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Se arrodillaron las estrellas
Mágica como pocas fue la Noche Grande de la Caracolá Lebrijana. Fernanda Carrasco, Curro Malena, Enrique Morente y El Lebrijano fueron los protagonistas.
Una noche para guardar en la memoria de todos aquellos a los que guste el flamenco; o mejor dicho, una noche inolvidable para cualquier alma que se precie. Porque lo que se vivió el sábado 25 de julio en la lebrijana plaza del Hospitalillo, trasciende al flamenco para situarse en el gozo estético y físico de la Música con mayúsculas. El protagonista rotundo de la noche – cosa lógica – fue Juan Peña El Lebrijano, quien dio, posiblemente, uno de los mejores recitales de los últimos años, acompañado por sus sobrinos Pedro María Peña y David Peña Dorantes y su “hijo adoptivo”, el violinista marroquí Faiçal Kourrich.
Pero vayamos por partes. Abrió el cartel una joven Fernanda Carrasco que volvió a dejar claro que la madurez no es un pase de favor hacia el buen hacer flamenco, aunque como en todo, la experiencia sea un grado. Esta guapa lebrijana de dieciséis años, emparentada con varias familias flamencas locales – como la de Curro Malena – enamoró al público con su juventud y su frescura, demostrando un dominio inusitado del compás por bulerías de su tierra, soleás y seguiriyas. Lo hizo acompañada de una guitarra que suena cada vez mejor, la de Luís Carrasco.
Luego tocó el turno a un veterano incombustible, Curro Malena. Aquejado de uno de esos fastidiosos resfriados de verano, Curro no mostró su voz limpia y clara y tuvo que hacer frente con la mayor dignidad y voluntad de poder posible, a la ronquera. Pero con Curro Malena ocurre lo que con los buenos toreros. Ha hecho y hace tanto bien, que cualquier incidencia se le perdona. No le faltó sentimiento al lebrijano, que se deshizo por bulerías de Lebrija, haciendo gala de ese dominio que Francisco Carrasco Carrasco tiene sobre los cantes tradicionales. Curro Corazón de León – como lo ha llamado algún crítico – ha dicho muchas veces que quiere morir con las botas del cante puestas. Será por eso que no le importa entregarse al máximo en cada aparición. Ya se sabe, “el cante ha de doler”. Como es habitual, lo acompañó su hijo Antonio Malena a la guitarra.
Y de una línea, si se quiere, más pura y tradicional, la noche giró hacia eso que Juan llama Melismas de refresco, para recibir en el escenario la inusual presencia de un cantaor albaicinero que ha paseado su nombre por todo el mundo. Enrique Morente, que goza – como todo buen creador – de amantes y detractores al mismo tiempo, dejó en Lebrija una actuación para el recuerdo, de esas que la memoria retiene por los siglos de los siglos. Comenzó por martinete, y en la Plaza del Hospitalillo pudo oírse el silencio. Ironizó graciosamente sobre esa “policía del cante” ortodoxo que exige al cantaor “cantar como Dios manda” y Morente lo hizo por verdiales y seguiriyas. El que sabe, sabe. Fue una actuación redonda, bien pensada y trabajada, concebida como un espectáculo serio y estudiado, como demandan los nuevos y exigentes públicos a los que el Flamenco no debe permanecer ajeno, por su propia conveniencia.
Y tras el acto protocolario, entró Juan. Apoteósico e inolvidable se mostró el gitano rubio. Él quería agradecer el nombramiento de Hijo Predilecto como mejor sabe, cantando. Comenzó con su Truena, como otras veces lo había hecho en la Caracolá, pero de modo muy distinto, acompañado por la guitarra virtuosa de su sobrino Pedro María y el violón de Faiçal. Y las notas y la voz de El Lebrijano parecían mecerse en la noche haciendo claudicar a las estrellas. El silencio acompañó de nuevo a este ritual de Arte, bello y virtuoso. ¿Quién iba a hablar en aquel momento? Todo fue emoción y corazón. Luego entró David y puso a su piano al servicio de una seguiriya imborrable y el público se alzó en una ovación sincera y efusiva. Dicen los cabales que Juan canbtó por soleá como no lo hacía desde los años 70. Teorías a parte, la de El Lebrijano fue una actuación impecable, emotiva, situada una vez más en ese recóndito lugar al que llamamos alma. Que nadie sabe dónde está, pero que todos sentimos.
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