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Escrito por Luís Pernía   
sábado, 30 de enero de 2010

Haití irredento

 

El Haití espectral que ahora se exhibe en las pantallas de cristal líquido es el mismo de siempre: 400 dólares de ingreso anual per cápita, más de nueve millones de habitantes sobre una superficie de apenas 27,000 kilómetros cuadrados, 50 por ciento de analfabetismo, y una derecha presocrática empeñada en brutalizar a quien se atreva a intentar cambiar las cosas. “Haití y sus  pecados“como dice Eduardo Galeano.

 

Hundido en la pobreza extrema y considerado en muchos foros país inviable, Haití es, más allá de males propios, el producto de años de intervencionismo militar. Estados Unidos lo tuvo bajo la bota de su imperio desde 1915 hasta 1934. No parecía ese un destino muy justo para un país que Francia había inventado como fábrica de esclavos desde el año 1697, tras arrebatarle a España parte del territorio colonial de la isla La Española, y que en una gesta sin precedentes había sido liberado gracias a una guerra liderada por dos esclavos, que terminaron derrotando a los franceses el 1 de enero de 1804, el año de su precoz independencia. Esos dos Espartacos exitosos, esos dos gigantes de la epopeya anticolonial en el Caribe, se llamaron Toussaint-Louverture, que moriría en Francia vejado y torturado, y su discípulo Jean Jacques Dessalines, que aplastó a las tropas imperiales francesas en la decisiva batalla de Vertierres.

 

Quizá los problemas de Haití empezaron, como dice el columnista César Hildebrandt, ”cuando Dessalines, el primer guerrillero heroico de América Latina, se proclamó, para sorpresa de muchos, emperador”. La trayectoria circular pudo empezar en ese momento. Papá Doc, esa bestia sanguinaria y rapaz que se proclamó “Presidente Vitalicio” a partir de su elección en 1957, fue un ahijado de Washington. Y lo fue también su hijito y sucesor Jean Claude, el llamado Baby Doc. Cuando eso ya no pudo sostenerse, entonces vinieron las elecciones supervisadas internacionalmente. Y cuando las elecciones encumbraron a Jean Bertrand Aristide, un curita respondón y de izquierdas, entonces Washington frunció el ceño. Pero Aristide no hizo mucho por justificar su fama de cura salesiano expulsado de la Orden por subversivo. De modo que Washington lo toleró. Lo toleró tanto que hasta ayudó a reponerlo en la silla presidencial tras haber sido depuesto por el golpe del general Raoul Cédras. Fue en el segundo mandato constitucional de Aristide cuando las cosas se pusieron feas. Aristide restableció relaciones con Cuba, se acercó a la Venezuela de Chávez y propuso algunas tímidas reformas. Estados Unidos respondió como siempre, aunque esta vez el golpe de Estado fue encubierto y tuvo una pincelada de sofisticación: en febrero del 2004 Aristide se vio obligado “a renunciar a su cargo” y fue embarcado en un avión bajo la vigilancia de una misión multinacional. Se exilió en la República Centroafricana y, más tarde, en Sudáfrica. Hace unos días Aristide, lamentando la tragedia de su país por lo del terremoto, reiteró lo que todos sabíamos: que Estados Unidos estuvo detrás de su derrocamiento y que aquella “renuncia” fue una farsa. A Haití no  ha sido destruido por un terremoto, sino su estado de cataclismo  institucional, su historia de intervencionismo exterior, la indiferencia de la comunidad internacional y nuestros olvidos.

 

Y ¿qué decir ante este evento que parece haber removido nuestra mala conciencia?

 

En primer lugar es una evidencia que las catástrofes naturales no son tales en los países ricos o minimamente organizados como es el caso de Cuba donde los ciclones nunca dejan el mismo número de muertos que en los países de Centroamérica. Ese dólar diario del ciudadano haitiano que constituye todo su haber hay que emplearlo para no morir de hambre y por  tanto es insuficiente para prevenir la furia de la naturaleza.

 

Por otro lado el terremoto que arrasó Puerto Príncipe el 12 de enero pasado ha ofrecido una pretexto inmejorable para justificar la enésima invasión y ocupación militar del Haití, ya ocupado desde 2004. Para EEUU la catástrofe de Haití es una situación estratégica, no por la amenaza que representaría un posible estallido social para su sistema de seguridad, sino por la ubicación estratégica que reviste el país devastado dentro de su dispositivo imperial de control y dominio en América Central y el Caribe. La decisión de Washington de desplegar unidades y tropas especiales y una flota nuclear (invocando "ayuda humanitaria") implica una virtual ocupación militar de Haití, entre cuyos objetivos hay uno que sobresale nítidamente: reemplazar a los Cascos Azules de la ONU y constituirse en única autoridad militar con un control directo sobre el gobierno de Haití. En otro juego de piezas EEUU (utilizando Haití) busca afianzar su hegemonía de potencia nuclear en el Caribe y en Centroamérica con la vista fija en un objetivo: Chavez y su alianza estratégica militar con el eje Rusia-China-Irán. Las fricciones diplomáticas con otros países, especialmente Brasil, que está al mando de las tropas de la ONU en Haití, no tardaron en manifestarse, lo que parece indicar también que la “misión” norteamericana en Haití va mucho más allá de lo puramente humanitario; otro tanto se puede decir de los problemas con los aviones de Médicos Sin Fronteras.

 

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud. Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”.

 

En un lugar de la frontera donde empieza la República Dominicana y termina Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal pasó. ¿Hasta cuando durará ese mal?

 

Luis Pernía Ibáñez, es miembro de ASPA.

 
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