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Pepe Sacristán llegó el sábado a Lebrija para poner sobre las tablas al mismo Pablo Picasso. Desde aquí, todo lo que nos contó sobre la obra y sobre el teatro en general.
Voz estentórea, fuerte que se incrusta en el cerebro con capacidad de persuasión tal que a una casi no le quedan neuronas para atender al sinfín de interesantes palabras de un actor, Pepe Sacristán, referente en el cine español desde los años 60. Se complicó la vida casándose y teniendo hijos, pero supo “a las primeras de cambio” que “no tendría problemas para pagar el alquiler” dedicándose a la interpretación. Para Pepe Sacristán, el Teatro es hoy el lugar donde se siente más a gusto, escapando de los maratonianos rodajes y de los fríos polares de la televisión o el cine. Antes de poner sobre las tablas al mismo Picasso, sentados en una de las butacas del Juan Bernabé, compartimos un ameno rato de conversación. En las antípodas de lo lacónico suena un timbre grave que casi provoca un goce místico en los tímpanos.
¿Qué nos cuenta en Un Picasso?
Pues Un Picasso cuenta una historia que pudo ocurrir, y de hecho ocurrió el 24 de octubre del año 41 sobre las tres de la tarde. No tengo datos que corroboren que ese día a esa hora Picasso estuviera siendo sometido al interrogatorio al que se le somete en esta función, pero parte de un hecho que pudo ocurrir, y el acierto del autor ha sido el de tomar a un personaje universalmente conocido como Pablo Picasso y ponerle en frente a un personaje de ficción. A partir de ahí, las referencias, datos, nombres… todo el cierto pero, digamos, la realidad se extrapola, se proyecta, se amplía a reflexiones que tienen que ver por supuesto con la vida de Picasso pero trasladadas a una consideración sobre el odio, la muerte, el poder…
Un material interesante para llevar a escena…
Me pareció una obra que merecía la pena poner en mancha, y lo que cuenta es esto, la confrontación entre dos concepciones del mundo que un principio parecen como muy distanciadas y que luego no lo están tanto… como suele ocurrir a veces en la vida.
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| Sacristán, en una de las butacas del Juan Bernabé, antes de la representación |
En esta obra es usted actor protagonista y director a un mismo tiempo, ¿cómo se lleva eso a la hora de los ensayos? ¿Cómo se dirige uno a sí mismo?
Yo ya tengo unos años en estos y sé más o menos lo que hago. Al leer la función a mí lo que me bastaba saber es que podía contar con el equipo con el que he contado; es decir, luces, vestuarios, decorado, la compañera de viaje [Sonia Castelo]… Y a partir de ahí, el trabajo de director era simplemente como una ampliación del trabajo de actor, no presentaba mayores dificultades. Y en cuanto a mi trabajo de actor ya tengo más o menos una noticia de cómo lo hago y siempre el equipo que me acompaña ha sido el espejo, con lo que no ha habido mayores dificultades.
Viene usted de Utrera, Alcalá, ahora Lebrija… teatros pequeños para un actor que lleva cincuenta años en esto, que ha hecho mucho cine…
Bueno, ¡ya quisieran muchos teatros de Madrid tener el teatro que tenéis en Lebrija! O como el teatro de ayer en Dos Hermanas o el de Utrera…
¿Qué tiene de especial hacer este circuito por los pueblos?
Es muy emocionante. Hay un valor añadido del que uno se da cuenta después de cincuenta años de estar en este negocio y es que el Teatro sea hoy lo que es como fenómeno social; el que núcleos de población más o menos pequeños tienen un lugar como este, un lugar donde la gente acude. Además, la experiencia me parece formidable porque puedo permitirme el lujo de hacer lo que quiero y si no, me quedo en mi casa.
¿Qué busca usted en el Teatro?
Primero disfrutar con lo que hago porque es lo que quiero hacer, y luego, comprobar que es de utilidad, que la gente lo sigue… es la inmediatez, la reciprocidad y la correspondencia entre tu trabajo y el público al que se dirige, con lo que, lejos de ser una incomodidad o un problema, es todo lo contrario. Significa ya a última o penúltima hora, dar un sentido a mi trabajo como actor que tiene que ver con mi condición como ciudadano.
Usted vivió la dictadura franquista sobre las tablas. Hoy que ya se han conquistado las libertades, al menos entre comillas…
¡¿Entre comillas?! ¡No!, ¿no? Esto ya no es lo que era, España ya no tiene nada que ver con lo que era en tiempos de Franco, afortunadamente.
¿Qué sentido es hoy el del Teatro? ¿Qué papel debe jugar?
Yo creo que el teatro, como el resto de artes, la música, la literatura, la pintura… lo que debe perseguir es que quien lo haga, lo haga bien. Por que si no, todo el mensaje sin más, si no va acompañado del buen hacer, se vuelve contra el mensajista, ¿no?... Ahora, uno puede hablar de lo que se le antoje y las únicas limitaciones las marca el mercado.
No le interesan las salmodias…
No soy partidario del didactismo sin más. No me gustan los mensajes, las doctrinas ni nada que se le parezca, y sí de enfrentar unos textos que apasionen, que interesen, que diviertan o que inquieten, o lo que quiera que sea… Y que después, para el espectador, suponga un ejercicio de lectura camino de su casa, pero no partir de una propuesta con enunciados previos. Procuro que todo lo que ocurra en el escenario sea algo que esté vivo y que importe, y que todo aquello que se desprenda del mensaje o contenido sea lo que se desprenda de un buen soporte dramático, no dialéctico o de una intención de proselitismo.
Picasso fue reconocido como un genio en parte por su capacidad de hacer cosas nuevas, de innovar. Pintó el Guernica tras haber pasado por una etapa Azul, por ejemplo… ¿Cómo se innova en la escena?
Bueno, Las señoritas de Avignon por ejemplo, son de un tremendo primitivismo. No creo que Picasso buscara la innovación por la innovación. Él vio ese arte en pinturas africanas por ejemplo. En fin, la innovación por la innovación se acaba a los quince días.
¿Puede agotarse el Teatro?
Yo creo que cuando el hombre toma al hombre como objeto de creación, para pintarle, para interpretarle… eso es inagotable. Las cuestiones de forma son accesorias para mí y yo creo que va a haber un teatro eterno en el que, como decía Luigi Pirandello, “una manta, una pasión, un hombre y una mujer… y no hay nada más que hacer”, y luego, las innovaciones pueden venir, pero pobre de aquel que se apunte a la modificación por la modificación. Picasso demostró desde las primeras de cambio que la forma suya de mirar no pasaba necesariamente por hacerlo de otra manera, sin más, sino por alcanzar una dimensión que sólo los genios podían alcanzar, pero la preocupación por los cambios creo que conduce a un callejón sin salida.
Ya hace tiempo que no se le ve por el cine, ¿por qué?
Lo que me ofrecen no me interesa demasiado y afortunadamente a mi edad puedo elegir. Y es eso, en todo este tiempo que llevo dedicándome sólo al teatro he hecho Cristales rotos, de Arthur Miller, o la Danza Macabra de Strindberg, o El Hombre de la Mancha, My Fair Lady, Muerte de un viajante, Almacenado…
Demasiado como para dejarse llevar sin más por un cine que lo le interese…
Claro, la verdad es que lo que me han propuesto para cine o televisión no me llama mucho la atención. Y luego, otra cosa es que me estoy volviendo bastante vago, y las doce horas de rodaje, de grabación, y los fríos del invierno… El Teatro es para mí ahora el lugar donde más a gusto me encuentro.
¿A qué edad empezó a comer de la interpretación?
Yo empecé en esto en esto hace cincuenta años, como aficionado. Hice el meritoriaje en el año 60, y yo le vi ya la cara a esto pronto… Desde las primeras de cambio yo tuve noticia ya de que podía ganarme la vida viviendo de esto, lo que pasa es que me la compliqué casándome, teniendo hijos…
Y en el 65 hizo usted su primera película La Familia y uno más…
Fue a partir de ahí cuando se me abrió de verdad la puerta y ya comprendí que no había mayor problema para seguir pagando el alquiler y vivir de esto, aunque claro está que habría problemas, como en todo.
¿Qué opina usted sobre el cine español de hoy? ¿Es tan apocalíptico como quienes dicen que se va a pique?
No, no. En absoluto. El cine como el Teatro ha cambiado mucho, ya no tiene nada que ver el concepto actual con lo que se entendía por cine o teatro antes. Ahora puedes ver películas en tu casa, conseguirlas por Internet… La gente no va a las salas, pero las películas se consumen más que nunca…
Algunos dicen que es de poca calidad…
En el cine español hay gente con un talento inmenso, tanto actores como directores. Y nunca jamás ha tenido el cine español la proyección internacional que tiene ahora; nunca jamás ha tenido un actor español la trayectoria de Javier Bardem, Antoñito Banderas o Penélope Cruz, o Almodóvar… Ni siquiera el propio Luís Buñuel…
Entonces, ¿por qué no acaba de despegar?
El problema es que seguimos sin tener mercados exteriores, y luego, otro tema muy importante: como ocurre en el teatro, si no fuera por las administraciones y por su interés y sensibilidad para que esto no se pierda, habría desaparecido…
Todo se está trasladando poco a poco a las grandes superficies comerciales…
¡Claro! Y el Cine Avenida se ha cerrado; el cine Rialto se llama Teatro Movistar, y el teatro Calderón se llama Häagen Dazs… porque todo esto es otra cosa. Entonces, cada vez que hablemos sobre cine o teatro, lo primero que tenemos que hacer es una revisión de qué es esto como fenómeno social, pero vamos, que yo soy de los que piensa que hay unos cineastas españoles formidables y una gente joven que tiene un talento impresionante.
Después de medio siglo en la interpretación, ¿se sigue poniendo nervioso en el escenario?
No, lo justo. El sentido de la responsabilidad, pero no como para que afecte.
Como se suele decir, “la experiencia es un grado”…
Yo de todos modos, soy de los que procura no apoyarse en la profesionalidad. En este oficio, la profesionalidad y la experiencia son, como le oí decir el otro día a Gracia Querejeta [directora de cine. Siete mesas de billar francés. 2007], “la experiencia en oficios como este es como una linterna en el culo”, es decir, que alumbra lo que importa un carajo, ya vas pasao…
¿Se tiene la sensación de estar repitiendo cada día lo mismo o cada representación es distinta?
Aquí lo que ocurre cada día da la impresión de que no ha ocurrido antes ni va a ocurrir después. Esa pulsión tiene sus riesgos y eso el lo que te mantiene vivo y en tensión pero el miedo escénico nunca lo he tenido.
¿Tiene alguna manía antes de subir a las tablas?
No, ninguna. El escenario es un sitio donde vengo a hacer mi trabajo, un trabajo que me sigue apasionando, un sitio de felicidad.
¿Qué sensación le produce saber que no queda ni una sola butaca libre en el Teatro Juan Bernabé? Cosa que además no ocurre tan a menudo como deseáramos…
Pues qué quieres que te diga. Es una gran satisfacción, como ha venido pasando en Dos Hermanas y Utrera. Después de cincuenta años, eso de saber que mi trabajo como actor tiene una utilidad, no eso de ir con un panfleto, sino ese interés por lo que yo propongo, es doblemente satisfactorio. No halaga la vanidad del actor, sino que satisface mi responsabilidad como ciudadano.
¿Tuvo oportunidad de conocer o saber de Juan Bernabé?
He oído hablar mucho, pero no tuve el gusto de conocerle. Murió muy joven desgraciadamente…
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| Sacristán es un referente del cine español desde los años 60. |
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