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El Placer de Escribir: Fin de año Imprimir E-Mail
Escrito por Ángeles Bueno   
lunes, 28 de diciembre de 2009

Fin de año

 

Era treinta y uno de diciembre y los mayores hablaban de cómo se presentaría el año nuevo. María von Campo nos daba prisa mientras tomaba tortitas de bacalao del día anterior mojadas en un vaso de café negro.

 

Cuando terminamos de desayunar era temprano. María nos llevó a coger plomo de las tuberías viejas apiladas en la Estancia. Todos estábamos intrigados pero ella solo decía que tenía mucho que hacer, que era una costumbre que aprendió en Alemania, y que no podía perder tiempo.
Ayudándose de un martillo sacudía, golpeaba y machacaba el plomo con una fuerza extraña hasta convertirlo en trozos pequeños que salían disparados por el suelo. De vuelta a la casa nos dio una pequeña y retorcida pieza a cada uno.

 

Durante la cena no nos separamos de nuestro preciado tesoro esperando con impaciencia que María nos diera una señal. Y la señal llegó después de tomarnos las doce uvas. Entonces, corrimos a la cocina donde María en un viejo cazo empezó a fundir de uno en uno el plomo que le íbamos dando, echándolo enseguida en el agua de uno de los ojos del fregadero.

 

El plomo al enfriarse hacía extraños dibujos que María colocaba por turno sobre la palma de su mano grande y roja. Seria y con aire misterioso describía ante nuestros asombrados ojos como iba a ser el año nuevo según la figura que nos había salido.

 

Los mayores al escuchar nuestras risas se acercaron a la cocina pidiendo a María su trocito de plomo.
María los puso en fila como a nosotros para que esperaran su turno, y mientras explicaba el futuro nos hablaba de animales, de siembra, de viajes, de nacimientos de niños, comidas y regalos, entre las risas y bromas de niños y mayores.

 

Al final de la cola estaba Rosa nuestra joven maestra de la escuela del pinar que tímidamente alargó su plomo a María. María observó el dibujo del plomo en el agua y observó a Rosa un instante. -Veo un niño chico- fueron las palabras de María. Rosa se puso blanca y los mayores callaron de golpe y todos miramos su cara pálida y asustada.

 

El silencio se hizo largo y pesado y cuando parecía que Rosa iba a llorar papá dijo: -Es año nuevo, ¡vamos a brindar con champán!
Todos levantaron sus copas y la cara de Rosa dibujó un pequeño gesto de alivio.

Esa noche en la cama no me podía dormir. Las imágenes se mezclaban en mi cabeza y no podía olvidar la cara triste de Rosa, y a María diciéndole: -Un niño chico da siempre mucha alegría-. Había cosas que no entendía pero poco a poco dejé de preocuparme, me di media vuelta y me vi montando en el caballo que María von Campo vio en mi trocito de plomo.

 
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