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Historia: La domesticación animal durante el Neolítico

Escrito por Ángel Méndez.

La domesticación animal durante el Neolítico

 

 

      La domesticación animal está íntimamente relacionada con el inicio del Neolítico, aunque sigue entrañando misterios aún sin resolver. Sin duda, el precedente más antiguo del que se tiene referencia por la arqueología es el del perro, de ahí que reciba el justo título de mejor amigo del hombre. En concreto, el perro, especie doméstica que deriva del lobo, apareció ya en torno al 15.000 a.C. en yacimientos paleolíticos como el alemán de Oberkassel y el español de Erralla, en Guipúzcoa. No obstante, el significado a nivel económico y social de la primera domesticación fue limitado. Aunque el perro es un animal que sirvió de ayuda al cazador no se le considera, según muchos investigadores, la clave de la transformación en su modo de vida. Por lo tanto, estamos ante una excepción, pues dicha especie fue anterior al Neolítico cuando se empezó a domesticar. Sin embargo, las principales que determinaron un nuevo modo de producción son propias del Neolítico como veremos a continuación.


     
      Las especies que conformaron la base de la ganadería neolítica son la oveja y la cabra; de la primera se obtendría la lana y de la segunda la leche, además de ser un aporte importante en proteínas para las primeras comunidades neolíticas. Los ovicápridos, derivados respectivamente del muflón asiático y de una pequeña cabra montés, la cabra bezoar, se domesticaron a finales del IX milenio a.C. en las montañas que rodean Irak. Ya más complejo es conocer el origen de las otras dos especies básicas del Neolítico del Viejo Mundo (la vaca y el cerdo), por la dispersión geográfica de sus ancestros silvestres (el uro y el jabalí): casi toda Europa y Asia, además del norte de África.
     

      Resulta de un gran interés conocer los mecanismos que llevaron a la domesticación animal, aunque todavía no existen datos concluyentes; se supone que a través de la paciencia y de la convivencia con dichas especies empezaría un lento proceso de domesticación. Sin duda, es evidente que debe de haber contribuido la profunda interrelación existente entre los cazadores y sus presas, que a lo largo del paleolítico y del mesolítico nuestros antepasados irían conociendo mejor su idiosincrasia. Algunos ejemplos documentados, que estarían a medio camino entre la caza indiscriminada y la verdadera domesticación serían: desde la captura selectiva al mantenimiento en cautividad de crías durante largos períodos; la eliminación de maleza para que creciera el pasto; la práctica de dejar forraje a los animales salvajes en época de escasez.
     

      No hay duda de que estas actividades facilitaron el camino hacia la domesticación por parte del cazador respecto a sus presas, hasta llegar al umbral crítico en el que convivirían con el ser humano y se reproducirían bajo su control. Tanto es así, que según estudios anatómicos, se produjeron cambios en los esqueletos de dichas especies en un sólo o dos siglos, dependiendo de la especie en cuestión.
     

      Una vez analizado el proceso de domesticación, abordaremos las relaciones de afecto y de servicio entre el hombre y los animales, que sigue vigente hoy en día. Las sociedades humanas han tenido siempre una profunda y estrecha interrelación con los animales. Los grupos de cazadores-recolectores en el camino hacia el establecimiento de las sociedades productoras tuvieron que decidir no cazar determinados animales con el fin de domesticarlos. Con los siguientes ejemplos, quizás podamos ilustrar de forma más visual como los animales desempeñan un papel crucial en el pensamiento de los grupos de cazadores: en el arte paleolítico o el totemismo el animal adquiere un significado simbólico para gran parte de la sociedad, y según algunos arqueólogos hasta se convierte en un antepasado mítico.

 

      No es casualidad que muchas comunidades humanas decidan mantener bajo su seno animales sin ninguna utilidad práctica desde un punto de vista de la alimentición, y lleguen a sentir por ellos afectos. Incluso, en yacimientos neolíticos se han documentado enterramientos donde aparecen seres humanos con perros, lo que denota un grado de interrelación tan profunda. Los lazos se acentúan cuando el cazador se convierte en ganadero y los animales pasan a convivir con ellos en el mismo poblado, y en algunas sociedades hasta en las mismas viviendas. Desde un punto de vista antropológico, la domesticación se puede ver como un proceso por el cual los animales se integran en la propia vida de la sociedad humana. Además, un dato significativo para comprender mejor esta realidad, se refiere a que las sociedades neolíticas domesticaron un número limitado de especies animales que estaban preadaptadas por sus cualidades propias.

 

    
      Para finalizar, según la arqueozoóloga británica Juliet Clutton-Brock, una especie de mamífero sólo puede convertirse en doméstica si es capaz de adaptarse a vivir y reproducirse aislada dentro del sistema social humano; esto significa que de forma natural debe conformarse aproximadamente al mismo tipo de sociedad.

 

      MÁS INFORMACIÓN

Arias Cabal, Pablo; Armendáriz Gutiérrez, Ángel. Historia de la Humanidad. El Neolítico. Madrid: Arlanza Ediciones, S.A., 2000.
Clutton-Brock, Juliet. A Natural History of Domesticated Mammals. Cambrigde: Cambrigde University Press, 1987.
Pérez Ripoll, Manuel. “El proceso de domesticación animal en el Próximo Oriente: planteamiento y evolución”. Archivo de Prehistoria Levantina, Vol. 24. Valencia: Diputación de Valencia, 2001, págs. 65-96.