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Historia: Karol Wojtyla: Una vida de lucha contra el totalitarismo Imprimir E-Mail
Escrito por Adrián del Pozo   
domingo, 17 de enero de 2010

Karol Wojtyla: Una vida de lucha contra el totalitarismo

 

 

    El 18 de mayo de 1920 nacía en Wadowice Karol Jozef Wojtyla, hijo del oficial de carrera Karol Wojtyla y de Emilia Kaczarowska. La villa de Wadowice era un lugar próspero y tenía un buen nivel cultural, del total de sus 10.000 habitantes unos 2.000 eran judíos, completamente integrados en la vida de la ciudad. El matrimonio Wojtyla dio al pequeño Karol y a su hermano Edward la educación que se consideraba normal en aquella época: religiosa, patriótica y humana. Karol asistía junto a Edward al instituto de primaria Marcin Wadomita. La nota de amargura que entristecía aquel hogar era la delicada salud de Emilia, que padecía una miocarditis que con el paso de los años empeoraba cada vez más. Ajenos a los vaivenes políticos de la época, los hermanos Wojtyla seguían con brillantez sus estudios, en 1926 su hermano superó las pruebas que le permitían ingresar en la facultad de medicina de Cracovia con muy buenas calificaciones y Karol no le iba a la zaga en cuanto a sus resultados académicos; muchos de los compañeros de escuela de Karol eran judíos, Jurek Kluger, uno de sus mejores amigos, era hijo del prestigioso abogado Wilhelm Kluger, presidente de la comunidad judía de Wadowice. Junto a su madre, Karol iniciaba su relación con Dios y comenzaba a vivir su religiosidad. El padre Edward Zacher, párroco de la Iglesia de Santa María, le preparaba para hacer la primera comunión.

 

       El 13 de abril de 1929 la familia Wojtyla recibía un duro golpe, Emilia había sufrido un grave ataque al corazón y no pudo resistirlo. Tras las exequias, Edward regresó a Cracovia para continuar sus estudios de medicina y al dolor por la pérdida de su madre, se sumaba ahora la separación de su hermano mayor. En 1930 Karol ingresaba en el instituto de secundaria, en su clase, el 20% de los alumnos eran judíos, entre ellos, su buen amigo Jurek Kluger. La calidad de la enseñanza en el “Gymnasium” era excelente. En esta etapa de su juventud, Karol ya desarrolló su afición por la lectura y el deporte, pero sobre todo, lo que más le gustaba era el teatro. A los tres años del fallecimiento de su madre, la familia Wojtyla recibió un nuevo revés, el 5 de diciembre de 1932, Edmund, que había llegado al puesto de subdirector del hospital de Bielsko Biala, fallecía a causa de una epidemia de escarlatina que asoló la región. Esta nueva desgracia familiar debilitó la salud del padre y afectó duramente a Karol, quien por entonces tenía tan solo doce años.

 

       En 1937 iniciaba el último curso del “Gymnasium” y a Karol le entristecía tener que dejar el instituto y a sus compañeros para iniciar sus estudios superiores en Cracovia, además, le preocupaba la cuestión de separarse de su padre y dejarle solo en Wadowice. Ese mismo curso, el arzobispo de Cracovia, Adam Stephan Sapieha, fue a Wadowice para administrar el sacramento de la confirmación al grupo de jóvenes de la parroquia de Santa María, en aquellos momentos, el arzobispo Sapieha ya sospechó la futura vocación religiosa del joven Karol y preguntó al padre Zacher por aquel joven. Sin embargo, él había decidido estudiar Filología y Literatura polaca para mejorar sus dotes escénicas, aunque lo primero era superar las pruebas de acceso a la universidad, en las que recibió las máximas calificaciones de su promoción. En aquel verano de 1938 hubo de cumplir con la obligación de servir en un batallón de trabajo del ejército militar juvenil, su destino fue participar en la construcción de carreteras en la ciudad de Zubrzyca Gorna y cumplir otros servicios administrativos.

 

       Finalmente, el señor Wojtyla decidió ir con su hijo a Cracovia, lo que implicaba cerrar el piso de Wadowice y separarse de las antiguas amistades, pero la voluntad de seguir juntos pudo con todas las dificultades. Se establecieron en casa de unas primas de Emilia, que tenían un piso bajo desocupado en su casa del barrio de Debniki.

 

        Matriculado en Literatura y lengua polaca, Karol disfrutaba de sus clases, un 20% del alumnado era judío y la ciudad vivía con total normalidad esta cuestión, la Universidad era el centro neurálgico de la cultura y los profesores estaban considerados como la elite de la intelectualidad polaca. Pasada la ilusión de los primeros días de clase, Karol descubrió en el ambiente algo que le entristecía, algunos de sus compañeros de clase habían asumido las ideas antisemitas que llegaban desde la Alemania nazi de Hitler. A su llegada a Cracovia se puso bajo la dirección espiritual del padre Figlewicz, sacerdote de la catedral al que conocía por haber sido párroco en Wadowice. Pronto hizo grandes amigos, aficionados como él al teatro, con los que formó un grupo teatral en el que destacaba como actor. Se movía con mucha comodidad en el ambiente universitario, indignándose contra los pocos grupos extremistas que, cada vez con más frecuencia, dirigían sus ataques dialécticos contra los judíos. El padre Figlewicz condenaba en sus homilías el antisemitismo nazi, pero, en cualquier caso, a Karol le resultaba tan inaceptable el nazismo como el comunismo soviético, el primero por su indisimulado racismo, el segundo por su ateísmo militante, ambas ideologías mostraban a sus ojos el mismo desprecio por el hombre. Karol era consciente de que, situada entre ambos vecinos, se acercaban tiempos complicados para Polonia.

 

       Pronto llegó el verano y el fin de aquel primer curso universitario en el que Karol había estudiado duramente y había conocido a nuevos amigos, pero ahora, las vacaciones le permitían volver a reunirse con sus viejos amigos, entre ellos, Jurek Kluger, quien volvía de estudiar en Varsovia y le contó el ambiente irrespirable en el que ya se encontraban los judíos, la impotencia que sentía Karol frente a aquella injusticia le causaba un profundo dolor. A mediados de agosto de 1939 todo parecía sereno en Cracovia, los Wojtyla seguían su tranquila vida en su casa ajenos a los planes de Hitler y Stalin. El 1 de septiembre los soldados del III Reich destruían la barrera fronteriza de Sopot e invadían Polonia, mientras, Karol asistía a misa en la catedral de Wawel cuando se oyeron las sirenas que anunciaban la alarma aérea, era el inicio de la II Guerra Mundial.

 

       Las tropas alemanas invadían Polonia con una gran rapidez, Cracovia sufría constantes bombardeos que afectaban tanto a objetivos bélicos como a edificios civiles. Las órdenes transmitidas por la radio aconsejaban a los hombres mayores de catorce años huir hacia el Este. Karol debía tomar la decisión de qué hacer en aquel escenario caótico, pues su padre, superado por los trágicos acontecimientos y envejecido, había perdido toda capacidad de reacción. Hizo la maleta con las pocas pertenencias necesarias y los alimentos que había en casa y se dispusieron a abandonar la ciudad a pie por carretera hacia el Este, por el camino se unieron con una multitud de familias judías. Las noticias que les llegaban daban cuenta del avance imparable de las tropas alemanas y a Karol le suponía un enorme disgusto ver a su padre en aquellas circunstancias. Cuando llegaron a la ciudad de Rzeszów pensaron que estaban a salvo, pero pronto, los soldados polacos que encontraron les informaron de que se encontraban entre dos frentes, puesto que la Unión Soviética también había declarado la guerra a Polonia y el ejército había huido en retirada. A pesar de que los alemanes ya habían llegado a Cracovia, los soldados les aconsejaron que volvieran a su casa, habían recorrido más de doscientos kilómetros a pie para nada.

 

       Cuando llegaron a Cracovia no encontraron la misma ciudad que habían abandonado unos días antes, muchos edificios habían sido destruidos por las bombas, casi no se veía gente por las calles y las tiendas y mercados carecían de lo más esencial, además, la persecución contra los judíos se había desatado ya con toda su virulencia. En la universidad no se iniciaron las clases y muchos de los profesores fueron enviados a los campos de concentración, también se cerraron los teatros y se prohibió cualquier manifestación cultural, igualmente, muchas iglesias y seminarios fueron cerrados. El 26 de octubre de 1936 se impuso la obligación del trabajo público a todos los polacos de entre 18 y 60 años, sólo quedaban exentos aquellos que tuvieran un trabajo “útil y permanente”, una amiga de la familia, la señora Szokocka, aconsejó a Karol que consiguiera una “Arbertskarte" 1 para demostrar que no era estudiante y a través de un contacto le consiguió un puesto de trabajo como obrero en la industria Solvay.

 

       Karol salía todas las mañanas antes del amanecer para ir a la cantera, era un trabajo duro y fatigoso: con un mazo de gran tamaño cortaba grandes bloques de piedra, los cargaba en una carretilla y los transportaba hasta una vagoneta, otras veces llevaba leña a las calderas para mantener el fuego. El invierno de 1940 se iniciaba con un frío intenso, con escasez de medios para combatirlo y con una falta total de víveres. Su fuerza física, su temple y su juventud le ayudaban a sobrellevar aquella dura prueba en condiciones tan penosas; la dureza del trabajo, en cualquier caso, no le hacía perder su afición a la lectura, y en los pocos descansos que tenía aprovechaba para leer. La fatiga y la mala alimentación le llevaban en algunos momentos al desfallecimiento, el trayecto de su casa a la fábrica suponía una hora andando y otra de regreso. Si había una fuerza que le ayudaba a seguir luchando, esa era su fe. Lo que más le dolía era ver el deterioro de la salud de su padre, los médicos le había diagnosticado una seria lesión en su corazón agotado. El 18 de febrero de 1941, cuando Karol llegó de trabajar, encontró muerto a su padre, el último familiar que le quedaba.

 

       Los días festivos iba a estudiar a la biblioteca del monasterio carmelitano, que permanecía abierta, le costaba mucho asumir la ausencia de su padre, pero sus amigos procuraban que pasara solo el menor tiempo posible. A pesar de las dificultades, el ambiente cultural en Cracovia seguía vivo, eran frecuentes las veladas y concursos poéticos en la clandestinidad; pronto se formó un grupo de teatro entre varios amigos, dirigido por Kotlarczyk, quien además, aceptó la invitación de Karol que le ofreció su casa como lugar de refugio para él y su familia, con lo que volvía a tener compañía. Ya durante el año 1941 Karol comenzó a plantearse seriamente su vocación religiosa, lo que le obligaría a renunciar a uno de los sueños que siempre había tenido: formar una familia. En aquel contexto, Jan Tyranowski, un miembro de la parroquia que tenía muy buena relación con todos los jóvenes, le animó a la lectura de los místicos españoles, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, aquellas lecturas iban a marcar profundamente su fe. Mientras la guerra seguía su curso, la vida de Karol no conocía muchos cambios, seguía trabajando en la fábrica de Solvay, perdía peso y su agotamiento preocupaba a sus amigos; su tiempo se distribuía entre la fábrica, el teatro, el rezo y el estudio.

 

       En el verano de 1942, tras la masacre del gueto de Varsovia, tomó la firme decisión de ser sacerdote, si para ello debía llevar una vida de absoluto desprendimiento, hacía ya muchos años que Dios le había preparado el camino, mostrándole el dolor de muchas renuncias. A la primera persona que debía comunicárselo era al arzobispo Sapieha, luego se lo dijo al padre Zacher y al padre Figlewicz. En cuanto a sus amigos, no veía el momento de comunicárselo, ya que aquella decisión implicaba una nueva renuncia: dejar el grupo de teatro, pero finalmente, lo hizo. La jornada cotidiana de Karol se hizo más compleja, ya que a todas las actividades anteriores debía añadir los nuevos estudios teológicos, realizados en el seminario clandestino de Cracovia. A pesar de tener un gran hábito de estudio, no le resultaba fácil enfrentarse a los nuevos textos que le exigía la preparación para el sacerdocio. Durante los años 1943 y 1944 Karol continuó inmerso en el trabajo y en el estudio, casi nada había cambiado y sólo sus íntimos conocían su asistencia al seminario clandestino. Las cosas comenzaron a torcerse en el verano de 1944: en agosto, los guerrilleros del AK y todos los civiles que pudieron, trataron de derrotar a los alemanes en Varsovia, sin embargo, las tropas alemanas resistieron  y a los pocos días, el capitán general de Cracovia, ordenó una gran redada para detener a cualquier sospechoso y enviarlos a los campos de concentración, tratando de evitar otro levantamiento similar. Karol era consciente de que figuraba en las listas de la GESTAPO, los compañeros de la fábrica le enviaron un mensaje urgente para que no fuera a trabajar ya que los nazis le buscaban por todas partes, y su amigo Kulakowski le borró de la nómina para, de ese modo, salvarle la vida. Karol se refugió en su casa y temió lo peor cuando escuchó las sirenas y los coches de la policía alemana por su calle dando la orden de que registraran todas las casas una por una, pronto escuchó las carreras de los soldados alemanes que subían por la escalera  exterior de su casa hacia el piso superior... poco después las pisadas y las voces se alejaron y sonaron los motores de los coches que se marchaban, Karol dedujo que no se habían dado cuenta de que su vivienda, situada en la planta baja, tenía una entrada independiente.

 

       Cuando pasó un tiempo, escuchó unos golpes en la puerta, era el padre Heriadin que venía a llevar a Karol a un lugar más seguro, traía una sotana para él, pues era más difícil que se atrevieran a atacar a un clérigo en plena calle. Se dirigieron a la sede del arzobispado, ya que el arzobispo Sapieha, viendo el cariz que tomaba la situación, había decidido reunir a los seminaristas en el sótano del edificio puesto que sus vidas corrían peligro. Allí, aquel grupo de jóvenes pasó noches de angustia hasta que una mañana de silencio sepulcral, salieron a la calle y no quedaba rastro de la ocupación nazi, un creciente estruendo anunciaba la llegada de las tropas soviéticas, los agotados ciudadanos, saludaban con cierto recelo a los que consideraban sus “libertadores”.

 

       Había terminado la más destructiva de las guerras que la humanidad había conocido, en Polonia, además, se abría una nueva época en la que iban a desaparecer tradiciones y formas de vida, una carencia que abriría un abismo de graves consecuencias. Se calcula que durante los cinco años de ocupación nazi, Polonia perdió más de 1950 sacerdotes, 850 religiosos y 325 religiosas. La nación estaba polarizada, muchos jóvenes idealistas apoyaban el nuevo régimen porque creían que traería justicia y desarrollo económico a Polonia; en cambio, otros muchos ciudadanos, desconfiaban de los “libertadores” al comprobar que tampoco respetaban las libertades más elementales. En cualquier caso, aquel pueblo fervoroso, buscaría innumerables fórmulas de oponerse a aquel régimen que pretendía esclavizarles de nuevo. Con ese espíritu nacía la nueva revista semanal “Tygodnik Powszechny" 2 de ideas claramente opuestas al régimen y en la que colaboraban personalidades del mundo teatral como Tadeusz Kantor, o el preclaro sacerdote Stefan Wyszinski y el seminarista Karol Wojtyla.

 

       Después de cinco años  de duro trabajo, decidió dejar la fábrica de Solvay para dedicarse por entero a sus estudios eclesiásticos. Para sobrevivir, daba clases y participaba en publicaciones clandestinas de ideología católica. A comienzos de 1946, ya parecía claro que el totalitarismo que se había apoderado de Rusia desde 1917 se adueñaba ahora también de Polonia, Karol había sufrido en sus propias carnes como primero el nazismo, y ahora el comunismo, eran regímenes totalitarios que no tenían en cuenta toda la dimensión del hombre, olvidándose de su dignidad y se revelaba con sus escasos medios contra estas ideologías dictatoriales. Sus claras ideas y su mente bien estructurada, que le permitían moverse con facilidad en el complicado estudio de la filosofía, le hacían destacar entre sus compañeros. El arzobispo Sapieha, que necesitaba sacerdotes con buena formación para sustituir a los que había caído en la guerra, decidió de acuerdo con sus profesores y con el propio Karol adelantar su ordenación sacerdotal con el fin de que al año siguiente pudiera ir a doctorarse a Roma. El 1 de noviembre de 1946 en la capilla arzobispal de la sede de Cracovia, se celebró la ordenación de Karol Wojtyla. A la mañana siguiente, en la cripta de San Leonardo de la catedral de Wawel celebraba su primera misa. Karol llegó a Roma con poco equipaje pero con muchísima ilusión por obtener su título de doctorado. El arzobispo de Cracovia, conociendo su atracción por la filosofía tomista, consideró oportuno que estudiase en la Universidad de la orden dominica.. Su misión allí era estudiar y prepararse para su futura labor pastoral en la diócesis de Cracovia, pronto inició, además, su ministerio sacerdotal ayudando en la parroquia de la Garbatella.

 

       Admiraba la calidad de todos sus profesores, pero en especial al padre Garrigou-Lagrange, finalmente, decidió que él dirigiera su tesis, el tema elegido fue “El acto de fe en San Juan de la Cruz”, un tema ya conocido por Karol, pero que le llevó a profundizar en su conocimiento del español. Sus estudios iban al mismo ritmo que su vida de piedad, pero no permanecía aislado del mundo, era un intelectual nato, pero siempre se mantenía en contacto con la realidad y tenía claro que prefería el conocimiento desde la experiencia que a través de los libros.

 

       Llegado el verano, recibió una carta del arzobispo Sapieha en la que le pedía que visitara París, Ámsterdam y Bruselas para conocer los nuevos proyectos pastorales que se realizaban en Europa. Durante aquel viaje Karol pudo comprobar como en los hombres de aquellas sociedades no existía el profundo espíritu religioso que él había visto en la Polonia ocupada por los nazis, a los pocos días sacó la conclusión de que aquella sociedad se apartaba cada vez más de Dios y trataba de aplacar su sed espiritual con bienes materiales. A su vuelta al trabajo se dedicó a terminar su tesis, escrita a lo largo de más de trescientos folios íntegramente en latín. Mereció la máxima calificación, pero no obtuvo el título de doctor debido a que tenía que presentar la tesis impresa y no tenía dinero suficiente para pagarla; fue lo primero que hizo en cuanto regresó a Polonia, conseguir la aprobación de su tesis por la universidad de Cracovia, debía volver puesto que el arzobispo Sapieha le reclamaba para nuevos menesteres.

 

       Tras conseguir la aprobación de su tesis, se dispuso a cumplir el nuevo servicio pastoral que le encomendaban, el arzobispo Sapieha deseaba que aquel sacerdote conociera de cerca la realidad del pueblo polaco y le envió como vicario a un pueblecito situado a doscientos kilómetros de Cracovia llamado Niegowic. Allí se dedicó en particular a los jóvenes que recibían formación religiosa en la parroquia, algo muy común en Polonia; se mostraba muy cercano a todos los feligreses y cada mañana al amanecer oficiaba la primera misa. Se ocupaba al mismo tiempo de tres parroquias cercanas a las que durante el tiempo de invierno tenía que acudir en trineo por los caminos nevados. Pasó un año completo en Niegowic, un destino que el arzobispo consideraba como “preparación pastoral básica”, pero ahora, Sapieha quería que el joven Wojtyla adquiriese también experiencia en una parroquia urbana y decidió enviarle como vicario a la parroquia universitaria de San Florián, donde se movería en un ambiente más culto y más acorde con su preparación. El rector de San Florián era el padre Tadeusz Kurowski, él sería su coadjutor. Entre los fieles de la iglesia abundaban los universitarios y los jóvenes, Wojtyla se entregó de lleno a su nuevo ministerio, pero necesitaba conocer mejor a aquellos jóvenes y pasar más tiempo con ellos, lo que suponía una dura tarea teniendo en cuenta el control asfixiante que la dictadura comunista ejercía sobre los ciudadanos y mucho más sobre los religiosos, ante esta dificultad, decidió apostar por una solución innovadora: las excursiones al aire libre y las actividades deportivas; la experiencia superó todas las expectativas, por motivos de seguridad renunció a vestir la sotana o a llevar cualquier distintivo que le identificara como clérigo. Hacían acampadas, visitas a santuarios marianos, etc. en las que aprovechaba para conocer mejor la mentalidad de aquellos jóvenes. La vida de Karol parecía definitivamente ligada al trabajo pastoral entre los universitarios como vicario de San Florián.

 

       Sin embargo, en una de sus visitas al padre Ignacy Rozicky, su profesor de teología, éste le expuso que no debía mantenerse alejado del estudio ni de la investigación y le propuso un tema muy ambicioso: acercar la teoría de los valores de Max Scheler a la ética cristiana. La investigación sobre el padre de la fenomenología le introdujo de nuevo en el trabajo intelectual, lo que le obligó a abandonar el trabajo con los jóvenes para dedicarse por entero a esta nueva tesis que le llevaría a conseguir un doctorado civil, lo que le abriría las puertas de la universidad, donde dominaban ahora los catedráticos marxistas. A pesar de tener mucho trabajo, aún sacaba tiempo para escribir, en esta misma época concluyó dos obras de teatro dramáticas y la revista “Tygodnik Powszechny” le publicaba varios poemas con el pseudónimo de Andrzej Jawien.

 

       Corría el año 1950 y Wojtyla realizaba una de sus últimas salidas con el grupo de jóvenes con motivo de la celebración por la proclamación papal, por parte de Pío XII, del dogma de la Asunción de la Virgen. Para un sacerdote en Polonia era muy complicado seguir los estudios de doctorado en una universidad civil, puesto que contaba con la oposición de los catedráticos comunistas que temían que los religiosos tratasen de difundir sus ideas. El 23 de julio de 1951, cuando Karol pensaba que ya había superado todas las dificultades, fallecía el cardenal Sapieha, tres días después llegaban a Cracovia clérigos y laicos de todo el país para despedir al querido cardenal en una ceremonia presidida por el ya cardenal de Varsovia Stephan Wyszinski.

 

       En cuanto Eugeniusz Baziak fue nombrado arzobispo de Cracovia no dudó en llamar a Karol para pedirle que abandonara la parroquia de San Florián y se dedicara en exclusiva al estudio. Su antiguo profesor de teología, el padre Rozicky, le ofreció una tranquila habitación en su casa, la nueva actividad exigía algunos retoques en su horario diario, Karol se levantaba muy pronto, al alba iba a decir misa y el resto del día lo dedicaba a la investigación, la escritura, la asistencia a las clases y durante dos horas, al confesionario. Durante dos años mantuvo sin apenas variaciones este horario. El trabajo que se le proponía era el de investigar si el sistema creado por Scheler era adecuado para interpretar la ética cristiana y, si este era el caso, en qué medida debía hacerse. El 12 de diciembre de 1953 presentaba su tesis titulada “Posibilidades de estructuración de una ética cristiana sobre el sistema de Max Scheler”. El trabajo obtuvo la máxima calificación pero no se le concedió el título de doctor, ya que las autoridades comunistas no querían que entrara a formar parte del claustro de profesores.

 

       En marzo de aquel mismo año había muerto Stalin y se iniciaba con Kruschev lo que para algunos analistas occidentales era una época de “deshielo”, sin embargo, en Polonia se consideraba a la Iglesia como una temible y peligrosa fuerza social y se buscó el modo de acabar con ella o, al menos, debilitarla lo más posible. La primera medida fue detener al cardenal primado Stephan Wyszinski y desterrar o detener a varios obispos más, entre ellos, Monseñor Baziac, arzobispo de Cracovia. Siguiendo con su política represiva, pocas semanas después de que Karol obtuviera su doctorado, a comienzos del año 1954, era clausurada la facultad de Teología de Cracovia. En cualquier caso, el prestigio del “profesor” Wojtyla iba en aumento hasta el punto de que el dominico M. Krapiec, profesor de la Universidad Libre de Lublin – la única universidad católica del mundo soviético – le invitó a pronunciar allí una serie de conferencias. Sus intervenciones sorprendieron positivamente a profesores y alumnos por la profundidad de sus planteamientos. Wojtyla exponía claramente su pensamiento sin dar complicados rodeos a sus explicaciones y no ocultaba en ningún momento sus ideas cristianas sin importarle el hecho de poder despertar sospechas, el doctor Wojtyla utilizaba una técnica inteligente, en vez de referirse al ateísmo marxista, se ceñía a la peor de las consecuencias de su ideología: la falta de libertad a la que el hombre quedaba sometido, así pues, no dejó de sentir las limitaciones y vejaciones que el régimen soviético infligía a los polacos.

 

       El rector de la Universidad de Lublin le ofreció a finales del año 1956 la dirección del departamento de Ética Filosófica, el régimen había intentado asfixiar a la universidad negándole las subvenciones económicas, pero los polacos la mantuvieron abierta gracias a los donativos privados. El doctor Wojtyla comenzaba así su carrera como catedrático, tenía treinta y seis años y su ímpetu superaba los esfuerzos que le exigía la actividad docente: siguió viviendo en Cracovia, pero pasaba dos días a la semana en Lublin para dar sus clases, una vez que terminaba, recorría los 340 kilómetros que separaban ambas ciudades en incómodos trenes nocturnos, llegando a Cracovia a las seis de la mañana tras doce horas de viaje para celebrar la misa a primera hora y confesar luego. Al terminar, volvía a la universidad para continuar sus estudios. Cuando tenía algún hueco libre, seguía manteniendo reuniones periódicas con jóvenes o con otros colegas de estudios y tampoco olvidaba su afición por el deporte y las actividades al aire libre. Las clases le permitían volver a estar en contacto con los jóvenes, de quienes tanto aprendía. Sus enseñanzas no terminaban en las clases, que solían prolongarse en tertulias alrededor de una mesa para tomar una taza de té, repasando cuestiones filosóficas o temas relacionados con la literatura o la moral.

1 Carta de trabajo que daban las autoridades nazis a aquellos que tuvieran un empleo “útil y permanente”
2 El título del semanal se traduce como “Semanario universal”

 
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