Imprimir

Historia: Las bulas portuguesas de 1452-1456

Escrito por Luis Las Heras García.

Las bulas portuguesas de 1452-1456 y el Tratado de AlcaÇovas (1479)
  

     Durante los siglos XIV y XV, Castilla y Portugal se lanzaron al Mar Atlántico, encabezando el proceso de expansión exterior que Europa protagonizó en los siglos finales de la Edad Media, saliendo del constreñimiento interior en el que se vio sumida durante prácticamente diez siglos. España y Portugal conseguirán dilatar hasta límites hasta entonces insospechados el horizonte de Europa, logrando la circunnavegación del continente africano, alcanzando la India por mar en dirección a Oriente y descubriendo América, el hito que culmina este largo proceso, que iniciasen, 200 años antes, los hermanos Vivaldi. Este proceso descubridor no es sino la secuela de la larga experiencia náutica de los pueblos ibéricos, así como una consecuencia del proceso expansivo protagonizado por Europa desde la Plena Edad Media.
    
     Siguiendo a Pérez Embid1, podemos distinguir en esta acción expansiva y descubridora, tres etapas:
    

- Una primera etapa que abracaría la primera mitad del siglo XV, protagonizada por expediciones aisladas como la de los genoveses Ugolino y Guido Vivaldi o Lancelloto Mallocello (quien dará nombre a la isla canaria de Lanzarote, donde arribó en 1312).
- Una segunda etapa, que abarcaría la segunda mitad del siglo XV, caracterizada por expediciones más organizadas hacia los archipiélagos atlánticos y la costa africana, donde ya se iniciarán las primeras fricciones entre Castilla y Portugal a causa de los derechos de ocupación sobre las Canarias.
- Una tercera etapa, que abarca desde 1415, con la toma de Ceuta por parte de Portugal, hasta el descubrimiento de América en 1492, donde la rivalidad política entre Portugal y Castilla causada por la expansión marítima alcanzó sus cotas más elevadas.

    
     En este artículo pretendemos analizar la rivalidad castellano-portuguesa a través del comentario de tres documentos que consideramos paradigmáticos de dicho enfrentamiento. Nos referimos a las bulas papales Cum diversas (1452) y Romanus Pontifex (1455), de Nicolás V e Inter Caetera (1456), de Calixto III concedidas a Portugal y al tratado de Alcaçovas, firmado en 1479 como tratado de paz a la guerra castellano-portuguesa iniciada en 1475, que incluye dos capítulos que solucionan el problema jurisdiccional de la expansión ultramarina de ambos reinos. Sin embargo, antes de entrar en el análisis de dichos documentos, consideramos imprescindible esbozar un breve resumen de los principales episodios de la rivalidad entre los reinos hispanos, para comprender mejor la trascendencia histórica de los documentos que dan título a este artículo, situando los precedentes que explican su promulgación.
    
     Como hemos comentado anteriormente, desde mediados del siglo XIV, diferentes expediciones, mucho mejor organizadas que en la etapa anterior, se dirigieron hacia dos vectores principales: las islas atlánticas y la costa occidental africana. En 1341, una expedición de italianos, al servicio de la corona portuguesa, exploró las islas Canarias; esta expedición sirvió a Portugal para proporcionar, en el futuro, argumentos jurídicos a su favor sobre el archipiélago. Tras esta expedición, diversos navíos de tripulación mallorquina, catalana o andaluza serán enviados a las islas por parte de la Corona castellana, con fines de cristianización y colonización. Sin embargo, el inició de la conquista de las Canarias no tendrá lugar hasta las expediciones de Bethencourt y La Salle, quienes, con el apoyo de marinos andaluces, pondrán el archipiélago bajo pabellón castellano a principios del siglo XV.
    
     Por su parte, los portugueses protagonizarán la exploración de la costa atlántica africana, desde que en 1415 se hicieran con la plaza de Ceuta. Los diferentes especialistas han establecido una secuenciación de este proceso bastante bien clarificada, pero no vamos a relatarla, pues no es el tema que nos ocupa; sin embargo sí debemos detenernos en 1434, fecha en la que Gil Eanes dobló el cabo Bojador, lo que intensificó el interés lusitano por la costa africana y por las Canarias como base de su expansión ultramarina hacia el sur. Una vez rebasado el cabo, el ritmo de la expansión ultramarina portuguesa será imparable, gracias a la figura del infante Don Enrique, quizás un poco sobrevalorada, pero cuya acción personal encauzó toda la expansión del momento: con una clara continuidad en el empeño, a pesar de las dificultades de la empresa y con una planificación de los viajes, Enrique impulsó y concentró capitales para financiar estos viajes y atrajo a Sagres a importantes navegantes o astrónomos. Aunque las Canarias siempre permanecerán bajo bandera castellana, diferentes expediciones portuguesas visitarán el archipiélago con el fin de conquistar algunas de las islas libres, lo que provocará el conflicto con Castilla y las primeras intervenciones pontificias en el enfrentamiento, con la promulgación de bulas en 1434 y 1436.
    
     Además de la jurisdicción sobre las Canarias, el otro gran campo de batalla de la rivalidad castellano-portuguesa fue, como no, la costa occidental africana, cuyas pesquerías, primero y mercados de esclavos, más tarde, suscitaron el interés de portugueses y andaluces. Sin duda alguna, la delantera en el litoral africano la llevan las expediciones portuguesa. El éxito de la ruta abierta con el África meridional a través del mar Atlántico atrajo a numerosos mercaderes europeos, quienes comenzaron a participar de la empresa con el permiso de la Corona portuguesa, pagando una serie de tributos; pero también atrajo a otros que quisieron participar en el negocio sin el consentimiento de Portugal, quien ejercía un monopolio sobre las costas africanas en la práctica, como los marinos andaluces. Una vez más, será el recurso a la Santa Sede el arma que utilizarán los portugueses contra los castellanos: así, Nicolás V promulgará las bulas Cum diversas y Romanus Pontifex, en 1452 y 1455, respectivamente y su sucesor Calixto II, la Inter caetera, en 1456.

     Las concesiones y privilegios que el Papa Nicolás V otorga a Portugal se refieren a la exclusividad en el comercio con las costas africanas desde Ceuta. Este privilegio constituye un reconocimiento internacional ya no sólo en la práctica, sino también en el derecho, del monopolio portugués. Asimismo, se concede al rey de Portugal el derecho a “invadir, conquistar, combatir, vencer y someter” a “cualesquier sarracenos y paganos y otros enemigos de Cristo”, lo que da a dichas bulas un claro tono de bulas de cruzada, dada la exhortación continua que hace el Papa para propagar la fe de Cristo, utilizando, si es necesario, las armas. Es evidente que al Papa le preocupa más una guerra de cruzada, dado el contexto del avance turco (han conquistado Constantinopla en 1453), que la acción descubridora portuguesa. Ambas bulas conceden, por tanto, un derecho de conquista prácticamente sin límites en beneficio de Portugal. La bula de Calixto III, por su parte, continúa incidiendo en esta idea de cruzada y concede unos privilegios muy amplios a la portuguesa Orden de Cristo (derecho a cobrar tributo, a excomulgar, concesión de toda jurisdicción eclesiástica ordinaria...), lo que solamente es comprensible por la idea ya repetida de cruzada. De todas maneras, a nuestro juicio, las concesiones de Calixto III en este sentido eran más teóricas que reales y no pensamos que la Corona de Portugal tuviese en la práctica tales atribuciones, dada la vastedad de las tierras aprehendidas.
    
     Todos estos derechos y concesiones otorgadas por Nicolás V y confirmados por su sucesor son otorgados para el rey Alfonso de Portugal y el Infante Enrique de una manera hereditaria, es decir son concesiones a perpetuidad, como el texto repite en numerosas ocasiones (“para sí y sus sucesores”). Así la empresa del Infante se convierte, gracias a su empeño y a la concesión papal, en una empresa perpetua de la Corona portuguesa.
    
     La concesión de todos estos privilegios sólo se explica por la labor realizada por Enrique el Navegante en la propagación de la fe católica por el continente africano. En la primera parte de la Romanus Pontifex, Nicolás V realiza una alabanza al Infante, presentándolo como un “acérrimo y fortísimo defensor de la fe”, destacando su labor apostólica y evangelizadora; es esta labor y el hecho de sobrepasar el infranqueable cabo Bojador lo que empuja al Papa a conceder tales privilegios. En este punto, creemos que merece una mención especial la esperanza de que, en esa expansión meridional, se alcancen las tierras del Preste Juan y se establezca una alianza “en auxilio con los cristianos contra los sarracenos y los otros enemigos de la fe”. Aunque el Preste no sea nombrado, las referencias a él nos parecen claras, aunque su localización geográfica sea distinta de la que tuviese en la Edad Media y ahora lo encontremos cerca de la actual Etiopía. De todas formas, la alusión a la geografía medieval fantástica es evidente, no solo por las referencias al Preste Juan, sino también por la concepción geográfica de África: “llegaron luego a la provincia de Guinea (...), continuando la navegación llegaron a la boca de cierto gran río, que comúnmente se juzga ser el Nilo”. Además, la confusión entre etíopes e indios, parece también evidente a lo largo de toda la Romanus Pontifex.
    
     Respecto a la demarcación geográfica, debemos comentar que, dado el desconocimiento de la geografía real del continente africano, los límites que se establecen para la exclusividad del comercio portugués son un tanto vagos, como sucederá también en el tratado de Alcaçovas. Así, en las bulas aparece la siguiente demarcación: “la conquista que se extiende por los cabos Bojador y Num por toda Guinea y más allá hasta la playa meridional”. Aunque las bulas tuvieron total reconocimiento internacional, los límites geográficos del monopolio portugués no están muy bien definidos y, de hecho no supusieron más que la confirmación, de derecho, de la acción portuguesa, lo que significa, en la práctica, que los límites de la expansión portuguesa se sitúan entre Ceuta y las tierras más meridionales de la costa atlántica de África. Además, es evidente que no terminaron de solucionar el contencioso jurídico entre Portugal y Castilla, pues de haber sido así, no tendrían sentido las disposiciones sobre la expansión atlántica que el tratado de Alcaçovas establece.

     Por último nos llama poderosamente la atención la preocupación por impedir que llegasen a África “hierro, cuerdas, madera, naves o especies de aparejos” y que “algunos, empujados por la codicia (...) enseñasen a estos infieles el modo de navegar, con lo que les haría enemigos más fuertes y duros”. El miedo que en estos años tiene Europa a la expansión turca es evidente y la posibilidad de abrir otro frente para la lucha entre ambas civilizaciones parece preocupar mucho; de ahí el interés en contactar con el mítico reino del Preste Juan y por evitar una entrada de sarracenos por el Mediterráneo occidental.
    
     Con la subida al trono de los Reyes Católicos en 1474, la rivalidad atlántica entre Portugal y Castilla dará un vuelco. Incumpliendo las disposiciones de la Romanus Pontifex, Isabel favorecerá que los barcos andaluces, paralizados desde la promulgación de la bula, comenzaran de nuevo a explorar y comerciar con la costa africana, en especial con Guinea, cuya riqueza de esclavos es ya patente. Por tanto, la guerra de sucesión entre Isabel y Fernando y matrimonio entre Alfonso V de Portugal y Juana la Beltraneja tendrá una faceta atlántica de enorme trascendencia.
    
     El tratado de Alcaçovas, firmado entre los reyes de Castilla y Aragón y el rey de Portugal, supone el fin de la guerra entre Castilla y Portugal y en él se trata también el problema jurisdiccional de la expansión ultramarina de ambos reinos. Por ello, dicho tratado no supone, en principio, un reparto del Atlántico entre ambos reinos, sino que es un tratado de paz: sólo en los capítulos VIII y IX se tratan los aspectos atlánticos.
    
     El tratado recoge cláusulas sumamente favorables para el reino portugués, que aparece como el claro dominador del espacio atlántico. Así, el tratado adjudica a Portugal “la posesión e casi posesión (...) de Guinea, con sus minas de oro, e cualesquier otras islas, costas, tierras descubiertas e por descubrir, falladas e por fallar, islas de la Madeira, Puerto Sancto e Desierta, e todas las islas de las Açores, e islas de las Flores e las islas de Cabo Verde (...) e cualesquiera otras islas que se fallaren o conquirieren de las islas de Canarias para bajo contra Guinea...”. Para Castilla, por su parte, quedarían reservadas las islas Canarias. Así, los Reyes Católicos abandonan sus pretensiones sobre los mares africanos y además, se comprometen a que “sus gentes naturales o súbditos que estuvieran en sus reinos o señoríos (...) ni conseguirán armar nin cargar para allá en alguna manera”. De esta forma parece ponerse fin a la intromisión de marinos castellanos y andaluces en el monopolio portugués sobre las costas portuguesas, terminando así con uno de los motivos del enfrentamiento entre ambos reinos.
    
     Por tanto, los capítulos VIII y IX del tratado de Alcaçovas constituyen una auténtica repartición de los espacios oceánicos, quedando el reino portugués como el dueño casi absoluto del Atlántico “contra Guinea”. Sin embargo, los problemas y dudas que se derivan de este tratado han preocupado desde hace mucho tiempo a los historiadores, por cuanto que la demarcación que se establece para la expansión de ambos reinos es un tanto imprecisa. Aparentemente, las zonas de influencia quedan claras: Canarias para Castilla y todas las tierras e islas arriba citadas para Portugal. Pero el problema surge cuando se habla de las tierras “que se fallare descobrir o conquerir”, ya que el límite que se establece es que más allá de las islas y tierras de dominio portugués, es decir, “de las islas Canarias para bajo contra Guinea”, todo lo que se descubriese sería de jurisdicción portuguesa. Eso significa que toda la costa africano-atlántica quedaría reservada para el reino de Portugal y que todas las islas del mar Atlántico que se descubriesen al sur de Canarias también serían de jurisdicción portuguesa. Evidentemente, hacia el Oeste, el tratado no establece ningún tipo de reparto, dado que se desconocía la existencia de tierras hacia dicha dirección; esto significa, que el mar Atlántico en esa dirección queda como una especie de res nullius, una tierra de nadie sobre la que no se establece ningún tipo de reparto. Sin embargo, algunos autores, consideran, a partir de la tesis de Giménez Fernández2, que en este tratado, el Atlántico queda bajo jurisdicción portuguesa y que las reticencias de Isabel respecto al proyecto de Colón de alcanzar las Indias por el oeste radican precisamente en el reconocimiento, por parte de Isabel, de dicha jurisdicción.
    
     Podríamos concluir, por tanto, afirmando que el descubrimiento de América queda fuera de lo pactado en el tratado de Alcaçovas y que, si bien en un principio dicho tratado era sumamente favorable a la Corona portuguesa, el azar y la falta de una delimitación geográfica más detallada, fruto del desconocimiento de la configuración real del Atlántico y del hecho de que Alcaçovas no deja de ser un tratado de paz, hicieron inclinar la balanza del dominio del Atlántico occidental en favor de Castilla.
    
    
    
1 Pérez Embid, F. Los descubrimientos en el Atlántico y la rivalidad castellano-portuguesa hasta el Tratado de Tordesillas. Sevilla , 1948
2 Giménez Fernández, Manuel. Las bulas alejandrinas de 1493 referentes a Indias. Sevilla, 1493