|
Adán y Jeva
En la noche del 6 de julio de 1876, Santiago ardía a la espera de su carnaval entre charcos de ron y danzas callejeras. En un tenderete de la calle baja de la Trinidad se apiñaba la gente ante un monigote de ojos saltones y pómulos granates que, por primera vez, se exhibía allí con el nombre artístico de Angelito El Vidente.
Dos eran los motivos del revuelo: la curiosidad por saber si se trataba de un títere o de un ser de carne y hueso; el increíble don del personaje para revelar detalles de la vida de cualquiera con una precisión escalofriante.
La joven Loreis Vroo pasó en el momento en que cierto individuo amenazaba con quemar el tenderete si no le leían el futuro. Hubo quien retrocedió asustado. La muchacha se acercó movida por un extraño presentimiento. A la luz de candiles de aceite el muñeco habló al matón con voz hueca y movimientos torpes. El silencio del público fue inmediato.
—Comandante Verem, —empezó diciendo—, así se presenta y así le gusta que le llamen. De todos conocido por su intrepidez en el ejército, por su valentía en el campo de batalla, por sus medallas, lo que le ha valido fama, reconocimiento y matrimonio con una hermosa mujer…
Muy ufano, el matón miró alrededor antes de precisarle al muñeco que eso ya lo sabía todo el mundo, pero lo que ahora le urgía era conocer su futuro.
—Bien —dijo éste—, pero el futuro depende siempre de la verdad del pasado, y la verdad es que, más que Comandante Verem, usted debería darse a conocer por Veremundo López, pues así le pusieron al nacer…
Al oír aquello, al individuo se le abrieron los ojos como si le escocieran por el humo. Angelito prosiguió:
—En el ejército no pasó de cabo, y sus colegas le decían Veremundo Cagaleras por la descomposición que solía entrarle en los momentos de batalla. Su verdadero oficio es mayorista de carbón, y en cuanto al futuro, lo tiene bastante negro.
El tal Veremundo, fuera de sí, tomó una tea para prenderle fuego a los cuatro trapos que constituían el escenario. Pero Angelito que, como buen futurólogo sabía ya sus intenciones, se adelantó:
—Por cierto, en este preciso instante y aprovechando su ausencia, su hermosísima mujer está a punto de pegarle los tarros con un mulato del barrio llamado Ladislao El Veloz.
El pánico se hizo visible en el rostro del tipo, quien después de lanzar un grito de arranque salió disparado como una liebre.
Aprovechando el revuelo general, la joven Loreis se abrió paso hasta llegar ante el muñeco y depositó en el platillo una gran moneda de plata. Quería preguntar algo rápido, pero no le salían las palabras. Compadecido, Angelito El Vidente le tendió la mano, una mano tan pequeña y cálida como la de un recién nacido. Y la miró con aquellos ojos saltones, que aún nadie sabía si eran de cartón o de carne.
—Buenas noches, Loreisita —le dijo.
La muchacha se estremeció.
—No te asustes. Como comprenderás, un buen vidente debe saberlo todo. No conociste a tus padres, tenías meses cuando murieron en el terremoto de 1852.
Nunca has dejado de sentirte sola. Llevas demasiado tiempo esperando, pero ignoras a quién. Hay un hombre que te busca a ti. Tampoco él sabe quién eres.
—¿A mí?…
—Sí, el Capitán Adventus. Viene de muy lejos, no te olvides de esperarle. Cualquiera de estos días su barco atracará en el puerto. Un velero llamado…
Pero a la muchacha no le dio tiempo a oírlo porque en ese preciso instante fue como si el cielo se viniera abajo. Un terrible aguacero empezó a descargar, con tal arrebato, que en pocos segundos barrió las calles hasta dejarlas sin un alma.
Loreis Vroo llegó a su casa empapada, con los bajos del vestido llenos de fango. Al meter la llave en la cerradura, gracias a la llama del zaguán, descubrió una inmensa tatagua en lo alto de la pared, una de esas mariposas gigantes que según el color de sus alas anuncian visitas de buen o mal augurio. Ésta era como de terciopelo negro. Asustada, prendió un quinqué antes de echar los cerrojos de la puerta. La noche era agobiante por el exceso de calor y humedad. No tardó en meterse en la cama. En sueños vio el velero que le había descrito Angelito navegando por un mar de espumas, un barco de casco rubio y velas negras, como un tablero de ajedrez desordenado por los vientos. Su nombre era Dulce María.
Al otro día se levantó temprano. Lo primero fue acercarse a la calle baja de la Trinidad. No quedaba rastro de escenario ni de tenderetes. La lluvia había arramblado con todo. Volvió al caer la noche. Ni un alma. Entre el vecindario estuvo preguntando si alguien tenía noticias de Angelito El Vidente, pero nadie había oído hablar jamás de tal personaje. Temió haber sido víctima de un sueño, eso querría decir que el destino se reía una vez más de ella. Ante la duda cogió la costumbre de ir todas las mañanas a curiosear entre los barcos que llegaban a puerto, aunque ninguno tuviera velas negras ni llevase por nombre Dulce María.
Acto seguido tomaba una embarcación hasta Cayo Smith, islote al otro lado de la bahía. Allí paraba la mujer que se había encargado de ella a la muerte de sus padres, una antigua esclava de la familia a quien todos llamaban Jeva, por llamarla de algún modo, ya que ni ella misma conocía su nombre. La negra Jeva, ojos amarillo melancólico y bemba rojo zapote, rozaba el metro noventa de estatura, era imponente como una ceiba y agria como un tamarindo, pero tenía el corazón de oro. Llevaba tiempo amancebada con Adán, un santiaguero de origen español, amanerado y breve, con especial habilidad para el arte culinario. Juntos regentaban una de esas casas de madera, a pie de agua, a la que se podía ir a comer a cualquier hora del día o de la noche, o a curarse de dolencias y mal de ojo, y todo ello a precio ajustadísimo.
En letras celestes figuraba el nombre del establecimiento: El EDÉNICO. Allí nadie entendía de recetas; en cada plato se inventaba la cocina. A cualquier condumio de carne o de pescado, de frijol negro o harina de maíz criolla, se añadían potingues de curandería, divinas mezcolanzas para satisfacer el cuerpo y acariciar el alma: cocimiento de mata pendejera —considerado como el gran desinfectante de la vida—, hojitas de cundeamor, semillas de caguajara, cocimientos de cáscara de yaya blanca, de raíz de jiba, de palma real, de túa-túa, de cañasanta o cañalimón; baba de guásima, jarabe de tripa de güira y miel, palo brasilete hervido…
Loreisita era feliz poniendo orden en aquel desparramo de raíces, frutos engurruñados, hojas, simientes. Una vez todo dispuesto en frascos les plantaba nombres que sólo ella podía leer. Otras veces prefería pasar las horas con Jeva ideando postres.
Entre los clientes más asiduos de la casa figuraba D. Jorge Pri Rey, profesor de origen gallego que, después de vivir años de exilio en París e impartir ciencia en La Sorbona, había emigrado a Santiago en busca de horizontes más cálidos y turgentes. Varias veces por semana cruzaba la bahía para atiborrarse en EL EDÉNICO y poner remedio a picazones, sinusitis, artrosis y mal genio. La originalidad de Adán y Jeva (para muchos un pecado) de hermanar ingredientes curativos y culinarios, le parecía tan prodigiosa como cruzar un papagayo con una paloma mensajera, el ave resultante no sólo sería capaz de llevar el mensaje sino de decirlo de viva voz.
Después de comer en EL EDÉNICO, y como para olvidar un pasado de ingratitudes y lluvias, D. Jorge Pri Rey soltaba las amarras del sueño desde una de esas hamacas dormilonas, la mirada por encima de los espejuelos en cualquier horizonte descotado, y una frase flotándole en los labios: Los senos son sauna sana si en el Sena no sana la sinusitis…
Cierto día el profesor comentó a Adán la extraña dolencia contraída por su amigo Guillermo en un país al otro lado del mundo. Ninguno de los médicos consultados había podido ayudarle. Coincidiendo con que en las próximas semanas visitaría la Isla, deseaba hacer por él cuanto estuviese en sus manos.
El cocinero le preguntó por los síntomas exactos del enfermo y luego se puso a dar vueltas a un mejunje que tenía en el fuego. Al rato empezó a hablar entre dientes:
—Alacrancillo, brótano, agrimonia, marpacífico blanco…, quimbombó para el cólico seco…, guaguasí para el empacho y la sífilis…, mangle rojo para la gonorrea…
El profesor le interrumpió:
—¿Cree que hay esperanzas?
—Claro, claro que las hay —repuso él distraído—, por lo que usted describe pueden ser dos cosas: o tiene comején en la azotea o es un problema de impotencia y a su amigo le cuesta confesarlo.
—¿Impotencia?…
—Es un suponer —observó Adán alzando las cejas—, pero imagínese que haya perdido firmeza en la caoba.
—¿Y bien?…
—Se podría aplicar una guataplasma de boniato cocido en el miembro, o incluso un frotamiento de guano hediondo, pero lo más seguro es echar mano al garañón, una matica que también se llama parapinga, de la que hay que tomar tres cocimientos al día.
—¿Y será operativo?
—Ya lo dicen los versitos —argumentó Adán antes de ponerse a recitar con voz de trueno—:
Para curar la impotencia
suele usarse garañón;
un viejo queda al instante
con la fuerza de un león,
y a la vieja que lo aguante
puede darle un titingó:
a la vejez de las viejas
no hay quien le dé curación…
—¿Y será cierto todo eso?
—Mire, entre nosotros, a mí me pasó una vez y fui a ver a la Madama, que así es como le decían a la vieja, y ella me examinó el cuadro espiritual, entonces cogió un huevo de pato, lo batió bien en un tazón, le echó un preparo de aguardiente y ajo y me lo dio con cocimiento de garañón. Aquello estaba pal coño e su madre. Después me dijo que lo tomara tres veces al día. Yo lo hice y, ya puede preguntarle a Jeva, me puse como el león de los versitos.
—Todo eso está muy bien, Adán —añadió el profesor mirándolo de arriba abajo—, pero ¿y si es otra cosa?
—Yo creo que a su amigo lo que le hace falta es dar espuela. Pero, bueno, tráigalo pacá y yo resuelvo.
—Eso es difícil, el amigo Van Der Voort es de los que no creen en nada.
—¿Cómo dice que se llama?
—Van Der Voort, Guillermo Van Der Voort.
—¡Alabao!… Reconozca que es un nombre de lo más raro.
—Lo reconozco, pero es holandés.
—Puede que lo sea pero, llamándose así no me extraña que haya enfermado. En fin, usted lo trae y yo me encargo de meterle garañón en un vaso de guarapo. Ya verá si se entona.
Agradecido, el profesor quedó en fijar el día. Adán aprovechó a su vez para pedirle consejo. Jeva no conciliaba el sueño a cuenta de Loreisita. Aparte de las horas que la muchacha pasaba en Cayo Smith, el resto del tiempo se quedaba encerrada en su casa de Santiago devorando libros o tocando el piano. ¿Qué se podía hacer para encontrarle un marido en condiciones?
El profesor dio palabra de consultarlo con Milagritos, su esposa, una joven y hermosa santiaguera que siempre encontraba solución a todo.
Días después llegaba D. Jorge Pri Rey a Cayo Smith para proponerle a Loreis Vroo la educación musical de petit Georges, su hijo. A ella le pilló tan desprevenida que no encontró argumentos para negarse.
El matrimonio vivía en una casa solariega próxima a la plaza Dolores. Loreis se presentó a primera hora. Hechas las presentaciones conversaron en torno a una taza de café. Luego la joven interpretó algunas piezas al piano ante los inquietos ojos del pequeño, que no paraba de preguntar: ¿C’est quoi çaaa?… Milagritos dijo que nunca había visto a una muchacha tan bella y bien educada, y sugirió que las lecciones empezaran al día siguiente.
Y así fue como Loreisita no tuvo más remedio que dejar de ir al puerto para consagrarse al futuro musical de petit Georges. La clase duraba hasta las once y media, hora en que la joven atravesaba la ciudad en calesa para tomar el barco a Cayo Smith, donde permanecía hasta caída la tarde.
Cierta mañana, al llegar, vio un carruaje parado ante la casa. El cochero alzó el sombrero marrón de media copa para saludarla. Aún no había llamado a la campanilla cuando se abrió la puerta. Milagritos salía a despedir a su marido que iba a Dos Caminos a resolver un asunto. El niño se había encaprichado en ir con él, así es que hoy no podrían dar la clase. Loreis no vio inconveniente, desayunaría con ella y después iría a caminar un rato. Petit Georges hizo una de sus muecas de payaso y les tiró un beso con la mano. Antes de subir al pescante junto al cochero, éste le dijo que se llenara los bolsillos de piedras para no salir volando. Su padre se puso en la parte trasera, donde le aguardaba el amigo Van Der Voort, que desde hacía poco estaba en Santiago. Las damas mantuvieron el brazo en alto hasta que los caballos echaron a andar.
Loreisita aprovechó la mañana para comprar libros y partituras y acercarse al puerto. Al entrar al muelle notó un fuerte olor a brea y a aceite de pescado que casi la hizo sentirse culpable por los días de ausencia. Algunos barcos hacían sonar sus sirenas para despedirse; otros descargaban mercancías y animales que los porteadores iban amontonando en los muelles. En medio de tanto desbarajuste, la joven se abría paso para leer el nombre en cada proa. Apenas se extrañaba de no encontrar entre ellas el velero de sus sueños.
Ya iba a marcharse cuando se le ocurrió abordar a un marinero viejo. Sin más preámbulos le preguntó por el Dulce María. El hombre le dijo que ese barco acababa de levar anclas aquella misma mañana, y que éste había sido su último viaje, y que el Capitán Adventus así lo había decidido, y que ya nunca más volvería por estas aguas, y que si se daba prisa aún lo vería alejarse…
Atolondrada, Loreisita echó a correr lanzando la mirada a través de un laberinto de mástiles y cuerdas, hasta que por fin divisó el castillo del Morro y, mucho más allá, un rastro de velas negras que se perdía en el horizonte. La angustia le oprimió la garganta. Entornó los ojos muchas veces, hasta que llegó a dudar si las velas eran realmente negras: tras el aluvión de lágrimas parecían de otro color.
Mientras la muchacha cruzaba la bahía en dirección a Cayo Smith, con el alma hecha jirones, el carruaje del profesor galopaba hacia Dos Caminos, una aldea a varias leguas de Santiago donde les esperaba una experiencia inolvidable. En su afán de demostrar a Guillermo que aún quedaban cosas por ver y remedios a sus padecimientos, D. Jorge había organizado allí una oscura ceremonia de brujería.
El holandés le escuchaba sonriente. Se conocían desde los diecinueve años y habían pasado otros diecinueve. Entre sorbo y sorbo de coñac le agradecía tanta solicitud, pero a estas alturas estaba resignado a todo. Otras veces, su escéptica mirada huía por la ventanilla hacia un horizonte de extensiones verdes y palmas reales, donde la vida parecía manar a borbotones.
El cochero chasqueaba el látigo para que los animales no se durmieran en las cuestas. Junto a él, atento a cada minucia del paisaje, iba petit Georges repitiendo siempre lo mismo: ¿C’est quoi çaaa?… Y dejaba caer la frase como si le doliera la última sílaba.
Con una afonía crónica, producto de griterías y polvaredas, el cochero respondía: Mango toledo —mijito—, mango bizcochuelo, flamboyant, guanajos, auras tiñosas… Y le sugería que tirara piedras al culiacán de los caballos, a ver si llegaban antes y concluía el interrogatorio.
A la entrada de Dos Caminos pararon ante una fuente para abrevar a los caballos. Al bajar del carruaje, Van Der Voort apenas se tenía de pie. Entre D. Jorge y el cochero lo sujetaron. Petit Georges lo miraba con miedo, nunca había visto a alguien tan alto y rubicundo, ni con ojos del color del agualimón. A través de los matojales recalaron en una de esas cabañas de madera con techo de guano. Al fondo había un cuartucho lleno de imágenes y velas encendidas donde sentaron al enfermo.
Al instante se fue oscureciendo el cielo, luego hubo goterones, luego viento, luego se dejó venir la tormenta. Entonces empezaron a entrar negros descamisados con las carnes mojadas por la lluvia. Mujeres de pañuelo atado a la cabeza arrastraban por las orejas a un chivo asustado. El primer retumbo de tambores sobresaltó a Van Der Voort. Entre todos lo pusieron de pie. Un negro joven, de bigote minucioso, se plantó delante y lo miró sereno. Era el brujo. Le pasó una rama por el cuerpo y, tras asperjarlo de esencias, inició un canto:
¡Ay!…
Blanco que me dé la mano
Tiene que ser blanco fino,
Negro que me dé la mano
Tiene que ser mayumbero,
Como yo…
El resto de gargantas corearon desiguales. El brujo se puso a dar soplidos de culebra hasta caer en trance. Van Der Voort se tambaleaba entre bocanadas de humo y buchadas de alcohol. Una de las mujeres prefirió sacar a petit Georges. Estaban a punto de degollar al chivo. El animal no paraba de patalear bajo el sudor de tantas manos. Cuando el hechicero posó las suyas, quedó inmóvil. A una serie de caricias siguió el tajo del machete en la papada. El pánico le brilló en los ojos durante el tiempo que estuvo desangrándose en una palangana. Luego, en cuestión de segundos, fue troceado y metido en dicho recipiente.
A través de una rendija, petit Georges seguía los pasos de la ceremonia. Vio cómo el brujo bebía con ansia aquel amasijo sanguinolento antes de pasárselo al holandés y luego a su padre, y cómo se arrodillaba descalzo hasta tocar la tierra con los labios, y cómo se volvía a incorporar zarandeando el cuerpo, presa de un calambre espantoso, la mirada en ninguna parte. Tan pronto gemía como abrazaba a cualquiera hasta dejarle la ropa llena de sangre.
El rito se prolongó durante horas. Luego las mujeres cocinaron la carne del chivo con arroz y yuca. El holandés no la probó, estaba convencido de que aquellos eran los últimos momentos de su vida y prefería morir con el estómago purificado por el alcohol. D. Jorge, en cambio, no dio tregua a la cuchara. Desde un rincón, los negros más viejos lo miraban comer con ojos de pescado.
Después de volver en sí, el brujo se acercó a Guillermo para entregarle una semilla de cayajabo con la recomendación de que la llevara siempre consigo. Cada noche debería echarle goticas de colonia y el humo de un tabaco. También le dijo que sus ojos habían visto demasiados paisajes, y que ninguno le había serenado el alma, y que por más que se esforzara nunca podría arreglar el desarreglo de este mundo, y que los huracanes de su vida empezaban a quedar atrás…
La tarde caía dulzona. Un último reflejo de sol doraba las copas de las palmas reales, cuyo verde intenso destacaba sobre un resto de cielo aún plomizo. Corría el coche por el frescor de los campos en dirección a Santiago, donde, después de dejar a petit Georges, un barco les esperaba para cruzar a Cayo Smith. Los sobresaltos de Guillermo aún no habían terminado.
Ya de noche, Adán les recibió a las puertas de EL EDÉNICO con los brazos abiertos y el mandil salpicado de boniatillo. El islote entero olía a comida. Mientras hacían las presentaciones, la negra Jeva surgió de la sombra como un buey sonámbulo: Ya está la pailada de tayuyos, Adansito, dijo con su torrente de voz. Adán y el profesor, que no se lo esperaban, brincaron del susto.
El amigo Van Der Voort seguía ausente. Después de los trances vividos a lo largo de la jornada, su estado era lamentable. Le sirvieron una jarra de guarapo fresco como panacea para el muelmo traidol. Mientras se la bebía a pequeños sorbos, Adán y Jeva le miraban fascinados, como si estuvieran ante una especie zoológica en extinción que el gallego se empeñaba en salvar a toda costa.
El brebaje no tardó en surtir efecto. Lo primero fue provocarle la ilusión de un mundo distorsionado: convexas puertas que gemían al abrirse; aposentos más esféricos que planos; manteles rebosantes de viandas que, a la multiplicada luz de candelabros y lunas, deslumbraban como carrozas de carnaval. Lo segundo fue oír un chiquichaque de maracas seguido de arpegios y almibaradas voces. Se trataba de las hermanas Olguita, Dulce y Caruchi, acompañadas por el grandullón Ariosa, el mulato Jordán, el fino de Rufino, y las haitianas Julie y Aurelie. En medio del salón, el chis chas de pies de Laureano San Félix y su novia Tania, se sucedía con esa precisión de compás que exige la música criolla. Los diez artistas componían el grupo Rabo de Alacrán, tan de moda en aquellos años.
Cuando el holandés recuperó el aliento lo que más le sorprendió fue verse ante un inmenso flan prieto —como seno de mulata— que ondulaba por las vibraciones del sarao. En el momento de servirlo, Loreisita no había podido evitar que sobre el caramelo se vertiera una de sus lágrimas. Tampoco Van Der Voort pudo evitar arremeter a cucharadas hasta devorarlo por completo. De repente le salieron todos los colores que tenía perdidos desde hacía tanto tiempo. Como un autómata se levantó de la mesa y tomó entre sus manos las de la muchacha que lo había cocinado. Sin saber cómo ni por qué, aquellos enigmáticos ojos ya se habían apoderado de su alma.
El profesor Pri Rey, a quien no se le iba una, pidió dos minutos de silencio para dar la enhorabuena a cocineros y músicos y, de camino, la bienvenida al paraíso a su gran amigo Guillermo Van Der Voort, conocido en los cinco mares por el nombre de Capitán Adventus.
Tras una sarta de aplausos, el grupo Rabo de Alacrán volvió al son. Loreisita y Guillermo se miraron extrañados. Mientras bailaban, ella le preguntó por qué había venido. Él repuso que no sabía si en busca del amor o de la vida, y que en la noche del 6 de julio, muy lejos de aquí, un vidente con trazas de pelele le había dicho que, tanto una cosa como otra, le esperaba en Santiago, aunque para ello debía renunciar al más antiguo y fiel de sus amores: el velero Dulce María.
Paco de la Rosa
El flan: medio kilo de calabaza espesa, seis cucharadas de harina de Castilla (en los tiempos que corren se puede sustituir por Maizena), litro de leche acabada de ordeñar (o leche Pascual), dos tazas de azúcar prieto, sal, un sorbito de vainilla.
El elixir: goticas de embeleso y rosa blanca para el desvelo, piñón amoroso para la fiebre, jazmín de cinco hojas para el corazón.
El broche: una lágrima de Loreisita.
Receta adaptada al siglo XXI:
Hervir la calabaza. Pasarla por la batidora junto con la leche. Mezclar todo con la Maizena, el azúcar, la vainilla y la puntita de sal. Ponerlo a fuego lento (con amor) durante 25 minutos, hasta que se vuelva un cuerpo dúctil, similar a la natilla. Echar todo en un molde con el caramelo previamente preparado. Una vez frío debe meterse en el frigorífico. Al servirlo se espolvorea de canela. Dado que los ingredientes del elixir y la lágrima de Loreisita no están ya a nuestro alcance, para que surta el efecto primigenio se recomienda la degustación de este flan en momentos de chichisbeo o cordialidad amorosa.
|