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Historia: Los otros renacimientos medievales Imprimir E-Mail
Escrito por Luis de las Heras   
lunes, 28 de diciembre de 2009

Los otros renacimientos medievales


    
    
     Tradicionalmente, se han empleado los términos Renacimiento y Humanismo para hacer referencia a un momento y un lugar muy concretos de la historia cultural de Occidente (la Italia del quattrocento y el cinquecento) y a una corriente de pensamiento concreta. Nuestra intención en este breve artículo no es otra que la de contrastar los tópicos que se han generado en torno a la Edad Media y demostrar que, si bien el Renacimiento italiano y la consiguiente expansión por Europa de su corriente de pensamiento principal son de marcada importancia para el desarrollo del pensamiento moderno, muchas de las principales características de ambos conceptos no son tan revolucionariamente novedosas y hunden sus raíces más profundas en determinados momentos de la Edad Media. Para apoyar nuestros planteamientos partiremos de las definiciones de los términos Renacimiento y Humanismo, tanto en la actualidad como en los momentos en que pudieran ser empleados por primera vez, para, acto seguido, rastrear a lo largo del Medievo pensadores y movimientos culturales que pudieran relacionarse de una forma u otra con alguna de las definiciones señaladas.
    

     La palabra Renacimiento no adquiere su sentido actual hasta 1860, cuando Jacob Buckhardt publica su célebre obra La civilización del Renacimiento en Italia, pasando de esta forma el vocablo a denotar un periodo concreto con características propias y peculiares. Por otra parte, si prestamos atención a aquellas situaciones concretas en las que los propios hombres de los siglos XV y XVI usan este término u otro parecido, podemos encontrar más información sobre el sentido real u originario del mismo. Así, descubrimos que Maquiavelo hace referencia a una Roma rinata para destacar los logros de Cola di Rienzo; o que Vasari usa la palabra rinascità en sus escritos sobre pintores y el arte de la pintura.
    

     Por su parte, el significado actual de la palabra Humanismo proviene también de mediados del siglo XIX, cuando Georg Voigt publica el estudio La resurrección de la antigüedad clásica o el primer siglo del humanismo. En esta obra, Voigt asocia el Humanismo con el resurgir de los autores clásicos. Por su parte, en su origen, todo parece indicar que el término Humanismo bien podría derivarse de la jerga estudiantil de los alumnos de las escuelas secundarias y universidades en las que se enseñaban los studia humanitatis durante el siglo XV, para denominar a sus profesores, maestros y, en general todas aquellas personas vinculadas a estas materias. El humanista es, en su sentido original, un filólogo, un estudioso de la gramática y la retórica, cuya principal actividad es la crítica literaria. La invención de la imprenta y la inexistencia de un sistema editorial lleva a estos hombres a reeditar, analizar, estudiar en su idioma original las diferentes obras del pasado clásico, en especial aquellas que hacen referencia o se enmarcan en el contexto de la Roma de la República, pues es este el modelo de sistema político que se está tratando de imponer en la Italia renacentista, basado en el acaparamiento del poder por parte de una familia o individuo.
    

     Pero la pasión por la filología no se queda ahí y el propio Lorenzo Valla, reconocido lingüista renacentista, se esfuerza en diferentes escritos por reivindicar la grandeza de la lengua latina, de la que afirma que gracias a ella se “mantiene aún vivo el Imperio”. De cualquier modo no podemos reducir al humanista a un simple filólogo pues el estudio de la lengua latina no es más que un medio para crear algo nuevo, una sociedad nueva, un hombre nuevo; hombre nuevo que asumirá su protagonismo sustituyendo a la aristocracia guerrera medieval por el ideal de cortesano culto.
    

     Después de las definiciones de Burckhardt y Voigt daría la sensación durante bastante tiempo, y aún hoy día se mantiene en muchos sectores, de que ciertas características del Humanismo se hubiesen establecido ya. El individualismo, la influencia de la cultura clásica, la libertad dentro de la fe, o incluso, la indiferencia ante cuestiones religiosas. Pero cuando estas ideas parecían más asentadas, el creciente interés de los eruditos por la Edad Media demostró que los contrastes entre Renacimiento y Edad Media habían sido señalados con demasiada crudeza y que la diferencia entre ambas épocas era menos clara de lo que se había establecido. De esta forma, encontramos a lo largo de toda la Edad Media excepciones y casos especiales que ponen en cuestión el monopolio de los términos Humanismo y Renacimiento ejercido por la Italia del quattrocento y el cinquecento. Hombres santos, como Francisco de Asís o Buenaventura, dan claras muestras de un humanismo medieval o Abelardo, figura capital del pensamiento del siglo XII, se erige en paladín del individualismo.
    

     Para complicar más las cosas, descubrimos que también la Edad Media había generado su propia cosecha de renacimientos. El primero de estos ejemplos lo encontramos en la corte de Carlomagno, quien hacia finales del VIII funda cierto número de escuelas a las que ordenó acudir a los eruditos de todo su imperio. De entre todos ellos, destacará Alcuino de York por sus ideas humanísticas. La corte imperial conformará una especie de académie en la que se apreciará la importancia de la cultura clásica y se dejará sentir cierta ambición por convertir a la Galia en la sucesora de Atenas y Roma. En general, entre los principales hitos del renacimiento carolingio debemos señalar la producción literaria, destacando la poesía, los anales historiográficos o el género biográfico, que tendrá en el emperador y sus sucesores a sus principales protagonistas. Asimismo, se impulsó el estudio y el uso del latín escrito, construyéndose gramaticalmente lo que normalmente conocemos con el nombre de latín medieval y se desarrolló la traducción de obras griegas, destacando la figura de Juan Scoto Erígena.
    

     Sin embargo, Jacques Le Goff cuestiona la importancia de este renacimiento al afirmar que “ese período no presenta ninguno de los rasgos cuantitativos que parece implicar la idea de Renacimiento (…)”. Para el medievalista francés se trataría de un “Renacimiento para una elite cerrada, numéricamente muy escasa, destinado a dar a la monarquía clerical carolingia un pequeño semillero de administradores y políticos. Los manuales franceses republicanos de historia se han equivocado mucho al idealizar a un Carlomagno, por lo demás analfabeto, como protector de la juventud de las escuelas”1. Para reafirmar esta teoría recurre a los códices de la época, aún tratados como obras de lujo, lo que evidencia su escasa circulación, en las que sus autores materiales reafirman la superioridad de los autores a los que copian. Es este un renacimiento que, a juicio de Le Goff, atesora en lugar de sembrar, lo que le lleva a cuestionarse si realmente se trata de un renacimiento. Se trataría, por tanto, más que de un renacimiento cultural, que parece que fue limitado, de un renacimiento principalmente comercial y económico, que se dejó sentir en fenómenos como el apogeo de ciertos puertos del norte de Francia y Alemania, la reforma monetaria de Carlomagno o la expansión de los paños flamencos.
    

     De cualquier modo, lo que es incuestionable es que en la corte de Carlomagno se dejan sentir los ecos de la antigüedad clásica, además de tomar partido en la misma figuras como los ya citados Alcuino de York o Juan Escoto Erigena, uno de los primeros en resucitar a Platón, pensador que no será verdaderamente apreciado hasta la explosión intelectual del siglo XII.
    

     Las cosas fueron bastante distintas en el renacimiento del siglo X, cuya figura central Gereberto d’Aurillac, tutor del emperador Otón III y futuro papa Silvestre II, es un claro ejemplo. Gran coleccionista de documentos antiguos, considera que toda persona cultivada debía forjarse un estilo y unas maneras a imitación de los clásicos greco-romanos. Incluso encontramos en él la idea típicamente humanista de que un modo de hablar y de escribir correcto es inherente a una vida virtuosa. El punto de partida del renacimiento otónida lo encontramos en las reformas monásticas que los sucesivos emperadores del Sacro Imperio impulsaron, lo que provocó una intensificación de las relaciones entre los diferentes centros culturales y una sistematización del trabajo intelectual. Así, “Otón I se convierte en un nuevo Carlomagno que protege la vida cultural de su corte”2 y la promueve en las sedes episcopales y monasterios, a través de obispos y abades que el mismo emperador elige. Además de la fundación de diferentes escuelas episcopales en ciudades como Bamberg, Metz, Colonia o Maguncia, entre otras, destaca la traducción al alemán de diferentes obras de Aristóteles, Virgilio y Catón, la composición poética y teatral en latín y el apogeo del género historiográfico, movido principalmente por el deseo de exaltar la idea de la renovación imperial.
    

     Posiblemente, el renacimiento más importante de la Edad sea el que se produce en el siglo XII, por cuanto que supondrá el motor fundamental de la revolución cultural de la Baja Edad Media, base sobre la que se sustentará el humanismo italiano. Se trata del primero en autodenominarse renacimiento y es el que alcanza mayor importancia, dada su duración e influencia. Así, encontramos cómo nuevas universidades (Salerno, Bolonia, París, Montpellier, Oxford) y muchas otras escuelas locales, dan testimonio de este hecho, junto al resurgimiento de la Medicina, el Derecho o la Filosofía. No podemos obviar la importancia de las traducciones del griego y el árabe así como el reconocimiento de Aristóteles como indiscutible maestro, sin dejar por ello de lado el interés por Platón. Por otra parte, la escuela de Chartres, fundada por uno de los discípulos de Gereberto d’Aurillac, llegó a ser uno de los centros más importantes al llevar a cabo una importante tarea de sistematización de la filosofía procurando que ésta abarcara todos los aspectos del conocimiento, aunque evitando entrar en conflicto con las ideas cristianas.
    

     Desde mediados del siglo XI, las nuevas condiciones de vida en Europa eran ciertamente propicias para sustentar un verdadero renacimiento de la actividad intelectual, literaria y artística: el auge de la población, el progreso económico y el orden social propios del pleno desarrollo del feudalismo, ofrecían las adecuadas posibilidades generales. Pero quizás los factores determinantes los encontramos en el renacer de las ciudades y el esplendor monástico, sobretodo a raíz de la reforma gregoriana, convirtiéndose ambos espacios, en especial el primero de ellos, en los lugares más adecuados para albergar dicho renacimiento cultural e intelectual. Precisamente ahí radica uno de los aspectos más novedosos del renacimiento intelectual del siglo XII: su carácter urbano, su conexión, aun limitada pero mucho mayor que en épocas anteriores, con ciertas capas de la población laica que comienzan a interesarse por el arte, la literatura y la filosofía clásica. Sin duda alguna, el renacer económico de la Plena Edad Media, que tiene en la ciudad su centro neurálgico, se convierte en condición sine qua non para el renacer cultural.
    

     Todos estos ejemplos que hemos analizado de renacimientos, desde la corte de Carlomagno hasta las grandes figuras intelectuales del siglo XII, nos parecen indispensables para comprender el fenómeno histórico que conocemos con el nombre de Humanismo y que se sitúa, en origen, en Italia en los siglos XIV y XV. Sin entrar a comparar el impacto que cada uno de estos movimientos culturales tuvieron, pues se desarrollaron, al fin y al cabo, en contextos espacio-temporales diferentes, lo que nos parece evidente es que se trataron de fenómenos que fueron sentando, poco a poco, las bases de lo que luego será la revolución humanista, en los albores de la Edad Moderna.

1 Le Goff, Jacques. Los intelectuales en la Edad Media. Barcelona, Gedisa, 1993
2 Ladero Quesada, Miguel Ángel. Historia universal de la Edad Media, Barcelona, Vicens Vives, 2001

 
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