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Historia: Andalucía y la Corona de Castilla

Escrito por Álvaro J. Navarro.

Andalucía y la Corona de Castilla



El gobierno de la extensa Corona castellano-leonesa se realizó de manera relativamente uniforme a partir del centro monárquico de poder. No hay una organización interna de tipo confederal como la que existía en la Corona de Aragón, aunque sí niveles de autonomía variados, y a veces grandes, bajo la cúpula de una organización política única. La Andalucía integrada en la Corona de Castilla en el siglo XIII no fue heredera de divisiones regionales castellanas, aunque sí muchas demarcaciones municipales de alcance local. De los cargos administrativos de la monarquía que tuvieron ámbito en toda Andalucía, el más efectivo fue el adelantado mayor, que existía desde 1253, aunque sus funciones militares y judiciales se ejercían, sobre todo, en el ámbito sevillano, ya en el siglo XV. Por el contrario, como en otras partes de la Corona, el gobierno y administración efectivos se distribuían entre las diversas ciudades de realengo y los señoríos, no observándose ningún criterio unitario regional, aunque los representantes ciudadanos en Cortes recibieran, a veces, ordenamientos relativos a toda Andalucía. La ausencia de unidad política no implica la de conciencia regional. Ésta última sí existió. Andalucía era denominada como provincia en algunos documentos de los siglos XV y XVI. La lejanía de los centros de decisión castellanos, de Toledo hacia el norte, y la barrera de los grandes señoríos de Órdenes Militares en la cuenca del Guadiana, acentuaban aquel sentimiento de especificidad. Después de 1492, aunque Granada continuó siendo un reino aparte, al haber sido repoblado en buena parte con andaluces y haber adoptado formas de organización administrativa similar hizo que, de hecho, fuera el cuarto reino andaluz. La aparición administrativa de Andalucía como región en 1833, se fundó, por lo tanto, en antecedentes que reconocen un origen medieval y de los que se tenía conciencia en el siglo XV.

El agotamiento de aquellos intentos de predominio aristocrático, en un ambiente de guerra general y de enfrentamientos locales, contribuye a explicar el éxito y rapidez con que los Reyes Católicos restauraron y ejercieron el poder regio en cuanto se vio claro que se consolidaban en el trono frente a los intentos de Juana, hija de Enrique IV, y de sus valedores. Aquel giro espectacular de la vida política ocurrió entre 1475 y 1479. Todos los objetivos de los reyes se cumplieron. Los grandes nobles conservaron sus señoríos, pero fueron alejados del gobierno y la influencia que tenían en las ciudades reales, al romper los vínculos políticos que los unían a las aristocracias locales, y establecer los reyes con carácter general y continuo a sus corregidores al frente de la administración concejil. De esta manera, se asegurará la devolución a las ciudades de los castillos de sus territorios y demás derechos que los grandes nobles preservaban. Se estableció también la nueva Hermandad en Andalucía, y también se implantó la Inquisición, que comenzaría a funcionar en 1481, con el propósito, entre otros, de que no hubiera más revueltas contra los conversos en las que el orden político pudiera verse comprometido. Los Reyes Católicos consiguieron que el sistema funcionara con más eficacia y con unos efectos que se observaron inmediatamente, sobre todo, desde 1480, en la realización de empresas exteriores que interesaron al conjunto de la sociedad política andaluza. Los nobles consolidaron en la guerra de Granada su función de primeros colaboradores de la monarquía, y pudieron superar parte de sus querellas internas: personajes como el marqués de Cádiz, Rodrigo Ponce de León, o el señor de Aguilar, Alfonso Fernández de Córdoba, se convirtieron en héroes, borrando la mala fama que las pasados guerras civiles les había acarreado. Los andaluces, en general, hallaron en aquella guerra motivos de ganancia colectiva: el pleno empleo y movilización de miles de hombres; el final de una frontera de peligro y cautiverio; la explotación de una amplia banda morisca hasta entonces inútil salvo para el pasto extensivo y arriesgado del ganado; el reparto de tierras en Granada, beneficioso para muchos campesinos.


Andalucía fue, así, protagonista de la vida política durante un decenio, y su peso en el conjunto de la Corona de Castilla creció apreciablemente a partir de entonces, tanto por la incorporación de Granada como por las nuevas circunstancias de la navegación y el comercio atlánticos, como por la función que Andalucía desempeñó, como base de operaciones, en la política italiana y norteafricana de los reyes. En 1492 ocurrió, además, el fallecimiento de varios de los principales nobles que habían protagonizado la vida andaluza desde los años sesenta: el adelantado Pedro Enríquez, el duque Juan de Guzmán, el marqués Rodrigo Ponce de León, etc. No cabe duda de que aquel relevo generacional facilitó, todavía más, la estabilidad del nuevo orden político, que sólo fue puesto en entredicho, de forma parcial y efímera, en los años 1505 a 1508, tras la muerte de Isabel la Católica.

Los principales oficios de la Corona en Andalucía residieron en Sevilla debido a la importancia de la ciudad, lo que benefició a aristócratas locales o bien a individuos que así se integraron en ellas. El peso militar de la región en el conjunto de la Corona fue también muy alto, así como la capacidad de movilización inmediata, debido igualmente, al peligro y las necesidades de la frontera. Durante la guerra de Granada, las tropas andaluzas alcanzaron con frecuencia las cifras máximas de cuatro a cinco mil caballeros y de quince a veinte mil peones, lo que significaba al menos la tercera parte del ejército movilizado.

Andalucía, al ser un territorio de nueva organización en el siglo XIII, permitió que se pudiera implantar directamente una fiscalidad muy innovadora, basada en impuestos indirectos sobre el comercio y consumo, al lado de la fiscalidad extraordinaria que eran los servicios y monedas y pedidos otorgados por las Cortes y percibidos como contribuciones directas. La importancia tributaria de la región creció a lo largo del siglo XV, aunque se mantuvieron siempre porcentajes similares en relación con el conjunto de la Corona y que se situaban entre un 22 y 29 % en lo relativo a los principales ingresos ordinarios, alcabalas y almojarifazgos.

Las tendencias de la Baja Edad Media castellana favorecieron la consolidación y expansión del predominio aristocrático. En Andalucía, las condiciones fueron especialmente propicias al ser una tierra de frontera, donde el papel militar de los nobles tenía más ocasión de ejercerse y valorarse, y al ser también una tierra poco poblada, donde la concentración de propiedad rural era más sencilla, y, al tiempo, abierta al comercio, que permitía a menudo rentabilizar mejor las producciones agrarias. Cada linaje de la alta nobleza andaluza solía concentrar sus señoríos y su poder en alguno de los tres reinos, de modo que se acentuaba el carácter regional que también tenían otros linajes castellanos de la época: Guzmán y Ponce de León en Sevilla, Fernández de Córdoba en Córdoba. En Jaén, la extensión de los señoríos de Órdenes Militares dificultaba la consolidación de importantes linajes, aunque sí estimuló la proliferación de pequeña nobleza de caballeros en el reino.

 

Los nobles basan su poder, sobre todo, en los señoríos sujetos a su jurisdicción. En Andalucía, la proporción de territorio y población sujetos a régimen señorial fue aumentando durante los siglos XIV y XV, pues pasó de un 25 % hacia 1284 a cerca del 50 % hacia 1492. Pero no hay que imaginarlos como zonas de opresión o pobreza, pues, por el contrario, en muchas ocasiones contribuyeron decisivamente a la colonización de zonas rurales, y en ellos habitó un campesinado libre jurídicamente cuyas condiciones de vida no eran peores que en el realengo. Otra cosa es que su permanencia durante los siglos de la Edad Moderna haya contribuido, junto con la concentración de propiedad de la tierra, que se da tanto en ellos como en el realengo a favor de los señores y de otras personas, a dificultar posibles cambios en la sociedad andaluza.

 

Pero el poder de la alta nobleza andaluza no sólo radicaba en sus señoríos. Los oficios de la administración monárquica o son ejercidos por nobles andaluces o sirven para que otros arraiguen en la región. Las encomiendas de las Órdenes Militares suelen ser desempeñadas también por miembros de linajes de la tierra. Pero lo más importante era el control de los municipios de realengo, que comprendían una ciudad o villa de importancia y su tierra o ámbito de jurisdicción. 

La monarquía actuaba sobre el realengo andaluz por medio de sus propios oficiales o mediante el establecimiento de poderes municipales. Los concejos de las ciudades y villas tenían jurisdicción en el núcleo urbano y en su término aledaño pero también en una tierra mucho más amplia, donde había pueblos también con sus propios concejos pero que dependían del primero. Así, sucedía que la ciudad de Sevilla gobernaba una tierra de unos 12.000 km2, donde había 70 poblaciones de diversa importancia; Córdoba tenía una de 9.000 km2, con 22 pueblos; Jaén otra de 2.000 km2, y Niebla, aunque era señorío de los Guzmán desde 1369, conservaba la suya de 3.000 km2, con una veintena de aldeas. Aquellos municipios no eran simples poderes locales sino, más bien, territoriales, y ejercían funciones amplísimas, subordinadas por la monarquía.

El equilibrio de poderes en Andalucía, hacia 1492, respondía al modelo general castellano después de la restauración de la autoridad monárquica protagonizada por los Reyes Católicos, que en el campo eclesiástico le llevó a su mayor éxito con el control de los nombramientos episcopales con el nuevo régimen de Patronato Real en el recién dominado reino de Granada. El peso político de Andalucía en la Corona era en ese momento ya comparable al del Reino de Toledo o al de las tierras castellanas y leonesas de la cuenca del Duero, pero con un añadido: los modos de organización política, administrativa y eclesiástica vigentes en Andalucía serían inspiradores directos de los que se establecieron en América, lo que incrementa, sin duda, su importancia histórica. Así, las formas de dominio social aristocrático se encuadraron en marcos institucionales nuevos, habiendo apenas hubo señoríos, por ser perjudiciales para el poder de los reyes, sobre todo en territorios tan lejanos; la Iglesia estuvo sujeta al Real Patronato; y la organización municipal, coordinada por la monarquía, se transfirió plenamente. Por tanto, las lecciones políticas de los siglos XIV y XV aprendidas en Andalucía no cayeron en saco roto y traerán como consecuencia que, en algunos aspectos, el Estado Moderno de la monarquía hispánica se realizara incluso con mayor pureza en Indias que en la misma Castilla.