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La historia de Juan Díaz de Solís

La historia de Juan Díaz de Solís 

La relación de Lepe con el Descubrimiento de América ha tenido varios capítulos a lo largo de la historia, aunque quizá el más llamativo sea el viaje que realizó Juan Díaz de Solís desde el puerto lepero para descubrir el estuario del río de la Plata, del que esta semana se han cumplido 490 años de su salida. Ya han pasado 490 años desde que aquel 9 de octubre de 1515 se iniciase desde Lepe un viaje que terminaría por descubrir uno de los parajes más bellos e importantes en Suramérica.

Juan Díaz de Solís forma parte del escaso grupo de navegantes que se embarcó hacia el nuevo mundo por intereses científicos. Se unió en 1508 a Vicente Yánez Pinzón -hermano de Martín Alonso Pinzón- en la conquista de las tierras entre Veragua y el golfo de México.

En 1512 obtuvo las capitulaciones para llegar hasta el Río de la Plata, descubriendo estos territorios cuatro años después. Su principal objetivo será la recogida de datos para elaborar un mapa de la zona por encargo de la Casa de la Contratación. Este mapa elaborado a partir de los datos de Díaz de Solís será fundamental para el viaje de Magallanes. Tras la muerte de Américo Vespuccio será Díaz de Solís quien ocupe el cargo de Piloto Mayor gracias a su experiencia náutica como piloto de la Casa da India de Portugal.

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Juan Díaz de Solís preparó su expedición en Lepe, y recibió en secreto 4000 ducas de oro. El viaje se hizo a bordo de tres navíos, con 60 miembros de tripulación, y provisiones para dos años y medio. Fue acompañado por Juan de Ledesma, Pedro de Alarcón y Francisco de Marquina. La expedición partió el 8 de octubre de 1515. Se dirigió hacia Tenerife, de ahí a la costa brasileña (del cabo San Roque hasta Guanabara).

Luego, descendió rumbo al sur hasta el cabo de Cananea y proseguir hasta la isla que Juan Díaz de Solís bautizaría la Plata (Santa Catalina), después hacia la bahía de los Perdidos, y bordeando las costas, arrivar a la isla de San Sebastián (cerca de la isla de los Lobos). Juan Díaz de Solís descubrió el Mar Dulce al que bautiza así porque el caudal del río es tal que se encuentra agua dulce en el mar, o estuario del Río de la Plata.

En febrero de 1516 llegó a la desembocadura del río Paraná-Guazú, bautizado río de Solís, y que sería rebautizado 20 años más tarde como Río de la Plata. Díaz de Solís recorrió el estuario en su zona septentrional (Uruguay) y desembarcó en el puerto de Nuestra Señora de la Candelaria, donde tomó posesión de las tierras en nombre del Rey.

Muerte a manos de los indios

Después llegó a la isla Martín García. Los indios les mostraron objetos de oro, pero cuando ocho españoles descendieron a tierra para tratar con ellos, los mataron y despedazaron delante de los ojos horrorizados de los otros miembros de la tripulación. Otros lograron escapar de la masacre internándose en la maleza y en 1527 fueron encontrados por Sebastión Gaboto cuando fundó el fuerte Sancti Spíritu en la confluencia del Coronda y el Carcarañá. Gaboto rebautizó el nombre de Mar Dulce por el de Río de Solís, llegando finalmente a Río de la Plata.

Su nombre constituye históricamente la base de donde partes las raíces del descubirmiento de estas costas donde hubo que esperar para que definitivamente después de Pedro de Mondoza, Juan de Garay abriera “las puertas de la tierra” hacia Buenos Aires. Entre estos ocho hombres se encuentran el propio Díaz de Solís, Marquina, Alarcón, cuatro marineros y un grumete, Francisco del Puerto, siendo éste último el único en salvarse. La expedición retomó entonces inmediatamente la mar para regresar a España. Se aprovisionaron de carne de lobos de mar en la isla de los Lobos, y alcanzaron la costa brasileña.

Los dos navíos restantes de la expedición de Solís llegaron a Sevilla el 4 de septiembre de 1516, habiendo descubierto el Río de la Plata, que serviría de punto de partida para encontrarlo. Los náufragos españoles que quedaron en tierras americanas jugaron un rol importante en las futuras expediciones. Hoy, casi 500 años después, navegar por la zona exterior del Río de la Plata puede deparar algunas sorpresas.

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Aguas afuera de Montevideo, por ejemplo, se puede apreciar el color leonado del río, cargado de sedimentos, y percibir que su olor posee tenues reminiscencias vegetales, en vez del desagradable vaho que desprende cerca de la costa de Buenos Aires. Esas aguas barrosas, que conforman lo que alguien llamó la pampa líquida, no tienen mal sabor y hasta resultan aceptables para combatir la sed.

Si se echara una red de pesca, posiblemente se descubriese que la captura se compone de peces de mar, como si se la hubiese extendido frente a San Clemente del Tuyú o a La Paloma. Un observador desprevenido se preguntaría qué hacen corvinas, pescadillas, gatuzos y testolines en aguas cuya apariencia y efluvios harían esperar la presencia de bogas, bagres, sábalos y armados.

El Río de la Plata vierte al Atlántico en promedio 22.000 metros cúbicos por segundo y fertiliza el océano adyacente con el aporte de nutrientes y detritos orgánicos. Hace sentir su influencia a centenares de kilómetros de su desembocadura. Su enorme caudal, al encontrar la suave pendiente de la plataforma continental, forma un estuario poco profundo y de enorme superficie.

Ese es el escenario del encuentro entre el río y el mar (figuras 1 y 2), conformado por dos masas de agua que no se mezclan espontáneamente. Se deslizan una sobre la otra: el agua dulce continúa su camino hacia el océano por la superficie, en tanto que el agua marina, más pesada debido a su carga de sales, se mueve en dirección opuesta sobre el lecho del estuario hasta que la detiene un escalón en el fondo de este. De hecho, los estuarios, donde los ríos desembocan en los mares, son el lugar de encuentro de dos mundos fisicoquímicos y biológicos diferentes: el de las aguas dulces de aquellos y el de las saladas de estos.

Son, por lo general, ecosistemas biológicamente más productivos que el río y el mar, por las condiciones particulares de circulación de las aguas, que provocan la retención de nutrientes. Por cierto, que en Argentina están muy pendientes de este río, y no sólo por cuestiones románticas o históricas. Debido al calentamiento terrestre, de aquí a un siglo el Río de la Plata estará entre 60 centímetros y un metro más alto, y se verá más expuesto a vientos provenientes del Este.

Con peores y más frecuentes sudestadas (y sus secuelas de inundación tierra adentro y erosión de costas), las municipalidades y particulares del área metropolitana argentina deberán gastar entre 80 y 310 millones de dólares anuales para reparar estragos a la edificación e infraestructura al pie de sus barrancas costeras, y sobre los valles fluviales urbanos del Riachuelo, el Medrano, el White, el Maldonado, entre otros.

En Montevideo, ciudad más alta, el impacto será más biológico que físico, medible en más cierres de playas por “mareas rojas” (floraciones de dinoflagelados que envenenan el agua con neurotoxinas), o “mareas azules” (cianobacterias que la pudren). Algo similar ocurrió ya en el verano de 2004. De esta forma, el viaje que se inició en Lepe hace 490 años ha terminado por ser una de las experiencias que más ha contribuido a la riqueza del sur de Latinoamérica, una prueba más de la importancia del Lepe de finales del siglo XV e inicios del XVI.

Igual que sucedió con Cristóbal Colón, el misterio ha perseguido algunos datos de la vida de Juan Díaz de Solís, sobre todo en relación a sus orígenes. Sin certeza de su fecha de nacimiento, se discute también si era sevillano de Lebrija o de origen portugués. Hasta 1505 trabajó al servicio del rey de Portugal como cartógrafo en la Casa da India.

Junto a Vicente Yáñez Pinzón y a Américo Vespucio, participó en la Junta de Burgos (1508) que decidió el envío de una expedición que buscase el canal o el paso a través del istmo centroamericano, hacia las islas de la Especiería. Díaz de Solís junto con Vicente Yáñez Pinzón firmó la capitulación de este viaje que resultó un fracaso y regresó a España en 1509.

En 1515, tras firmar una nueva capitulación para buscar un paso por el sur del continente, partió con tres naves, navegó las costas brasileñas y uruguayas hasta llegar al río de La Plata (1516) que llamó mar Dulce. Se adentró en su estuario hasta la isla de Martín García y continuó por las aguas del Paraná, que se llamó de Solís.

Cuando los españoles ingresaron al territorio de la actual Argentina entraron en contacto con grupos indígenas que tenían diversos grados de desarrollo. Luego del descubrimiento de América en 1492 se inició la conquista y colonización de vastos territorios. Sus objetivos eran obtener metales preciosos y expandir la fe católica. A pesar de ser inferiores en número, los españoles alcanzaron un éxito rotundo gracias a sus armas de fuego, los caballos y armaduras. Otros factores que contribuyeron a la victoria española fueron la sorpresa que provocaron entre los indígenas que los tomaron por Dioses.

Cuatro años más tarde de Díaz de Solís, la flota de Hernando de Magallanes costeó el litoral de la provincia de Buenos Aires y descubrió el estrecho de Todos los Santos el 21 de Octubre de 1520. Después, en Junio de 1527, Sebastián Caboto, se internó en el Río Paraná y fundó el Fuerte Sancti Spiritus; luego regresó en 1530 a España, llevando consigo la leyenda de ‘La sierra de Plata y las tierras del Rey Blanco’.