar, político, etc., y con las ventajas consiguientes para la industria de armamentos norteamericana desde el punto de vista comercial. 3º Crear por estas vías una especie de control de armamentos en la región, administrado exclusivamente y de acuerdo a sus conveniencias políticas y de seguridad, por EE.UU., de manera que los colocaba en condiciones de equilibrar o desequilibrar, según su criterio, las relaciones militares tradicionales entre los países de la región. 4º Influir incluso en la proporción y distribución de los efectivo militares entre de cada país, en términos de acondicionarlos al apoyo de las bases militares (que asumieron muy diversas formas) norteamericanas en distintos puntos del continente latinoamericano. 5º Crear una presencia política norteamericana determinante que aumenta grandemente la capacidad de acción de sus Embajadas, de sus intereses privados, etc., en el interior de cada país. (…) El motivo o pretexto de la guerra fría, y la situación desmedrada de prácticamente todos los países latinoamericanos en el aspecto económico durante este período, la cual los hacía convenir en acuerdos que aparentemente facilitaban la modernización de los equipos militares a costos inferiores a los comerciales, aceleraron el proceso.

En conclusión, el gobierno de Estados Unidos quiso mantener, como un instrumento básico de su dominio hegemónico y cualquiera que fuese la suerte de los intereses privados norteamericanos en Chile, sus vinculaciones de todo orden con las Fuerzas Armadas Chilenas, pues tal relación consagraba la dependencia de Chile.

La posibilidad de que la fuerte izquierda chilena llegar al poder hizo que desde comienzos de la década de 1960 los EEUU se decidieran impulsar, en primer lugar, lo que consideran un gobierno modernizador, como el conservador de Jorge Alessandri (1958-1964), y, después, con mucha mayor energía, el de Eduardo Frei (1964-1970), que apareció como una renovación en el sistema político chileno. Por una parte, a partir de 1963, se financiarían por medio de un labro de inteligencia las actividades del Partido Demócrata Cristiano, así como de otras agrupaciones políticas no marxistas. Por otra parte, los Estados Unidos comenzarían a ayudar económicamente a Chile, de modo que en esta década el país se convirtió en el mayor recipiendario de ayuda económica en América Latina, aunque esta ayuda comenzaría a decaer hacia fines del decenio.

Por tanto, se podría concluir que, en vista de los poderosos canales de influencia directa (diplomáticos, económicos, militares) e indirecta (culturales en su sentido amplio), la influencia norteamericana en Chile, la capacidad de los Estados Unidos de llevar adelante una política hegemónica, aparece como algo incontrarrestable.

Ahora bien, pese a esta influencia, sólo si aceptamos que Chile constituía un actor legítimo de su historia y del sistema en que estaba inscrito, se puede comprender el complejo nudo de relaciones y factores que influyen, refractan y diluyen las decisiones de los actores racionales, dentro o fuera de su sistema. SI esta hipótesis no tuviera visos de realidad, sería incomprensible el surgimiento de un gobierno que implicaba, por medio de la vía constitucional, una drástica transformación interna y un desafío a muchos elementos constitutivos del Sistema Interamericano.

 
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