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Historia: La crisis del Pontificado en la baja Edad Media

Escrito por Luis de las Heras.

La crisis del Pontificado en la baja Edad Media
    

 

     Los años de la transición del siglo XIII al XIV tienen dos claros protagonistas en la escena política europea: el Papa Bonifacio VIII y el rey francés Felipe IV. Las relaciones entre ambos y las tensiones y acontecimientos que se suceden en esos años, abren una nueva etapa en las relaciones entre pontificado y poderes políticos y el fracaso de las posturas teocráticas, que verán perder su preeminencia a lo largo de las dos centurias posteriores. Sin exagerar el alcance de los hechos, lo cierto es q el papado cayó en una crisis de la que logrará salir, al menos en parte, en el siglo XV. Asistimos en esta época a la adaptación de las estructuras e instituciones administrativas de la Santa Sede, a la pérdida de la hegemonía de los papas, que deberán ceder terreno y concesiones ante los movimientos conciliaristas, al traslado de la Santa Sede a una pequeña ciudad francesa o al cisma de la Iglesia latina. Los contemporáneos a estos acontecimientos son conscientes de que están asistiendo, si no a una crisis del pontificado, lo cual matizaremos a continuación, al menos sí a la profundas transformaciones en el gobierno de la Iglesia.

 

    
     Es imposible intentar un acercamiento a la Iglesia bajomedieval sin pararse antes en la figura de Bonifacio VIII y su querella con el rey francés. El enfrentamiento entre ambos personalidades tiene dos fechas claves: en 1296 el rey francés pretende imponer contribuciones a los clérigos de su país y en 1301 los tribunales regios juzgaron a un obispo. Más allá de estos dos momentos, el problema se desarrolló en términos jurídicos: el Papa consideró que ningún seglar podía hacer lo que el monarca francés estaba haciendo y Felipe acusó a Bonifacio de intromisión política e incluso de hereje y usurpador. Ese mismo año, la Santa Sede publica la célebre bula Unam Sanctam, que exponía la doctrina teocrática y la autoridad pontificia en los términos más tajantes y excomulgaba al rey francés. La reacción de Felipe IV fue intentar llevar al Papa ante un concilio nacional francés, pero el llamado “atentado de Anagni” fracasó. La muerte inmediata de Bonifacio no cerró la querella.
    

     Tras el breve pontificado de Benedicto XI, Clemente V, de origen francés, intentó esquivar nuevos choques y salvar la situación ante las exigencias de Felipe IV de que se declarase la culpa del difunto. En esta perspectiva llega un nuevo roce entre la jurisdicción regia y la eclesiástica: en 1307, Felipe IV ordena la prisión para todos los templarios franceses, acusándolos de blasfemias, sodomía, ocultismo e incluso herejía. Justificando su acción como defensor de la fe, ocupó todas las tierras y rentas del Temple y ejecutó en la hoguera a 54 templarios, ignorando la reclamación pontificia de que el caso pasara a fuero eclesiástico. De manera paralela, Clemente V exculpó al monarca de ninguna culpa en el enfrentamiento contra Bonifacio, aunque nunca condenó al pontífice muerto. En 1314 mueren ambos personajes y se cierra así el trágico episodio: la razón de Estado, la debilidad pontificia y la diplomacia prevalecieron sobre la justicia o la búsqueda de la verdad.
    

     Desde 1309, el Papa Clemente V se instala en Avignon, situación que se mantendrá hasta el regreso a Roma de Gregorio XI en 1377, pues la situación de inestabilidad política en Italia, con nuevos brotes gibelinos y una guerra contra Venecia, obligó a abandonar Roma. La elección de Avignon como sede temporal se debió  a asuntos prácticos: allí existía una importante residencia pontificia y estaba muy bien comunicado con los principales poderes políticos europeos. Durante este período, el papado sufrió un notable proceso de afrancesamiento, llegando a ocupar el pontificado 5 papas del sur de Francia de manera consecutiva.  Por otro lado, la época avignonense fue fructífera en diferentes aspectos de la organización administrativa de la Iglesia latina, dándose una centralización y perfeccionamiento evidentes del gobierno pontificio. Se desarrolló notablemente la Cámara Apostólica, órgano hacendístico papal, ante el incremento de los gastos pero también de las fuentes de ingreso. En el ámbito judicial, las innovaciones también fueron notables, aumentándose el número de tribunales, regulándose las funciones de algunos anteriores y desarrollándose el derecho canónigo.
    

     Este período de exilio, aunque de importante desarrollo y maduración política y administrativa para la Iglesia Romana, terminó en 1377, para comenzar al año siguiente el llamado cisma de occidente, con la doble elección de Urbano VI como pontífice en Roma y la de Clemente VII en Avignon, ambas por el colegio cardenalicio. Esta división en la Iglesia latina no concluirá hasta 1422 y arrastró a la división de todas las instituciones eclesiásticas y poderes seculares a favor de uno u otro pontífice. El conjunto de los poderes europeos estimaba que la situación era escandalosa y que implicaba serios riesgos, por lo que debía terminar cuanto antes. Sin embargo, a pesar de los sucesivos intentos por conseguirlo, la intransigencia de los titulares de ambas sedes hicieron fracasar dichos intentos.

 

En 1409 los cardenales de ambas sedes convocaron un concilio universal en Pisa, para resolver la situación. Esta solución se encuadra dentro del movimiento conciliarista, que nació como reacción a la autocracia pontificia y que declaraba que la potestad máxima pertenecía a la Iglesia como congregación de fieles, que la delegada en el Papa. De este pensamiento conciliarista se deriva que si la actitud pontificia ponía en peligro el bien de la Iglesia, como era el caso, ésta podía suspenderlo y el concilio universal sería el órgano adecuado de gobierno. La situación tampoco se logró salvar de esta manera, pues se nombró un nuevo Papa sin que los dos anteriores abandonaran sus sedes, pues contaban con importantes apoyos políticos, por lo que convivieron tres papas. Sólo cabía ya una solución: el emperador Segismundo debió arbitrar la cuestión a la cabeza del concilio. En el concilio de Constanza, en1414, se forzó la dimisión de los tres papas y se proclamó nuevo pontífice a Martín V, con cierto consenso entre las principales naciones europeas, aunque hasta la muerte de Benedicto XIII en 1423, no se considera terminado el cisma en sus aspectos jurídicos. En esta reunión se proclamó también que el concilio universal recibía el poder del mismo Cristo y que incluso el Papa le debería obediencia. Así, si el concilio consiguió resolver la peligrosa situación, abrió una nueva contienda entre su propio poder y el de los papas; las tensiones entre ambos poderes les llevaron a posiciones conservadoras que aplazaron los necesarios intentos de reforma de las estructuras eclesiásticas, que demandaba la religiosidad cristiana de la época. A lo largo del siglo XV el fracaso de los intentos conciliaristas bajomedievales se hizo patente en diferentes ocasiones.
    

     Tras la fuerte crisis que el papado parecía haber superado y tras algunos pontificados que se opusieron fuertemente al movimiento conciliarista, los papas intentaron el camino de la concordia y el arbitraje entre los poderes políticos de la cristiandad como medio para sostener su prestigio e imagen. Cedieron parcelas de poder a las monarquías para no renunciar a su posición preeminente frente al conciliarismo. Así, la segunda mitad del siglo XV, se caracterizó por la cantidad de pactos entre pontificado y poderes laicos.
    

     Además de las grandes cuestiones que hemos intentado esbozar para la vida de la Iglesia en los siglos XIV y XV, ésta no se queda reducida a la lucha constante por el poder, sean cuales sean los contendientes. Así, en toda la Baja Edad Media, la idea de reforma fue constante, en relación con los evidentes defectos y crisis interna de la Iglesia. Sin embargo, no se puede decir que hubiera un programa global de reforma, sino más bien una multitud de intentos reformadores que provocaron un desgaste de energías tanto en uno como en otro bando. En el terreno del clero secular, los problemas eran tan evidentes como sorprendentes: entre el medio y bajo clero, eran muchos los que no tenían un mínimo de saberes teológicos o de conocimientos de latín, así como las situaciones de conducta irregular, tales como el concubinato, la práctica de juegos de azar o la escasez de práctica religiosa. La preocupación por la formación del sacerdocio llega a su punto álgido en la Baja Edad Media y el número de curas con estudios universitarios creció. Además, la clave de la reforma parecía pasar por la elección de obispos capacitados y cumplidores de su oficio mediante la convocatoria de sínodos y visitas pastorales, aunque muchas veces las circunstancias de los nombramientos impedía tales condiciones: las elecciones se acompañaban de intrigas y promesas previas y muchos electores se relacionaban con los medios cortesanos y la alta nobleza laica. 
    

La situación del clero sometido a regla era algo diferente hacia el siglo XIV. Los movimientos de reforma surgieron de una manera espontánea en algunos monasterios, cuyos monjes querían volver a la primitiva austeridad. Estos movimientos reformadores se dieron en diferentes partes de Europa, aunque tuvieron más fuerza en lugares como Italia, Centroeuropa o la península Ibérica. En todas estas comunidades nuevas o reformadas, se impuso la “devotio moderna” en lo referente a silencio, meditación y oración personal. No es nuestro cometido entrar en un análisis exhaustivo del cauce histórico que tomaron las diferentes órdenes religiosas, aunque debemos decir algunas palabras. La reforma fue más tardía y difícil en los monasterios cistercienses y las órdenes mendicantes se sumergieron durante estos siglos en una crisis interna. El espíritu de pobreza se perdía y la vida en común se reducía mientras aumentaban los conflictos internos y los bienes de la orden. El caso más conocido será el de los franciscanos y la llamada “crisis de los espirituales. Estos problemas internos de los frailes franciscanos culminarán en una división definitiva de la orden en dos ramas con organización distinta en 1446, los “observantes” y “los conventuales”. Algo semejante ocurrirá con los dominicos, carmelitas o agustinos. Estas querellas y reformas entre los religiosos regulares, en especial en el caso de los frailes, dado su carácter urbano, tuvieron un eco sobre la religiosidad colectiva muy considerable, y dejan de ser meras cuestiones internas de cada orden, para influir y condicionar fuertemente las relaciones entre los grupos sociales y con las instituciones eclesiásticas. Un ejemplo claro puede ser la aparición de las comunidades de beguinas flamencas, que sin ser religiosas llevaban un estilo de vida apartado y semiconventual o la transformación de la “querella de los espirituales” en un asunto universal de la cristiandad.