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Conferencias en torno al Maestro del Cante I Imprimir E-Mail
Escrito por Lebrija Digital   
viernes, 24 de julio de 2009

mesas0_pasaportelebrijano.jpgLa excelente acogida del público marcó la primera mesa redonda en torno a Juan Peña, programada por la delegación de Cultura como complemento de la exposición Pasaporte Lebrijano. Todo lo que se dijo aquí.

mesaredondajuan1.jpgLa Casa de la Cultura acogió ayer la primera sesión de las dos mesas redondas que el Ayuntamiento ha programado con motivo de la 44 Caracolá y el homenaje a Juan Peña El Lebrijano, Hijo Predilecto de la Ciudad de Lebrija. Bajo el título “Vivencias de Juan Peña El Lebrijano a través de su familia y amigos”, Pedro Peña, Alfonso Eduardo Pérez Orozco, Francisco Herrera y Curro Sánchez hablaron de uno de los cantaores más universales. La mesa fue moderada por el periodista Alfonso García.


 

mesaredondajuan_pedropea.jpgPara Pedro Peña Fernández (Lebrija, 1939), su hermano Juan es, “sinceramente el número uno, no sólo en la expresión del cante, sino, mucho más importante, en la intimidad. Si Juan es grande en el tablao, los que hemos tenido tantas oportunidades de escucharle en el calor de la familia, sabemos que es inerrable”. Pedro Peña, uno de los fundadores de la Caracolá Lebrijana, “el mejor flamenco, era, en mi opinión, el que se escuchaba en las casas de las familias gitanas, porque, para nosotros, el cante y el baile no eran cosas de usar y tirar, sino una expresión que siempre surgía, porque estaba fundamentada por nuestra propia escala de valores”. El hijo de María Fernández La Perrata recordó con cariño el modo en que estaba su madre marcada por el compás y la armonía: “freía tomates y hacía compás con la espumadera; subía la escalera y lo hacía a compás”. Para Pedro, “la música es una realidad más profunda que la propia filosofía”

“Juan sabe de Pastora, probablemente, más que nadie. A Mairena los Peña lo hemos tenido siempre en el sentío” 

“La primera guitarra se la compramos por tres duros a un amigote; luego el Maestro Penaca me dio los primeros acordes y a partir de ahí, yo seguí investigando, pero lo primero en mí fue el cante”. Pedro Peña recordó durante su intervención la aparición en la vida de los Peña de Paquera de Jerez, “quien fue esencial para la profesionalización de Juan. Mi padre gozaba de aprecio en los círculos de Mairena, Talega... y se llevó a Juan a que lo conocieran”. He ahí la prueba de que, como reza la muestra Pasaporte Lebrijano – en la Casa de la Cultura hasta el próximo 31 de julio – las fuentes de inspiración de Lebrijano son las de la escuela clásica de los más grandes.
mesaredondajuan_alfonsoeduardo.jpgAlfonso Eduardo Pérez Orozco andaba, allá por los años 60 y 70, enloquecido con la música de la joven disidencia: con el jazz y el rock de Pink Floyd, pero, en uno de sus cafés en El Pinto de Sevilla, cuando trabajaba en la ya extinta Radio Vida “Antonio Mairena, que tenía gran olfato, se me acercó y me dijo ¿sabes quién es esa señora que está ahí sentada? Pues es La Niña de los Peines”. Fue también en el mítico bar de la calle Trajano donde conoció a un joven Juan Peña con el que conectó en seguida. Comenzó aquí una relación de “enamoramiento súbito con el flamenco” que aún pervive y que llevó pronto a Orozco por los caminos de la producción musical. Comprendió que el flamenco era una música tan importante como denostada y fue pionero en la retransmisión de los muchos festivales que comenzaron a surgir a partir de 1963 (con el Potaje de Morón). Luego se fue a Madrid, donde “tuve una gran decepción por el modo en que se vivía allí el flamenco: los artistas iban a cumplir su tarea, pero el flamenco no se sentía como en Andalucía”. No obstante, el periodista reconoció que Juan Peña tuvo siempre la gran capacidad de llevarse el público a su terreno, “su virtud era la profesionalidad”. Si algo cabe destacar en el idilio que llevó a Orozco de los sonidos rockeros al flamenco, es “que me di cuenta de que lo que necesitaba el flamenco era una mejor producción”. Ello, unido a las inquietudes creativas de Juan Peña, dio lugar, entre otras muchas joyas, a discos como

 “Una noche que tuve que quedarme en casa de Juan, antes de dormir, me puse a leer el Nuevo Testamento, que me lo había regalado mi padre. Comencé a dar vueltas a los textos y Juan y yo pensamos que relataban a la perfección las injusticias sufridas por los más débiles, los gitanos”

La Palabra de Dios (1976) o Persecución (1976): “eran discos que guardaban una unidad argumental, algo nunca visto hasta entonces”. Entre los momentos más impiortantes que el periodista guarda en su memoria musical tras toda una vida unido a las ondas, se encuentra “el honor de haber presentado sólo a dos personas en el Teatro Real de Madrid: Juan Peña El Lebrijano y Eva Fitzgerald”

 

mesaredondajuan_currosanchez.jpgCuando Curro Sánchez oyó La Palabra de Dios a un gitano, pensó que “habíamos perdido al Juan puro y flamenco de De Sevilla a Cádiz”. Luego se dio cuenta de que se había equivocado: “cuanto más escucho La Palabra de Dios, más me doy cuenta de que es una obra de arte irrepetible”. Curro, que lleva a sus espaldas cuarenta y tres Caracolás (bien como organizador, bien como aficionado y seguidor incansable), manifestó durante su intervención en la primera

 “En la época fuerte de los festivales, los aficionados lebrijanos nos repartíamos y nos pasábamos la noche gritando olés a los nuestros. Y parecía que estaba media Lebrija en todos sitios”, cuenta entre risas. 

de las mesas redondas en torno a Juan, su alegría por “el modo en que se está llevando a cabo esta Caracolá, y por lo ilustrativas que están siendo las mesas”. Reconoció que su mayor satisfacción como admirador de Juan ha sido el cariño con que los Peña me acogieron siempre en su casa: “yo tuve uno de los primeros picús del pueblo, y Bernardo solía pedirme que le pusiera las grabaciones de su hijo una y otra vez. No nos cansábamos de escuchar a Juan”.

 


mesaredondajuan_pacoherrera.jpgA Paco Herrera, como a otros tantos, la juventud de aquellos años de lucha y sueños de cambio le llevó por las rebeldías del rock. Siempre fue amante del jazz y del blues, y por eso, su mayor sorpresa al oír a Juan – quien lo introdujo en el flamenco, además de Mairena – fue “la gran similitud que guardaba el flamenco con el blues”. El magnífico descubrimiento tuvo lugar en la Casa de Galicia, un gran teatro con capacidad para 5.000 personas, ubicada en La Habana.

 
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