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Santa Ana y la Virgen Niña Imprimir E-Mail
Escrito por Juan Cordero   
miércoles, 09 de mayo de 2007

Santa Ana y la Virgen Niña 

Juan Cordero Ruiz, Lebrijano y Catedrático Emérito de la Universidad de Sevilla 

Entre la rica y abundante imaginería retablística de Lebrija destaca, sin discusión, el retablo mayor de Santa Maria de la Oliva, cúspide del arte universal. Ello puede eclipsar un poco otras imágenes que, por su calidad escultórica merecen ser traídas a este “Museo de Arte”, para provocar la atención y la admiración de quienes las contemplen.

24_sa_1ch.jpgEs el caso de este conjunto escultórico, una talla policromada que, en el centro del retablo, en la cabecera de la nave de la Epístola, representa a Santa Ana, sentada, mostrando un libro abierto a la Virgen Niña que está de pie. Es un tema muy tratado en el arte barroco, incluso es habitual representar a Santa Ana, sentando en sus rodillas a la Virgen, y en las rodillas de esta, también sentado, el Niño Jesús. Es el modelo de la pintura que había anteriormente en ese mismo lugar, desde el siglo XVI, y que se retiró al ser construido el retablo y la imagen actual, en 1695, por el escultor de El Puerto de Santa María, Ignacio López.

Hasta ahora, Ignacio López, es solo un nombre que aparece en algunos documentos relacionados con contratos de obras escultóricas. Merecería la pena una investigación más a fondo por los archivos de El Puerto de Santa María y su zona de influencia, porque estamos seguros que ese nombre no salta en Lebrija por generación espontánea, sino que tras él se oculta un gran maestro de la escultura de finales del siglo XVII y principios del XVIII, en Andalucía. Esta obra que traemos hoy al Museo lo confirma; no brota de la nada ni se pierde en el vacío un artista de esta categoría. Hubo de tener maestros y discípulos, así como una etapa de aprendizaje juvenil anterior a esta obra de plena madurez.

Mientras los documentos no nos hablen con su testimonio notarial, solo podemos hacer conjeturas, y lanzar hipótesis, basadas en la observación estilística y detalles morfológicos que la obra presenta. El conjunto de la Madre y la Hija forman una unidad compositiva muy armónica; cosa que no podemos decir del tratamiento técnico de ambas figuras, que parecen dispares o de distinta mano. En tanto que la figura de Santa Ana detecta algunos rasgos de gran fuerza expresionista, propios de una etapa avanzada del barroco andaluz, como son las huellas de la edad y dureza en la fisonomía y en el plegado de sus ropajes, la figura de la Virgen Niña está llena de un clasicismo sereno, y un rostro dulce, que evoca obras renacentistas cuanto a su canon más idealizado, como un prototipo ideal de belleza, contrastando con el tipo de individualizado retrato concreto, de una mujer con mucho realismo de la madre.

Aunque no hay referencia alguna que lo justifique podemos lanzar la hipótesis de que en algún momento, dado que el cuerpo de la Virgen es exento e independiente, pudiera ser sacada en procesión, y con ese motivo producirse la diferente limpieza de las carnaciones y policromías que se detectan entre madre e hija. Son suposiciones que yo puedo lanzar en base a mi imaginación libre de artista, no condicionada ni forzada por el rigor y certeza que deben exponer los más científicos y eruditos investigadores de la historia del arte.

24_sa_2ch.jpgLa documentación histórica nos abre otras posibilidades. Parece, según Bellido Ahumada, que el retablo actual se construyó en 1680, pero no se doró hasta el primer cuarto del siglo XVIII. Fue el presbítero Comisario del Santo Oficio, Francisco Arriaza de la Peña, quien en su testamento de 1695, donó “cient ducados de vellón en que tiene concertada con Ignacio López, vecino del Puerto una ymagen de mi señora Santa Ana para su altar y en la dicha iglesia parrochial”. Textos así parecen concretos y claros, pero no lo son tanto cuando sabemos, por experiencia, que una cosa es lo que se dice en los textos y otra lo que las circunstancias, en la práctica, determinan.

Como resumen de lo dicho, queremos remitirnos a la contemplación de este magnífico grupo escultórico que, como siempre pasa, las palabras son insuficientes ante el lenguaje inefable de la obra plástica del arte. Ya sé que es más común en nuestros sistemas educativos, la formación para analizar y entender un texto gramatical, con sus mil matices lingüísticos y la belleza que contiene, que aprender a “leer” y “gozar” una obra expresada con el lenguaje visual de las formas y los colores.

No seré yo quien ataque la palabra, genial vehiculo puramente humano para la comunicación, el saber y la convivencia; que hasta el mismo Jesucristo se define como el “Verbo Encarnado”; pero sí debo aprovechar cualquier ocasión para denunciar la poca formación que recibimos sobre el lenguaje visual, que siendo el más universal de los lenguajes, ignoramos su gramática, y con él ejercemos de autodidactas, pensando que basta un nativismo infuso para comprender y gozar con la mirada.

Esperemos que este siglo que empieza despierte a esta realidad de la imagen en la que estamos inmersos, y en la que es precisa formarnos, para que pueda hacerse verdad el dicho popular de que “una imagen vale más que mil palabras”. Prestemos atención y cultivemos este poderoso lenguaje, por el que, si no estamos preparados, podemos ser como ciegos, fácilmente conducidos y manipulados.

 

 
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