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Historia: Los orígenes del Mundo Helenístico Imprimir E-Mail
Escrito por Álvaro J. Navarro   
sábado, 30 de enero de 2010

Los orígenes del Mundo Helenístico



Tras las guerras de los Diácodos (321- 301 a.C.) y los sucesivos repartos territoriales, el imperio alejandrino acabaría escindiéndose en tres grandes estados territoriales con sus respectivas capitales; el macedón, con Pella como capital; el asiático, con capital en Seleucia; y el egipcio, capital, Alejandría. La estructura de estos Estados será similar a la del Estado Romano, bien porque éste último respondiera de una misma forma a unas mismas necesidades o bien por simple imitación. Como ejemplo paradigmático de esto que estamos comentando pondremos al Egipto Ptolemaico.

A menudo dinastas asiáticos y egipcios aspiraron a controlar el trono macedonio, lo que trajo consigo en estado de beligerancia casi permanente. Dos razones se tornan como fundamentales para que se produjera este fenómeno: por un lado, el común origen greco-macedonio de los seléucidas-asiáticos y de los lágidas-egipcios (además, por supuesto, de los antigónidas-macedonios), como descendientes en segundo o tercera generación de los “generales” de Alejandro. Por otro lado, los continuos intentos por llegar al trono de seléucidas y lágidas también respondía a la consideración por parte de la mentalidad de la época de Grecia como símbolo de la más alta civilización conocida.

Al trono macedonio llegó en el 277 Antígono Gonatas, representante de una nueva dinastía, y que rodeándose en su corte de Pella con un importante círculo de intelectuales griegos, le fue fácil y rápido ser reconocido como heguemon de las dos Ligas o federaciones de ciudades en torno a las cuales estaban alineadas las ciudades griegas, la Liga Etolia y la Aquea, conforme a su ubicación al norte o al sur del golfo de Corinto. No contento con ello, estableció guarniciones griegas en Corinto, Calcis y Atenas, para alejar así la tradicional influencia que sobre Grecia tenían los Ptolomeos o lágidas.

Durante la segunda mitad del siglo III a.C., Macedonia tuvo que afrontar una serie de guerras intermitentes que mostraban que su hegemonía estaba constantemente puesta en entredicho no sólo por sus dinastías rivales, sino también por las propias ciudades griegas,    llegando incluso a colaborar algunas de ellas a favor de seléucidas o egipcios en pro de sus propios intereses, en una feroz competencia por ser la mejor entre las polis.

Finalmente en el 215, la arbitraria adhesión de Filipo V a Aníbal, dio la ocasión a Roma para intervenir directamente en la política exterior macedonia, desencadenándose la llamada “guerra de Iliria” (214-205 a.C.) en disputa de la posterior provincia romana de Dalmatia. Así comenzaba la expansión hacia el Este de Roma.


Asia helenística, que se tornará en el llamado “imperio” seléucida,  se organizaba sobre la base territorial y administrativa del antiguo imperio persa. Poco después de su formación, comenzará un proceso de independización de diferentes zonas del mismo: las satrapías extremo-orientales, Sogdiana, Bactria, India; Bitinia y Ponto, a principios del s. III a.C.; Capadocia y Partia, a mediados del mismo. También en el 261 se constituyó el reino de Pérgamo, que acabaría arrebatando a los seléucidas las satrapías extremo-occidentales.

Aún así, el imperio seléucida dominaba un gran territorio, habitado por grupos de población de etnias, culturas e instituciones muy diferentes. El núcleo más denso estaba en las regiones de Mesopotamia y Siria, en torno a Seleucia y Antioquia. Entre el litoral del Egeo y el Valle del Indo destacaban: nómadas indoeuropeo, hacia el Este; semitas, hacia el Sur; e indígenas semihelenizados hacia el Oeste. Desde el punto de vista político, encontramos la misma heterogeneidad, desde poléis griegas, comunidades indígenas con dinastías locales “delegadas” del soberano helenístico, e incluso sociedades tribales de estructura política preestatal.

 

A esta diversidad se superponía una estructura administrativa basada, como hemos mencionado, en las “satrapías” o provincias, bajo la autoridad de un sátrapa-gobernador, con poderes civiles y militares y responsable únicamente ante el monarca. Cabe destacar, por último, que el fundamento de esta realeza no era el origen divino de los reyes, como entre macedonios y egipcios, sino los derechos de conquista. Aunque también hay que decir que este imperio no se hubiera mantenido por la vía de la represión sino se hubieran puesto también en práctica otras fórmulas compulsatorias, como las confiscaciones, expropiaciones, botines, etc., que ayudaban a sanear las arcas del Tesoro.

En cuanto a la región indo-irania, las diferencias étnicas, lingüísticas e institucionales entre el elemento greco-macedonio dirigente y las poblaciones sometidas fueron particularmente notorias en las satrapías extremo-orientales, hasta el punto de que su control resultó difícil y costoso. Por ello, resulta fácil entender como pronto estas regiones tendieron a la secesión.
A mediados del siglo III, la secesión de Andrágoras, sátrapa de Partia e Hircania, constituyó un precedente para sus colegas iranios. Hacia el 240 Didoto de Bactriana, también se independizaría, formándose una dinastía greco-bactriana, que a finales del siglo ya controlaban todos los territorios del arco iranio oriental. Por último, al parecer, pocos años después, el reino parece que se dividió entre un reino indio al Este, y otro Bactriano hacia el Oeste, separados por las vertientes del Hindu Kush.

El reino de Pérgamo se constituyó formalmente en el 261 por Eumenes I, pero su verdadero impulso ocurriría durante el reinado de su sucesor Atalo I, que encabeza la llamada “dinastía atálida”. La hábil política de relaciones diplomáticas que desrrollaron los atálidas permitieron el aumento considerable del reino a costa de las ciudades vecinas.
Se convertiría en un Impero con la intervención romana en Oriente, cuando el Senado prefirió mantener la alianza con los pergamenos a su anexión, dándoles los territorios anexos que Roma había conquistado. Así, Pérgamo llegó a controlar casi todas las satrapías seléucidas de Asia Menor. En el 133 a.C., a la muerte de Atalo III, Roma recibió el legado de su reino, no haciendo otra cosa de que recuperar los territorios que el Senado había donado a su predecesor.


El Egipto Ptolemaico tiene su comienzo en el 305, cuando Ptolomeo I se convirtió en el primer rey de la dinastía lágida. La frágil constitución de los estados, así como una enérgica política expansionista permitieron a Egipto dominar un territorio incluso mayor que el controlado por los faraones de la época ramésida. Se llegó a controlar el corredor Sirio-palestino, gran parte del Levante mediterráneo y algunas islas del Egeo. Pero estas zonas estuvieron en constante conflictividad y su dominio fue más consecuencia de la fuerza del monarca de turno que las controló que de otra cosa, pues cada uno ampliaba su territorio mientras que no fuera frenado por sus rivales. Este interés mutuo por estas zonas, no obedeció a razones militares como sí a económicas, pues estas zonas eran importante puntos de grandes rutas comerciales.


Los continuos enfrentamientos entre las dinastías helénicas concluyeron con la intervención militar romana prestado a los egipcios y en contra de Antíoco IV. La ayuda prestada se tradujo pronto en una especie de “tutela” romana sobre la corte ptolemaica, que se mantuvo al margen de la política expansionista de Roma durante más de un siglo. En estas condiciones, la independencia de Egipto era algo testimonial y formal, casi un siglo antes de que César visitara Alejandría en 48/47 a.C. o que Octavio, tras la derrota en Accio de Marco Antonio y Cleopatra VII, decidiera convertirla en provincia romana, en el 30 a.C., quedando finalmente todo el ámbito helenístico anexionado ya a Roma.

Por último, también destacar al Egipto Ptolemaico como ejemplo paradigmático de estructuración organizativa estatal de un Estado Helenístico, que tendrá gran similitud a la estructura que utilizará Roma como forma de organización de Estado.

 
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