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Historia: El Príncipe de Maquiavelo II

Escrito por Álvaro J. Navarro.

El Príncipe de Maquiavelo II

 

    La segunda parte está dedicada, como hemos comentado, al ejército. Nuestro autor distingue entre ejércitos propios, mercenarios, auxiliares o mixtos. El autor define a las tropas propias como las mejores, describiendo a las mercenarias y las auxiliares como inútiles, perjudiciales y dañinas para quien las usa.

    La tercera y última parte trata sobre las distintas cualidades que debe reunir un príncipe.

 

    Y en el primer capítulo de esta tercera parte que hemos diferenciado en la obra, que es el número quince del total, Maquiavelo nos muestra una de las características de su pensamiento que nos hizo afirmar, no hace mucho, que este florentino no representa en toda regla al modelo ideal humanista, sino más bien su epílogo. Ésta no es otra que su concepto de hombre. El humanismo presenta una concepción positiva, buena, del hombre. Sin embargo, Maquiavelo define la necesidad de que el príncipe aprenda a no ser bueno. Esto se debe a que, según nuestro autor, la mayoría de los hombres no son buenos, pues un hombre que quiera hacer en todas partes profesión de bueno se hunde entre tantos que no lo son.

 

    Y es que estamos en un momento en el que los humanistas, aquéllos que pretendían devolver al hombre su posición de primacía con respecto a Dios y a la religión, después de que las antiguas repúblicas italianas se hayan convertido en signorias y hayan evolucionado a principados, han sido vencidos por este despotismo de los príncipes italianos, y se repliegan cada vez más, realizando cada vez menos propuestas innovadoras y atrevidas. Y esto conformará un cambio sustancial en su discurso político, pues la atención se volcará más en el gobierno que en el ciudadano, no como había ocurrido en tiempos anteriores, como en la época de apogeo del humanismo cívico-republicano florentino, donde la importancia fundamental se centra en la formación de buenos ciudadanos al servicio de la comunidad, pues se entendía que los políticos no eran otra cosa que resultado de la comunidad, de la sociedad en la que se insertaban. Y ahora la situación torna en un apoyo implícito al príncipe. Pues, los humanistas llegan a un convencimiento muy antiguo, aquél que viene a significar que sino se puede cambiar un gobierno, al menos, hay que intentar que se mejore. Es decir, si no puede gobernar el filósofo, como afirmó Platón, que el que gobierna lo sea.

 

    Y se pondrá de moda la realización de Espejos de príncipes, algo así como un retrato ideal de un príncipe en el que se abordan cuestiones como su educación, su formación ideal, sus compañías, etc., tipo de obra de la que este libro de Maquiavelo es uno de sus mejores paradigmas, además del único laico, que no le da un importancia primordial a la religión. Por eso afirmamos que Maquiavelo es más el epílogo del Humanismo que uno de sus arquetipos, porque el florentino es más la evolución final de esta corriente intelectual, aunque entendamos esta obra como la reprimenda que fue a al príncipe Lorenzo de Médicis.  

 

      De hecho, continuando con la concepción de nuestro autor sobre el hombre, se nos muestra la necesidad incluso de realizar infamias, delitos, etc., todo ello encauzado desde la practicidad de conseguir llevar a cabo todos los objetivos del gobierno y salvar al estado y su situación en el poder. Esta es la idea, creemos entender, que recoge el antiguo dicho popular piensa mal y acertarás, en el que se parte de una concepción negativa del hombre y de la idea de que un hombre que no actúe bajo esa concepción y pretenda ser bueno está condenado a fracasar. Algo, que si llevamos a la condición de príncipe, traería como consecuencia la pérdida de su estado, la pérdida del poder.

      A partir del capítulo siguiente al anterior, observamos, en los diferentes comentarios de Maquiavelo, la introducción de una importante idea que hoy en día es fundamental para cualquier político y gobernante. Y ésta no es otra que la apariencia. Lo que el gobernante debe parecer hacia el pueblo, hacia fuera. Es decir, podemos confirmar a Maquiavelo como uno de los primeros autores que introduce el concepto de propaganda como una de las obligaciones que debe de llevar a cabo alguien que ostente o pretenda ostentar el poder. Y una de estas prácticas que de cara al público, al pueblo, hacia fuera, el príncipe no debe despreciar, es aquélla que se refiere a lo que nuestro autor denomina la liberalidad.  Porque esa liberalidad, que intuimos que puede ser algo parecido a dejar actuar, dejar hacer y llevar una vida sin recatos, sin limitaciones, etc., genera el desprecio y el odio de los súbditos. Y  se comenta sobre la apariencia que debe tener hacia el pueblo afirmándose cómo es preferible tener una fama de carácter negativo pero que infunda respeto o, como afirma nuestro autor, una mala fama sin odio. Y para Maquiavelo, esto se consigue siendo mejor tacaño que liberal. 
     

      Otro consejo que Maquiavelo ofrece, en la línea que hemos comentado de cómo debe ser un príncipe, es aquél que se refiere a cuál debe de ser la consideración que debe forjarse un príncipe en torno a su bondad o, en palabras del florentino, a su piedad-crueldad. Y otra vez cobra extraordinaria importancia el papel de los súbditos, del pueblo. Pues es una pieza clave para evitar los desórdenes y para mantener a los súbditos fieles y unidos, que te consideren cruel. No que lo seas o no, sino que hagas lo necesario para que la masa lo considere así. Con esta idea, creemos, lo que se pretende es mantener a los súbditos, a la bestia que significa esta aplastante mayoría, adormecida, tranquila y favorable. Se afirma incluso que la crueldad redunda finalmente en el bien de la mayoría, pues evita desórdenes que su vez generarían más conflictos. Y aún más, pues ante la pregunta que titula el capítulo, afirma, que aunque el ideal sería lo que Aristóteles denominó el justo medio entre el amor y el temor que debe infundar un mandatario, la cruda realidad del hombre obliga a éste a tener que ser mejor temido que amado; volviendo a enfatizar su concepto negativo del ser humano, pues confiesa que los hombres son ingratos, inconscientes, falsos y fingidores, cobardes ante el peligro y ávidos de riqueza. Porque el amor, como la palabra, es fácil de obviar, pero el miedo siempre perdura. Pero, por supuesto, este temor que debe generar el monarca ante su pueblo nunca debe provocar la ira del mismo, y, por ello, otro valuarte fundamental de su gobierno debe ser su prudencia. Temor sin ira, o como dijimos antes, mala fama sin odio, puede conseguirse perfectamente, según Maquiavelo, mientras que éste no toque ni las posesiones ni a las mujeres de sus súbditos, porque los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.
     

 

      En otro apartado del libro, Maquiavelo insiste de nuevo en su concepto de hombre malvado y en la importancia de la imagen que debe mostrar el príncipe.

 

      El concepto de hombre malvado aparece, en esta ocasión, a colación de la importancia que debe otorgarle el príncipe a la palabra dada. No es raro suponer, conociendo ya la idea de hombre de nuestro autor, que éste opte por aconsejar que se le dé poca importancia a la palabra y mucha a la astucia e incluso a la mentira, con el único fin de llegar al éxito sea como fuere. Aquí, nos aparece, entre líneas, otra idea relacionada con este concepto de hombre malvado y que es una continuidad natural a dicho pensamiento. Tal idea consistiría en que la propia naturaleza malévola del hombre, que es la que los hace ser malos al fin y a la postre, obligaría a éstos, a su vez, a ser peores, con el objetivo de no sucumbir ante la maldad del resto. Es decir, que la propia maldad del hombre engendraría que aquellos que no fuesen los más malos oscilaran entre la duda de ser menos malos y ser considerados estúpidos; o ser más malvados y así evitar sufrir el atropello de los demás y, con ello, ser precavidos y astutos. Así, se iguala la bondad con la estupidez y la falta de previsión, y la maldad con la astucia, la inteligencia, etc. Y, por tanto, se ofrece un planteamiento vital en el que no hay término medio entre la maldad y la estupidez; es decir, en el que se es malo o en el que se es tonto.
     

 

    En cuanto a la imagen que debe mantener el príncipe, se profundiza en torno a las ideas que han ido surgiendo a lo largo de este comentario sobre la obra. Así, se afirma que no es tan necesario que un príncipe reúna todas las cualidades como que parezca que las reúne. Y se le vuelve a dar una importancia capital al pueblo como objetivo fundamental del engaño, pues es él quien verdaderamente da y mantiene el poder, dado su mayor número en cantidad. Y no así las minorías, que no tienen nada que hacer ante el aplastante poder de la mayoría, es decir, del pueblo. De hecho, el mejor antídoto contra cualquier conjura en contra del príncipe no es otra que evitar el odio de las masas, situación que nuestro autor llegará a definir como la mejor de todas las fortalezas. Y esto se consigue no tanto con hechos, sino con la consecución del reconocimiento por parte del pueblo. Y este objetivo lo alcanzará el príncipe cuando se observen en él grandeza, valor, prudencia y fortaleza; y no si se le considera inestable, superficial, afeminado, pusilánime e indeciso. También destacan como acciones que evitan el desprecio de las masas, aquellas en las que el príncipe deja observar una cierta preocupación por sus súbditos, tratando de fomentar las virtudes (dando acogida a hombres virtuosos), tratando de fomentar las distintas actividades económicas practicadas por los hombres, como la agricultura, el comercio o el trabajo artesano dividido en gremios y corporaciones; y, también, no olvidándose del entretenimiento de éstos mediante fiestas y espectáculos.  Aunque no hay nada mejor para conseguir el beneplácito de las masas, según nuestro autor, que el prestigio que debe observarse en un príncipe, algo que se consigue fundamentalmente dando singular ejemplo y afrontando grandes empresas.

      Y que el príncipe parezca que posee las cualidades se erige como más fundamental, incluso, que la verdadera ostentación de las mismas por su parte. Porque para el mantenimiento del estado es muy usual que éste tenga que actuar contra la lealtad, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión, según Maquiavelo. Aquí incluso se deja entrever esa idea del fin justificador de los medios utilizados que se le ha atribuido asiduamente a nuestro autor, pues llega a afirmar que, mientras se conserve el estado (que sería el fin), los medios utilizados siempre serían bien vistos: Haga, pues, el príncipe lo necesario para vencer y mantener el estado, y los medios que utilice siempre serán considerados honrados y serán alabados por todos.

 

      Nosotros creemos que aquí en lo que se redunda es más en la practicidad que debe tener un gobernante que en la justificación del todo por el todo. Pues a lo largo de la obra, Maquiavelo también afirma que una cosa es obtener el poder y otra la gloria. Esto lo realiza a la hora de enjuiciar la acción política de Agatocles de Siracusa, cuyas acciones políticas no califica de virtuosas por el hecho de matar a amigos, ciudadanos y actuar no teniendo ni palabra, ni piedad, ni religión. De hecho, afirma que por esta circunstancia de realizar tantos crímenes, no se le puede colocar entre los llamados grandes hombres. Y si continuara con el razonamiento del todo por el todo, en el que el fin justificaría los medios, pensamos, no plantearía este matiz diferenciador entre poder y gloria para calificar a Agatocles, pues afirmaría entonces algo así como que si actuando como lo había hecho este príncipe, había mantenido el poder, todo lo que hizo estuvo bien hecho. Y así, por ello nos decantamos más por pensar que lo que pretende Maquiavelo es transmitir, más que nada, una idea muy práctica de lo que son las tareas de gobierno, y no con ese archiconocido sentido negativo maquiavélico en el que todo vale y en el que todo se calcula fríamente, que tradicionalmente se le ha otorgado al pensamiento político de nuestro protagonista florentino y que ha hecho correr ríos y ríos de tinta. De hecho, la teoría política de la Contrarreforma se planteará como una política antimaquiaveliana, por esta atribución debido a la escasa importancia que en este ideal de lo que debería ser un príncipe (que es esta obra) se le otorga a la religión. Y, sin embargo, en la práctica, los grandes monarcas de la época como Francisco I, Felipe II, Enrique VIII, gobernarán realmente siguiendo los preceptos prácticos de Maquiavelo, aunque oficialmente la teoría del florentino sea excomulgada y marginada. Y el cúlmen y mejor ejemplo de esta verdadera actuación de los grandes ostentadores del poder según los preceptos maquiavélicos, no es otro que la firma de la Paz de Westfalia de 1648, en la que los príncipes europeos firman el fin de la guerra en contra del Papa, y en el que demuestran ser antes príncipes políticos, que príncipes cristianos.
   

 

    Además,  se introduce otro argumento que no puede estar de más actualidad hoy en día y que no es otro que el de hasta qué punto el pueblo sabe y es consciente de lo que apoya y decide. Maquiavelo afirma que el pueblo o vulgo, según sus propias palabras, siempre se deja llevar por la apariencia y por el éxito del acontecimiento, algo que traído a nuestro mundo actual entraría en el debate sobre la manipulación a las masas aprovechando su nivel medio de conocimiento que continuamente surge en cada elección electoral y en el que se cuestiona el papel decisivo de las masas en el devenir de los estados. Pues para unos, el sufragio electoral universal no es más que la obligada extensión de unos derechos universales, que todos los seres humanos debemos ostentar por el mero hecho de ser seres humanos. Y, sin embargo, para otros, los sistemas democráticos no serían los sistemas más buenos de organización del poder, pero sí los menos malos, pues cuestionan no el poder de la masa, de la cantidad, sino la cualidad o capacidad real de la misma para poder elegir verdaderamente al mejor individuo o equipo para desarrollar las tareas de gobierno, preguntándose si realmente la masa elige a los mejores o a los que son más hábiles y manipuladores en la transmisión del mensaje electoral, en un interesantísimo y enriquecedor debate en el que han ido apareciendo distintos conceptos como el introducido por Leibtalmon de democracia totalitaria, pero en el que no estamos en condiciones de continuar profundizando ni por formación, ni por la idoneidad del momento ni del lugar.