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Entrevista con Carlos Iglesias, Director de Cine y Actor

“Nosotros no éramos señores. Éramos un país casposo y gris, marcado por la brutalidad de una Dictadura cruel”

 

Sobrepasa la sala de bóvedas de la Casa de la Cultura de Lebrija y, ya en el patio, saluda a uno de los trabajadores de la dependencia. “Verás cómo te voy a poner esto de gotéele”, bromea. Carlos Iglesias no viene a Lebrija a hacer reír con el personaje de “Manos a la obra” por el que es archiconocido. Pero los buenos profesionales saben distinguir qué se espera de ellos. Eso, y que Iglesias tiene un gran sentido del humor y sabe sacar una carcajada – que es, por otro lado, mucho más complicado que arrancar una lágrima. Más de ciento treinta episodios en prime time y un personaje entrañable le dieron – además de muchos buenos ratos en el rodaje – la oportunidad de “alimentar a mi familia y llevar a cabo mis sueños”. Su historia personal había sido la de un niño hijo de emigrantes en Suiza, despegado sin su permiso de Madrid a los cinco años; arrancado más tarde de los maravillosos bosques y ríos del paisaje idílico de Suiza, ya a los doce. “En ningún momento me preguntaron qué quería yo”, explica. Esa, la que reflejó magistralmente Carlos Iglesias en 2006 con “Un franco, 14 pesetas”, es la historia de miles de españoles, de miles de andaluces que, a lo largo de los años 60, buscaban una nueva esperanza y dejaban atrás a una España querida, sí, pero también, un país “gris, casposo”, preso de una Dictadura represora y marcada por el hambre.  Cuatro años después de su primer largometraje, Iglesias ha vuelto – “porque es muy higiénico e importante recordar” – sobre la cuestión de la inmigración, a través de un documental – 1 euro, 3,60 lei – con el que propone una reflexión sobre la visión actual de los españoles en referencia a los inmigrantes rumanos. Y ha vuelto a tocar nuestra fibra sensible.

 

carlos_iglesias_en_casa_cultura_lebrija.jpgA mucha gente sorprendió – tras verle en Manos a la Obra – su papel en Un Franco, 14 pesetas, y su trabajo como director…

Con Manos a la obra o cuando hice El Missisipi, disfruté mucho del trabajo, no cabe duda, y sobre todo, esos papeles son los que te permiten llevar a cabo sueños. Hay historias profundas que quieres contar, y un trabajo en televisión como fue éste me lo permitió. Es muy difícil hacer cine en este país, a mí siendo quien soy, me ha costado cuatro años. Con lo cual, si no tienes los riñones cubiertos con un trabajo que te permita vivir y mantener a tu familia, es muy complicado.

 

Lógicamente su papel como Benito te ha dado mucho

Muchísimo. A mí cuando me dicen “a lo mejor no quieres hablar de Benito o Pepelu…” y yo digo “¿por qué?”. Todo lo contrario. Me he divertido mucho haciendo ese papel, me he reído como nunca en la vida, y he hecho reír a muchísima gente de esta España querida nuestra. Y me ha dado un dinero que me ha permitido hacer muchas cosas, ¡qué quieres que te diga chica!

 

¿Hacer humor es lo más serio que un actor puede hacer?

Es lo más complejo. Eso muy poca gente lo sabe, y piensa que hacer reír es lo más fácil del mundo. Y sobre todo, cuando es cada jueves cuando lo tienes que hacer, es aún más difícil y complicado. Sin embargo hacer llorar es bastante más sencillo. Lo que pasa es que tienen distintas consideración ambas sensaciones; es decir, para el gran público, cualquier cosa que les conmueva el corazón, se valora mucho. Y lo que hace reír, es como más de “andar por casa”.

 

¿Siguen llamándole Benito por la calle?

"El personaje de Benito en Manos a la obra, me ha permitido desarrollar mis sueños" 

Sí, “mira Benito, mira Pepelu…”. Cualquier trabajo en televisión tiene mucha más trascendencia que cualquier película, por muy bien que haya ido en los cines, porque durante cuatro años me estuvo viendo una media de cuatro millones de espectadores en horario de máxima audiencia. Y encima Antena 3 lo sigue reponiendo, creo que ya va por la octava reposición…imagínate. De vez me conmueve ver a chavales que ni siquiera habían nacido cuando acabamos la serie, y me dicen “¡Ey Benito!”. “Pero mocoso, ¡¿y tú de qué me conoces?!”

 

1 euro, 3,60 lei surge de una campaña del Gobierno de Rumanía, ¿cómo arranca esa colaboración?

Sí, fue una Campaña desarrollada en España y en Italia. En Italia no sé cómo la han enfocado, pero en España, yo había presentado la película primera en Bucarest. Les gustó mucho, y pensaron en mi equipo para acometer esa campaña sobre inmigrantes rumanos en España. La única condición por mi parte fue que me dejaran contar la historia a mi modo, son instrucciones, y así empezamos. Comencé a contactar con gente rumana, a entrevistarlos, a preguntarles por qué emigraron a España, cómo había sido ese “viaje”… y más tarde viajé a Rumanía a conocer la realidad del país.

 

Y contaste la historia intercalándola con momentos de “Un franco, 14 pesetas”, demostrando lo poco que ha cambiado todo.

Para dar a entender que nosotros, lo que ahora somos sus patronos, tuvimos las mismas circunstancias que ellos, porque yo creo que eso es elegante, en el sentido de que no hay nada de qué avergonzarse y yo creo que mirarnos en los inmigrantes como quien se mira en un espejo es muy higiénico y muy necesario. Y así se lo tomaron ellos. Me agradecieron mucho ese enfoque: presentar la historia de los rumanos haciendo un paralelismo con lo que habíamos vivido los españoles.

 

El pueblo rumano está especialmente denostado por los medios de comunicación españoles

No cabe duda. Primero porque son muchos. Más de 700.000 en España. Sólo en Alcorcón, el 20% de la población es rumana: tienen sus propias iglesias, comercios, comunidades…Es una pequeña Rumanía dentro de la Comunidad de Madrid, y la verdad es que ocurre dos cosas con los rumanos: los que los conocen sólo por los medios, hablan fatal de ellos; y lo que los conocen en persona, hablan maravillas, que son muy buenos trabajadores, que se adaptan muy bien, que aprender el idioma rápidamente y la ilusión tan grande que tienen con trabajar en España y labrarse un futuro con nosotros…

 

Ahora son ellos los españoles de entonces, y más, los andaluces de entonces…

"Rumanía vive hoy en condiciones de miseria peores que la España de los 60" (...) "Confío en que la CEE la ayude a despegar en seis o siete años"

El mundo ideal sería aquel en que uno sólo saliera de su país para hacer turismo. Pero tú y yo nos iremos sin conocerlo. Afortunadamente no siempre somos los mismos que salimos. Nosotros desde el XIX, hemos sido emigrantes, primero a América, más tarde a Centro Europa…Y no sé, si las cosas siguen tan mal como van, pues lo mismo tenemos que volver a hacerlo. Y en Andalucía más: los andaluces saben perfectamente de qué estamos hablando porque lo han vivido directamente.


 

¿Cómo es la Rumanía del siglo XXI?

La Rumanía de ahora es aún peor que la España de los 60, nosotros teníamos menos miseria de la que tienen ellos hoy. Es duro decirlo, pero es así. También es cierto, que en mucho menos de lo que nosotros necesitamos – y si la crisis no  lo altera todo – pueden arrancar. En circunstancias normales, creo que la Unión Europea hará que Rumanía sea lo que somos hoy aquí en seis o siete años.

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Muchas empresas españolas se están instalando en Rumanía, sobre todo del sector inmobiliario, que ya ha especulado aquí todo lo que ha podido y se va a la “conquista” de nuevos territorios…

Sí. La cuarta parte de la industria de la construcción en Rumanía está en manos de españoles. Especulando igual que han hecho aquí, destrozando por otro lado, todo lo que se encuentra a su paso. Para que te hagas una idea, Bucarest es un París en pequeño, lleno de palacetes, de construcciones Art Nouveau, con una gracia muy especial…Y claro, la necesidad que tiene el país está haciendo que se destruya patrimonio casi sin pararse a pensar en lo importante que es conservarlo. La CEE dio a Bucarest un listado de más de seiscientos edificios que había de ser protegidos por encima de todo, y sólo se han salvado sesenta. Los demás están en riesgo de ser tirados por la piqueta.

 

¿Cómo siente hoy todo lo que se habla sobre la inmigración teniendo en cuenta su experiencia personal como niño emigrante en Suiza?

 "Me sentí profundamente avergonzado de mi país al llegar a España, un sentimiento que luego he descubierto que era compartido por muchos niños emigrantes"

Hombre, yo creo que sí… Hay algo que siempre me ha dolido mucho en ese discurso sobre la inmigración. En muchas de las entrevistas que he hecho a los españoles para este trabajo, después de reconocer que emigraron sin tener un contrato y sin saber hacer la o con un canuto, me han dicho “oye, pero deja muy claro que nosotros no éramos como los que vienen hoy. Nosotros éramos unos señores”. Pero la memoria es así de olvidadiza. Y se escuchan cosas como que ellos vienen a robarnos el trabajo y la dignidad.

En “Un franco…”, dejaba ya muy claro que esto no era así, que nosotros habíamos sido un país muy casposo, con una dictadura muy fuerte y dónde echábamos pestes absolutamente todos. Y que los que nos fuimos al extranjero siendo críos nos sentimos profundamente avergonzados del país que teníamos cuando regresamos. Y esto es un discurso que no se había contado antes. Porque siempre se ha hablado del emigrante que añora su España querida… una leche, la puta realidad es que volvías a un país tremendamente cruel, áspero, gris… Y seguimos creyéndonos el ombligo del mundo cuando decimos que en España se vive como en ningún lado. Eso no es así. En España tenemos sol, pero un sol que en verano prácticamente no te deja tener vida hasta las diez de la noche. Y en Suiza hace mucho frío y mucha nieve pero ¿y qué? Tiene un paisaje alucinante, unos bosques increíbles… cada país tiene sus cosas.

Yo creo que la única forma de liberarte de todos esos prejuicios es viajando más, y no ir al extranjero con la maleta llena de embutidos pensando que sólo vas a comer bazofia… ¡es tremendo! Esas esencias también somos nosotros, y sólo se observan cuando pones distancia entre tú y tu país… Si yo hubiera vivido toda la vida en San Blas habría sido distinto. Me horrorizó la estampa de ver matar a un perro con una barra de hierro.

 

Una emigrante andaluza a Cataluña comentaba que “ser emigrante andaluza es soportar el estigma “esos son los andaluces”, con un cierto toque negativo, en Cataluña y “esa es la catalana”, en Andalucía”. Con lo que la mujer se había sentido una apátrida toda la vida… ¿has tenido esa sensación?

Sí. La gente que hemos sido emigrante, y el país de acogida nos ha dejado esa huella tan importante, nos hemos sentido así. He sentido siempre mucho pudor hacia ese sentimiento hacia el país de acogida, pero cuando me puse a trabajar en este proyecto, me llovían los e mails de personas que se habían sentido igual que yo. Nos ha dejado una fuerte huella. Sentíamos nostalgia hacia el país de acogida. He sido infinitamente más feliz en Suiza, con esos bosques y esos ríos, que en el barrio de San Blas, donde no había ni una brizna de hierba en la que jugar. Y tienes la sensación de no ser de ningún lado: cuando estás en Suiza eres más español que nadie; y cuando estás en España, eres más suizo que los propios suizos. Porque, de algún modo tienes que reconquistar aquello que has perdido, y un modo es recordar… y las comparaciones son muy jodidas. Y claro, yo tengo mi vida aquí, y no trasladaría a mi familia a Suiza, pero Elo [Eloisa Vargas es actriz y su compañera] sabe que yo voy a Suiza y me siento en mi casa. Hasta tal punto que voy a rodar mi próxima película allí. ¡Chica qué quieres que te diga!, cada cual cuenta la película como le va, y a mí Suiza me va mucho.

 

En “Un franco…” hay una escena en la que el niño, acabado de llegar de Suiza, se encuentra con la desoladora imagen de un abuelo sin piernas que hace un raído colchón de esponjas en el patio de la casa… y se queda absolutamente desolado. Y usted es ese niño…

 Cuando yo llegué a ese barrio mustio de San Blas, con el ruido tremendo de las motos, las ventanas de par en par en los largos veranos… esos aparatos de radio puestos a todo volumen… y nadie se planteaba si molestaba a los demás. Fue un choque inmenso.

Ese soy yo. Esa era la España de los obreros, a la que pertenecíamos. Porque no cabe duda de que había otra España: la de los hijos del franquismo, que vivían en un piso de cuatrocientos metros cuadrados en el Barrio de Salamanca. Para ellos España era otra y la vida era muy distinta. Cuando yo llegué a ese barrio mustio de San Blas, con el ruido tremendo de las motos, las ventanas de par en par en los largos veranos… esos aparatos de radio puestos a todo volumen… y nadie se planteaba si molestaba a los demás. Fue un choque inmenso. Era esa España de la que aún quedan muchas cosas. 


 

¿Aún se aprecian esas diferencias?

Son dos mundos. Pasa el tiempo, yo me voy de aquí, y sigue habiendo un abismo entre Centro Europa y nosotros. Y este país ha crecido de forma bestial, hemos avanzado muchísimo, pero aún queda mucho. Temo que la crisis agudice esto; es decir, cuando hay dinero uno copia lo bueno de los demás, pero cuando la situación es adversa, tendemos a volver a las tradiciones más ancestrales.

Hoy me he enterado de que Holanda tiene un 3,5 de paro, y España más de un quince. ¡Qué pasa! Joder, no puede haber tanta diferencia entre dos países que pertenecen a la UE, a la misma familia. ¡Y ya ha pasado mucho desde que vivimos el retroceso de la Dictadura! ¿Por qué seguimos así? La media europea es de 7,5%, muy hinchada por países del Este. Y seguimos diciendo que en España se vive mejor que en ningún lado, ¡yo me he pedido algo!

 

¿Qué opina de las constantes insinuaciones de cierta clase política que sugiere a la ciudadanía que los causantes del paro son los inmigrantes?

Hay una cosa que está clara: si nosotros estuviéramos en un tiempo de bonanza, la cosa cambiaría. Hace algunos años, empezaban a llegar personas de otros países – sobre todo sudamericanos – que compartían el idioma, limpiaban el culo a nuestros padres ancianos y, sin embargo no recibían de nosotros ni los buenos días. Eso, qué duda cabe, cambió hacia una situación de mayor convivencia y respeto a la inmigración. Y la cosa se ha jodido con la crisis. Ahora pensamos que los trabajos que haya son para nosotros. En la propia Suiza, un partido de extrema derecha, intentó sacar a los inmigrantes del país cuando se dio una importante crisis del sector industrial y faltaba el trabajo, lo que pasa es que una votación popular negó esa barbaridad. Es decir, mientras nos sirven para recoger las fresas de Huelva y hacernos ricos, estupendo, pero cuando falta el trabajo, que se van a tomar por culo los pobres.

 

¿Qué podemos hacer?

La putada es el invento de la televisión y la antena parabólica. Cuando nos veían, no se planteaban jugarse la vida. Ahora, en muchas chabolas de África hay antena parabólica y piensan “daría la vida por tener la mitad de lo que ese señor tira”. Pero ya está bien. Ya es hora de dar algo de lo que hemos robado, y de crear industrias en el tercer mundo para que despeguen.

Carlos Iglesias rodará su próxima película en su amada Suiza, sobre los niños que envió la República a Rusia 

La inundación de la banca y de las empresas inmobiliarias se salva a través de inyecciones de dinero. Forges dibujaba… “Se hunde el país. Los banqueros y los ricos primero”

A mí esta España a la que quiero con toda mi alma me tiene encabronado. ¿Es que no hemos tenido ni la más mínima previsión para, habiendo tantos millones de euros, no soportar una crisis de un años? ¡Vamos hombre! Las grandes empresas comienzan a echar gente y a pedir a los gobiernos ayuda, ¿pero qué ayudas ni qué leches?

 

Le veo muy disgustado con el tema, daría para otra película, ¿en qué consiste ese proyecto de una peli rodada en Suiza?

Es un proyecto maravilloso sobre los niños que la República mandó a Rusia, los niños de la Guerra. Y sigo hablando al fin y al cabo de españoles fuera de España. Por cierto que de los más de trescientos que se fueron, 58 eran andaluces, según las investigaciones que he podido hacer.