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Historia: La sociedad andaluza a las puertas del descubrimiento de América

Escrito por Álvaro J. Navarro.

La sociedad andaluza a las puertas del descubrimiento de América
 

 
  
   En torno a 1492, fecha en el que se produce el descubrimiento de América, del Nuevo Mundo, encontraremos en nuestra tierra una sociedad con los moldes castellanos y europeos pero que por sus circunstancias particulares permitía que las limitaciones entre grupos y estamentos no fuesen demasiado rígidas, y que fuera una realidad la comunicación entre los mismos. Las posibilidades que la guerra y las operaciones exteriores, el comercio exterior y el abastecimiento a las ciudades a nobles, comerciantes, especuladores, oligarcas, vecinos pequeños y medianos poseedores de tierras y a los artesanos, permite la proliferación de gente nueva.
  
    La alta nobleza andaluza está compuesta por varios linajes dueños de extensos estados señoriales, que han sabido adaptar la extracción de rentas a las nuevas realidades económicas y que controlan indirectamente las principales ciudades de la región por medio del desempeño de los más altos oficios concejiles y de los acostamientos y clientelismos generados con el segundo escalón de esta nobleza. Este último se identifica con las aristocracias urbanas y presenta una gran vitalidad. La nobleza tiene como razón de ser de su existencia y como fuente de prestigio y poder la guerra. Por ello, la nobleza andaluza vive, en la época que estamos estudiando en esta obra (siglos XIII-XV), un período lleno de posibilidades: la frontera, la guerra con Granada, la conquista de Canarias y las expediciones al norte de África, le ofrecen, junto a también soldados de fortuna, amplias oportunidades para hacerse un nombre y encumbrarse socialmente. Ahora bien, la importancia de las ciudades andaluzas para la monarquía motivará que ésta premie a sus fieles con cargos en ellas, como le sucede a Juan Pacheco en Sevilla.

    También debemos destacar como, a nivel inferior, la promoción de gente nueva es muy importante en el siglo XV. Este es el caso de las llamadas oligarquías urbanas, que mantendrán una estrecha vinculación con la alta nobleza en actividades mercantiles y en la preocupación por controlar las rentas que éstas generan. En estas aristocracias urbanas de caballeros se observa cada vez más una cierta mentalidad empresarial, pues gestionarán sus tierras desde unos criterios de modernidad desconocidos para el resto de la Corona de Castilla; así, por ejemplo, un número importante aparece como exportadores directos de sus productos, unos fletando barcos y otros directamente teniéndolos en propiedad.    

    Otro sector social sería el que se identifica como los medianos y menudos, a los cuales, no pudiendo encuadrar dentro de la aristocracia, tampoco se le puede considerar como miembros de grupos con recursos escasos. Este sector esta integrado por los mercaderes, es decir, traperos, cambiadores, comerciantes, arrendadores de rentas, y también por otros como escribanos públicos o reales, hombres del derecho o la medicina, contadores, etc. Esto sería en el ámbito urbano. En el rural, estos grupos intermedios habría que ligarlos a la explotación de las tierras cerealeras, en su condición de arrendatarios de las mismas, o menor medida, como propietarios de olivares o de viñedos y como ganaderos. Tanto unos como otros, en las poblaciones de menor rango, conforman la élite local. Cuando pueden, los miembros de este segmento intermedio de la población intentan engrosar las filas de las respectivas aristocracias locales. Los que no lo consiguen tratan de buscar otras alternativas, como engrosar en colectivos que, sin tener un reconocimiento social, disfrutan de beneficios fiscales. Así entrarán en la categoría de francos muchos ricos, mediante la compra de esta condición.

    En las ciudades más importantes, la mayor parte de su población está encuadrada en actividades de transformación y de servicios. La actividad económica aparece estrechamente mediatizada por los concejos. Unos de los instrumentos empleados es el encuadramiento de la mayor parte de los agentes económicos en corporaciones de oficios. A lo largo del XV, crecerá el número de oficios con autoridades propias y el de reglamentaciones específicas para cada especialidad, consecuencia del proceso de diversificación y especialización característico de este momento.

    Pero si bien el desarrollo económico que se detecta en Andalucía va a diversificar los sectores económicos que en ella se encuentran, también va a contribuir al aumento de las diferencias sociales. Los datos de los padrones fiscales ponen de relieve que la inmensa mayoría de la población laboral se corresponde con niveles de pobreza fiscal y de subsistencia.

    En el ámbito rural, se irá abriendo paso a la figura del jornalero moderno, aunque no podemos dejar de mencionar la también existencia de un grupo de campesinos que vivirán bordeando el umbral de la pobreza y que ha estudiado perfectamente Mercedes Borrero Fernández, sobre todo para el caso del Aljarafe: aquéllos que son propietarios de pequeñas terrenos donde se cultivan viñas y que complementan su renta con el trabajo en grandes propiedades, sobre todo del olivar, y que conformar lo que se ha venido a denominar el minifundio funcional.
    Las instituciones eclesiásticas andaluzas desarrollarán un cierto auge que se fundamenta en un incremento demográfico de la sociedad andaluza y en el propio crecimiento económico de la región.
   
    En cuanto a las minorías, la complejidad de la sociedad andaluza se ve reforzada por la existencia de unos grupos minoritarios sobre los que pesa el estigma de algún tipo de marginalidad. Muchos de los pobres que apenas tendrán un trabajo para subsistir acabarán en la delincuencia o en la prostitución.
    Pero también nos encontramos en Andalucía otras minorías cuya marginalidad responde a aspectos religiosos o jurídicos. Éste será el caso de mudéjares, contingente bastante reducido dedicado de forma modesta a la agricultura, construcción, al sector del barro y, en menor medida, al de la artesanía del metal, y al que en 1502 se le obliga a convertirse o emigrar;  judíos, cuya decadencia se inicia desde el famoso ataque que sufrió la comunidad en 1391, y que se dedican, fundamentalmente a actividades artesanales (sobre todo confección) y al comercio medio o pequeño, aunque pueda haber algún financiero y algún que otro cambiador, y que la Inquisición obligará a convertirse al cristianismo o emigrar desde 1483 en Sevilla y Córdoba y desde 1492 en Jaén; conversos, que una vez superada la barrera religiosa mantienen el desarrollo de sus actividades, la mayoría artesanales, aunque también un grupo realizará actividades relacionadas con las finanzas, pero que sufrirán la convulsión, represalias y privaciones a las que les someterá el tribunal de la Inquisición desde finales de 1480; y esclavos, dedicados fundamentalmente al servicio doméstico y que, más que nada, ejercen una función social, pues su mera posesión suponía un mayor estatus social para su dueño.

     Por último, finalizaremos con una idea muy clara que se observa a lo largo de la lectura de todos los artículos que hemos ido publicando sobre Andalucía, sobre nuestra tierra en la Edad Media, más concretamente en la Baja Edad Media, a finales del siglo XV, y está no es otra que la primacía, la importancia, que va a desarrollar Andalucía, ya bien desde el punto de vista nacional para Castilla como frontera con fundamentalmente con el Islam o internacional como centro mercantil, financiero, comercial y empresarial para Europa, es innegable. Por tanto, y como cierre, debemos afirmar como sociedad andaluza experimentará todo un protagonismo de primera fila que colocará a nuestra tierra como una de las regiones más punteras del momento, no a sólo a nivel peninsular, sino, también, mundial; lo cual puede hacer comprender perfectamente cómo el protagonismo de la Península Ibérica y más concretamente de Andalucía en el descubrimiento de América no fue una mera casualidad.