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Historia: La naturaleza de la guerra en la Edad Media

Escrito por Luis Las Heras García.

La naturaleza de la guerra en la Edad Media

 

El período histórico que abarca, de manera aproximada y dejando a un lado fechas convencionales como el asesinato del último emperador romano (472) o la caída de Constantinopla (1453), desde el siglo V al XV, se conoce tradicionalmente como Edad Media. Tradicionalmente, lo cual ha arraigado de manera muy profunda en nuestro imaginario colectivo, se han atribuido a dicha etapa de nuestra Historia una serie de características definitorias peyorativas que han configurado una imagen bastante degradada y negativa del Medievo. De hecho, el propio término de Edad Media está cargado de rechazo y menosprecio hacia dicha etapa; el término fue acuñado por los primeros humanistas del Renacimiento para referirse a los siglos “medios”, aquellos que larga y penosamente discurrieron entre el esplendor de la civilización clásica y los nuevos tiempos que se estaban instaurando y que precisamente buscaban el renacer de dicha cultura clásica. Se trataba, por tanto, de unos siglos marcados por la ignorancia, la barbarie, la superchería; unos siglos oscuros de los que se deseaba huir pero en los cuales se forjó, como está demostrando la historiografía actual, empeñada en revalorizar los siglos medievales, los principios que marcaron el Renacimiento.

Sin duda alguna, el carácter bélico y violento es uno de los aspectos más arraigados de la imagen popular de la Edad Media. Así, vienen a nuestra mente de manera casi involuntaria escenas de sangrientas batallas donde los peones se dan muerte de manera salvaje, cargas de caballería que terminan con cientos de cadáveres en el suelo. Esta imagen salvaje, que nace de la tergiversación de la época que hacen los primeros humanistas, para oponerla a los nuevos tiempos que alaban, encuentra en nuestro cine eco, en escenas míticas, que todos recordamos, de películas como Braveheart o el Reino de los Cielos. El ejemplo del cine no es más que uno de los muchos que podríamos citar sobre cómo esa imagen de violencia asociada al período medieval ha arraigado en nuestro imaginario colectivo.

Sin embargo, la guerra en la Edad Media tiene un carácter bien distinto a lo que estas películas (que no son más que la plasmación de la imagen que los no especialistas tienen de la época) nos muestran. Bien es cierto que existen episodios bastante violentos, como son las oleadas de invasiones que sacudieron a Europa tras la caída del Imperio Romano; pero propiamente hablando, esto no se trata de guerra, en el concepto literal del término, sino más bien de acciones de pillaje, de razzias, de ataques que se hacen al margen de las leyes de la guerra (porque la guerra, efectivamente, tiene sus propias reglas). O las cruzadas, cuya naturaleza especial nos obliga a dejarlas de lado en este artículo, pues rebasan los marcos propiamente bélicos para introducirse en lo económico, espiritual e incluso mental, lo que nos ocuparía varias páginas.

Pero en general, la Edad Media no se caracterizó por su virulencia bélica. O al menos no se caracterizó de manera destacada, mejor dicho, pues la guerra siempre ha sido un elemento más o menos cotidiano de la Humanidad (en la actualidad, existen más de 25 conflictos armados sin resolver, aunque la mayoría de ellos no encuentran eco en los medios de comunicación, más allá de los casos de Iraq y Afganistán). Porque desde los comienzos de la Humanidad, el hombre ha utilizado la werra como medio para proteger los recursos de la comunidad o incrementarlos cuando los intercambios comerciales no eran provechosos. De hecho, la guerra ha sido, durante milenios, la ocupación normal de los hombres adultos en condiciones de acudir a ella y la paz, no era más que una interrupción fortuita y obligada por diferentes circunstancias, tales como el agotamiento de las fuerzas de los oponentes, la época de las cosechas o el mal tiempo.

Es mas, existen otros períodos históricos en los que la guerra sí que fue un factor destacado, en los que los enfrentamientos bélicos digamos que superaron la normalidad, la cotidianeidad, para convertirse en un elemento especialmente reseñable cuando se estudia dicha época. Sin hacer demasiados esfuerzos por recordar, nos vienen a la mente las campañas de los emperadores romanos por Europa, Asia y África; las virulentas guerras de religión del siglo XVI, complemento indisoluble del secular enfrentamiento entre el Imperio español de Carlos V y Felipe II, que se desarrolló a lo largo de casi toda la geografía mundial. O, desde luego, el pasado siglo XX, donde las dos guerras mundiales dejaron más de 60 millones de muertos, según los cálculos más optimistas e innumerables inválidos y tullidos. Todo esto sin tener en cuenta episodios tan sangrientos como la guerra de Yugoslavia o los genocidios que todavía en nuestros días tienen lugar en África. Es decir, la Edad Media no fue un período mas violento o bélico que el resto de etapas por las que ha pasado la historia de la Humanidad.

Como hemos dicho anteriormente, la guerra ha sido entendida, desde los inicios de la Humanidad, como una actividad cotidiana, como el oficio propio de los hombres adultos. Sin embargo, hacia el siglo XI, esta concepción de la guerra, cambió; en el occidente cristianizado (profundamente cristianizado ya es estos tiempos), la guerra cesó de ser bien vista, sobretodo debido al milenarismo y a las nuevas ideas del alto clero, que se imbuyeron de una nueva concepción del cosmos y la sociedad. La iglesia (mas bien, los monjes y clérigos, que la institución en si, pues apenas era aun una institución capaz de imponer su criterio universalmente) emprendió el proyecto de renovar el mundo, de preparar la segunda venida de Cristo, de limpiar la humanidad de pecados carnales y desde luego, entre ellos, se encontraba el derramamiento de sangre. Poco a poco, la paz comienza a imponerse como lo bueno, lo justo, lo normal (exactamente el lugar que siempre había ocupado la guerra). Además esto coincidió con un momento en el que las relaciones comerciales conocían en Europa un auge decisivo, en el que las acciones de rapiña son sustituidas por el comercio que se funda sobre la paz de las ferias y mercados en Champaña, Flandes o Castilla.

Es en este contexto en el que nace el concepto de guerra justa, nacido en el seno de la intelectualidad cristiana: el buen cristiano no debe realizar derramamiento de sangre en vano, pero cuando se trata de defender la verdadera fe, la guerra se convierte en justa y combatir deja de ser pecado. Así, el rey se presenta como el lugarteniente de Dios en la tierra, el encargado de dirigir a los ejércitos cristianos en la guerra justa. Pero es también quien debe mantener la paz, proponiendo su arbitraje en el complejo entramado feudal para que los adversarios no lleguen a enfrentarse por las armas, presidiendo asambleas de conciliación, defendiendo a los débiles de los abusos de los poderosos. Esta es la imagen del buen rey medieval, pacifico y justiciero, mano de Dios en la tierra. Y es también en este contexto en el que hay que entender la división social tripartita de Adalberto de Laón: sólo los reyes y sus hombres (los caballeros y nobles, unidos al rey por los lazos vasalláticos) son los encargados de hacer la guerra, la guerra justa y velar, por tanto, por la paz. Así, la Iglesia consigue santificar la guerra. Para que los guerreros salvaran sus almas, los sacerdotes se ponen a bendecir las armas de los caballeros.

Además la Iglesia, en aplicación del concepto de guerra justa, establece una serie de reglas morales, fijando la conducta del combatiente. Los caballeros fueron invitados a participar en asambleas en las que se comprometían, bajo juramento, a respetar ciertas reglas, como la de no atacar a los guerreros que en cuaresma hubiesen decidido deponer temporalmente las ramas, a modo de penitencia. Además, también en el siglo XI, se formuló por primera vez el principio de no atacar al enemigo entre la ultima hora del sábado y la primera del lunes, excepción que pronto fue extendida al jueves, viernes y sábado de cada semana; la paz del domingo se convirtió así en la “tregua de Dios”. Los obispos de cada diócesis velaron por el cumplimiento de esta tregua, lanzando anatemas y excomuniones a los transgresores y poco después, el propio Papa, con la reforma de la Iglesia del siglo XI, se convirtió en la autoridad principal para estos asuntos, casi a la vez que proclamó la Guerra Santa contra los infieles en Jerusalén; cruzada y paz de Dios se convierten en complementarias.

Este panorama dominado por la ideología de la paz eclesiástica comienza a encontrar obstáculos cuando, progresivamente, el reforzamiento de las grandes formaciones políticas, provoca que las monarquías europeas disputen a la iglesia el monopolio sobre ciertas cuestiones, no solo espirituales, sino también terrenales, como el ejercicio de la guerra. En cuanto los príncipes consiguieron afianzar su poder y autoridad sobre sus territorios, se pusieron manos a la obra para recuperar las prerrogativas que les pertenecían frente a quienes se las habían usurpado (nobles e iglesia, principalmente) y, desde luego, la organización de la paz y la guerra se encontraba entre esas prerrogativas que creían suyas. Así, poco a poco, los príncipes consiguen imponer esas prerrogativas: durante los días de abstinencia, es el único que puede conducir expediciones, cuidando de que sus guerreros no cometan abusos y, además, comienzan a ser las asambleas condales las que juzguen los delitos de ruptura de la tregua. Por tanto, el poder de los príncipes se afirma como la única fuente de paz.

Pero al afianzamiento del poder de las formaciones políticas medievales, tuvo otra consecuencia: la proliferación de ejércitos mercenarios que rompieron con la concepción plenomedieval de la guerra que hemos explicado. La introducción de guerreros extranjeros que luchan a cambio de una soldada introduce el desorden en medio de la guerra justa, pues se desvirtúan todas sus reglas y se vuelve inútil el uso de fortalezas (los mercenarios conocen todas las estrategias para introducirse en castillos y ciudades amuralladas) y armaduras (con el uso del cuchillo, los mercenarios asestan golpes bajos que desgarran la carne de los caballeros por los intersticios de las armaduras).

Además, el cobro de la soldada convierte la guerra en un negocio lucrativo, algo ampliamente rechazado por la Iglesia medieval. Así, los mercenarios contaminan la cristiandad y reciben, pues, el rechazo de obispos y clérigos. La guerra por tanto, se convertirá, desde entonces, en un ejercicio ambiguo, donde el concepto de guerra justa, la búsqueda de la gloria, el respeto a los valores guerreros compartirán escenario con la búsqueda del lucro, la atrocidad, el pragmatismo bélico.

Sin duda, con la introducción de los mercenarios, se transforma la naturaleza de la guerra que con tanto esfuerzo la Iglesia ha conseguido santificar. Sin embargo, hemos utilizado el término transformación, no destrucción. Pues con mercenarios o no, la guerra sigue siendo algo sagrado; la batalla, entendida como la materialización de la guerra sobre un tiempo y un espacio concreto, se sigue ordenando como una liturgia. Incluso los mercenarios participan de la larga preparación ritual que precede a la batalla, como corresponde ante la proximidad de un sacramento. Todos los guerreros oran antes de la batallas, prometen redimirse de sus pecados y piden el favor de Dios.

Porque la batalla, tal y como la entienden los hombres de la Edad Media, no es más que un juicio ante Dios, quien debe decidir, inclinando la victoria de un lado u otro, quien de los dos contendientes lleva la razón en el conflicto que les ocupa y que no han sabido dirimir en tiempos de paz. Puesto que la misión de los reyes y príncipes ha de ser la de mantener la paz, cuando acuden a la guerra lo hacen como último recurso para solucionar una disputa con otro príncipe, con un noble usurpador o con un vasallo que ha cometido felonía. Y lo hacen como quien acude a un juicio para que el juez dictamine quien lleva la razón, después de que el acuerdo entre los contendientes haya sido imposible. Por tanto, es Dios quien decidirá, inclinando la victoria de un lado u otro, cual combatiente ha llevado a su ejército a la guerra por una causa justa; ambos acuden convencidos de que van a la guerra justa y de ambos lados encontramos, en el mismo campo de batalla, clérigos proclamando salmos de alabanza a Dios. No debemos olvidar que nos situamos en un mundo profundamente religioso y que la guerra, la batalla no es más que uno de los muchos aspectos de la vida del hombre medieval en los que lo sagrado irrumpe.

Precisamente por eso, porque se trata de una operación de justicia, no se busca la muerte ni el exterminio del enemigo, sino simplemente que la sentencia divina (en forma de victoria militar en la batalla) sea aceptada por el adversario. Al igual que en un pleito, no se busca la destrucción; se trata de un debate que será clausurado con una sentencia. El objetivo de la guerra no es, por tanto, la muerte; ésta es una contingencia que, simplemente, hay que aceptar y asumir como parte del conflicto que se ha iniciado.

No queremos caer, con este artículo, en una dulcificación de la guerra medieval; cualquier guerra, como tal, es un ejercicio atroz que tiene inevitables consecuencias negativas. Lo que pretendemos es hacer comprender, aunque sea de forma mínima, cual es la naturaleza de la guerra en la Edad Media, a través del análisis de cómo los propios actores la conciben, evitando juicios valorativo que han contribuido a construir la tan degradada imagen que tenemos de los siglos medievales.